Edicion julio 8, 2026

La República del llanto: todos somos víctimas, nadie es responsable

La República del llanto: todos somos víctimas, nadie es responsable

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Columnista - Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
Columnista – Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
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Hay una escena que se repite en las redes sociales, en los espacios de cabildeo, en las aulas universitarias y en los medios: una persona declara que fue agraviada; enseguida, otra persona, que pronto hará parte de toda una tribu, se moviliza en su defensa. Se hacen virales los hashtags, las declaraciones de solidaridad y las peticiones de renuncia, destitución (si ocupa algún cargo) o cancelación. Pasa un tiempo y, de pronto, nadie recuerda ya si el agravio original era real, inventado, grave o leve. A la gente le importa más la exhibición del dolor, el reclamo de resarcimiento, la búsqueda de un culpable.

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Pascal Bruckner lo supo leer hace tres décadas en un diagnóstico que hoy está muy vigente: la sociedad occidental padece lo que él llama “la tentación de la inocencia”, una enfermedad del individualismo que consiste en “tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes”. Esta tentación, según el filósofo francés, se bifurca en dos patologías complementarias: el infantilismo (o la negativa a asumir responsabilidades adultas) y la victimización.

El negocio de sufrir

Bruckner lo describe con una frase contundente: “Sufro, luego valgo”. El sufrimiento, en la lógica contemporánea, no es una adversidad a la que se enfrenta y supera, sino un capital simbólico que se acumula y se exhibe como quien ostenta un trofeo. Los reality shows lo entendieron antes que los filósofos: la víctima es el héroe de nuestro tiempo. Los shows de Laura o de Cristina Saralegui, o “Caso Cerrado”, son programas que venden las miserias humanas; se promocionan las víctimas y se nos incita a identificarnos con ellas. También los programas a los que se invita a los “exitosos” para exacerbar esos momentos “duros” por los que tuvieron que pasar. Es como, como dice Bruckner, la idea central de que “sólo alcanzan la dignidad los seres que han padecido”.

Es que realmente existe una competencia para demostrar quién ha sufrido más. Si usted escucha una conversación en la fila del hospital o para cobrar algún subsidio, alguien cuenta sus padecimientos para recibir una migaja de empatía, pero de pronto la interrumpe alguien más que tiene tragedias aun más graves que merecen mayor atención. Todos nos vendemos como sufridas víctimas; a todo le llamamos “violación”.   Es un sistema en el que cada uno muestra más cicatrices: ser mujer, negra, trans, pobre, desplazada y provenir del sur no suma, sino que multiplica. No es que estas formas de discriminación no existan; muchas son reales, sino que el sistema las ha convertido en credenciales que abren puertas, generan impunidad y, sobre todo, suspenden todo escrutinio: no se le cuestiona ni se le exige sacrificios a quien ha sido víctima porque eso sería “revictimizar”.

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A lo que Bruckner llama “religión del lloriqueo”, Francisco Guzmán Marín, filósofo mexicano, en su ensayo sobre la sociedad enferma, denomina el “primado del sufrimiento”: esa lógica en la que “cada cual intenta demostrar que es el más agraviado, indignado y enfurecido, la más víctima de las víctimas”, lo que constituye así “la aristocracia del dolor”.

La víctima: “el intocable”

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El problema no es que existan víctimas reales. El problema es que se suele confundir a la víctima real con lo que Guzmán Marín llama “víctima metafórica”. La primera existe, es tangible, con una afectación directa y con demandas concretas. La segunda, según Guzmán, conlleva un perjuicio inmanente y reclamos totalitarios.

Cuando Bruckner describe la victimización como “la versión fraudulenta del privilegio”, no niega el dolor genuino de quienes han sido oprimidos. Está denunciando cómo cada vez más personas convierten ese dolor en una llave que abre puertas y nos ofrece un perdón perpetuo: sugiere que la ley debe aplicarse a todos, salvo a mí porque soy víctima.

 Varios autores vinculan explícitamente el wokismo y otras corrientes identitarias contemporáneas con el fomento del victimismo como mecanismo de afirmación política y moral. Recientemente el columnista Luis Alonso Colmenares llamaba la atención del abuso que muchos líderes wayuu hacen de su victimización en la que exigen del Estado y las demás culturas una permanente reparación por una “deuda histórica” con su pueblo. Eso justifica para ellos los continuos bloqueos, las excesivas compensaciones que exigen. Es esa misma “deuda histórica” la que mueve a los indígenas del Cauca y a los emberá a tomar los parques y edificios públicos en Bogotá, y a los afro de Nariño a usar las vías de hecho.  

Guzmán García lo resume así: “En la postmoderna República de la Virtud, la víctima constituye la representación misma del héroe, por antonomasia. Emergencia sociohistórica que le dota de reconocimiento social, prestigio moral, inocencia connatural, impunidad e inimputabilidad jurídica, al propio tiempo que la convierte en solidaria acreedora de una histórica deuda y obligación indemnizatoria que los opresores, la sociedad y el Estado están conminados a sufragar permanente e indefinidamente.”

La cancelación como linchamiento

La cultura de la cancelación se aplica como lo describía Guzmán Marín al parafrasear a Rothbard: “No se discute con los monstruos, sino que se les condena sin oírlos, aunque perezcan en el aquelarre del linchamiento tribal”.  Hoy se trolea a cualquiera porque su opinión no se alinea con la tendencia woke. El acusado no puede defenderse sin agravar su situación; si se defiende, está “revictimizando” a quienes se sintieron aludidos.

Los actos hostiles, como manchar y destruir obras de arte, protagonizados por colectivos de feminismo radicales no “ameritan” una sanción ni una condena porque, como advierte Bruckner, la víctima es “sujeto jurídico que amerita resarcimiento, pero nunca sujeto ético imputable de pecado, falta o fechoría”.

Cómo gobernar desde la queja

Lo hemos visto en América Latina, tanto en gobiernos de izquierda como en gobiernos de centro o de derecha. El presidente que denuncia el golpe mediático cada vez que la prensa lo cuestiona. El candidato que atribuye su derrota electoral a una conspiración de las élites o de colectivos reaccionarios. El funcionario responde a los señalamientos de corrupción, recordando que vino de abajo, que conoce el hambre y que los políticos tradicionales nunca lo dejarán gobernar en paz. La queja se convierte en un reemplazo de la rendición de cuentas.

Bruckner ya advertía que “para determinadas personas la queja es un modo de vida”, y que “deplorar la propia vida, difamarla, sigue siendo el mejor medio de no hacer nada para cambiarla”. Eso, en la política, se traduce en: hay que inventar un enemigo eterno y eso es el mejor medio para no resolver los problemas que el gobernante se prometió resolver.

Por otra parte, el pánico moral es otro combustible de esta sociedad del victimismo o de la religión del lloriqueo. El filósofo Blaise Pascal ya sentenció que cuando mucha gente corre hacia un mismo lado, o huye de algo o de alguien, o va tras algo o tras alguien. Eso se aprecia en Colombia, donde nuestros líderes se inventan enemigos y amenazas externas que ponen “en peligro las instituciones, la familia, la propiedad privada, la democracia, las libertades”, como ha ocurrido con el proceso de paz, el miedo a la ideología de género, la “amenaza del castrochavismo” y la mixofobia (la percepción de los migrantes como el mayor riesgo para nuestra seguridad).

  Cuando la gente percibe que sus valores están amenazados, la reacción ya no es racional ni sensata:  se siente victimizada, agraviada y enseguida busca un responsable. Es cuando corre tras un líder político que se jacte de ser el defensor y el escudo de esos valores. Esa lógica es muy útil para los líderes políticos, que descubren en el victimismo una herramienta de movilización del voto y de control social.

El precio de la irresponsabilidad

No es que no existan víctimas genuinas y es apenas justo que reclamen reparación. Pero los que realmente han sufrido discriminación, violencia y pobreza estructural son los que más pierden cuando su condición es usurpada por quienes buscan los beneficios morales e incluso económicos del sufrimiento sin haberlo padecido. En una charla con una amiga de Riohacha, me contaba que muchas mujeres de su entorno familiar se inscribieron como víctimas del conflicto armado, incluso se autodenominaron como violadas solo para recibir beneficios económicos, sin haber sido afectadas directamente por los grupos en disputa. Es que, en Riohacha, según el Registro Único de Víctimas, 80.319 personas se encuentran reconocidas e incluidas como sobrevivientes y agraviadas por el conflicto armado.

La sociedad del victimismo no conlleva justicia, sino una competencia por el estatus de la desdicha, lo que afecta el reclamo legítimo de quienes más lo necesitan. Cuando todos son víctimas, ninguna de ellas recibe la atención específica que merece. Estamos en un mundo que no nos debe nada y al que, sin embargo, le pasamos la factura de todo.

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