
Los resultados de PISA 2025 vuelven a poner sobre la mesa una discusión que se ha vuelto cotidiana sobre la calidad de la educación colombiana. Los datos, como siempre, son preocupantes: de una muestra de 7.268 estudiantes colombianos evaluados en 2025 en la prueba PISA, solo el 29% alcanza al menos el nivel básico de competencias en Matemáticas, el 46% en Lectura y el 50% en Ciencias.
Colombia no es, ni mucho menos, un caso aislado: PISA 2025 evidencia un deterioro internacional, especialmente en Lectura y Matemáticas. En nuestro caso, los resultados se estancaron frente a 2022, aunque Matemáticas y Lectura continúan significativamente por debajo de 2018.
A estos resultados se les han atribuido diversas explicaciones. La propia OCDE señala que la expansión de la educación secundaria colombiana incorporó poblaciones anteriormente marginadas, modificando la composición de quienes participan en PISA. Otros han señalado directamente a la distracción digital, el ambiente en las aulas, a la inteligencia artificial y a los docentes. Desglosando el informe, en Colombia, el 36% de los estudiantes reporta distracción frecuente por dispositivos digitales durante las clases de Ciencias, no muy lejos del promedio de la OCDE, y el 34% señala ruido y desorden en las clases, frente al 31% de la OCDE. En cuanto al dato de la inteligencia artificial se plantea una interesante paradoja: mientras en Colombia el 56% reporta utilizar semanalmente chatbots de IA para aprender, en Singapur lo hace el 66%, uno de los países con mejores resultados de PISA 2025. Son factores relevantes, pero insuficientes para explicar, por sí solos, la complejidad de los resultados.
El mismo informe ofrece, además, un contraste que merece destacarse. El 86% de los estudiantes colombianos afirma que sus profesores muestran interés por el aprendizaje de cada estudiante, frente al 69% de la OCDE; el 81% señala que continúan enseñando hasta que los estudiantes comprenden, frente al 66% de la OCDE; y el 86% dice recibir ayuda adicional cuando la necesita, frente al 73% de la OCDE. Es decir, los problemas que existen dentro del aula conviven con una percepción especialmente positiva del acompañamiento docente.
Entonces, si ninguna de estas explicaciones parece ser coherente y suficiente, vale la pena ampliar la pregunta: ¿qué más puede estar ocurriendo?
Es aquí donde quisiera detenerme en una cuestión que considero fundamental y sobre la que poco se comenta: lo que enseñamos y lo que evaluamos en nuestras propias aulas. Para comenzar, vale la pena mirar nuestro propio sistema de evaluación. PISA y Saber 11 no son pruebas iguales, pero tampoco evalúan capacidades completamente diferentes.

En Matemáticas, Saber 11 evalúa interpretación y representación, formulación y ejecución, y argumentación. En Lectura Crítica encontramos procesos de comprensión, interpretación y evaluación crítica de textos; y en Ciencias Naturales, el uso del conocimiento científico, la explicación de fenómenos y la indagación. PISA, por su parte, evalúa competencias relacionadas con interpretar, razonar, resolver problemas, aplicar conocimientos, evaluar críticamente información y evidencias, explicar fenómenos y utilizar lo aprendido en diferentes contextos.
Esta coincidencia entre las competencias que evalúan ambas pruebas resulta más interesante cuando observamos el panorama de nuestros propios resultados en Saber 11: una proporción importante de estudiantes permanece en niveles de desempeño que reflejan dificultades para afrontar tareas de mayor complejidad, precisamente aquellas que demandan interpretar, argumentar, resolver problemas, evaluar información o aplicar conocimientos en diferentes contextos.
Tenemos, entonces, dos evaluaciones externas distintas, una nacional y otra internacional, que nos advierten dificultades en el desarrollo de competencias que guardan una importante familiaridad entre sí. Ninguna permite determinar qué sucede dentro de cada salón de clases, pero esta coincidencia invita a estudiar con detenimiento cómo enseñamos y cómo evaluamos.
No basta con afirmar que enseñamos por competencias si nuestras clases privilegian la reproducción de información o la aplicación mecánica de procedimientos. Pero tampoco basta con transformar la enseñanza si nuestros exámenes continúan premiando principalmente la memoria.
Si queremos desarrollar interpretación, argumentación, indagación y resolución de problemas, el estudiante debe practicarlas durante el aprendizaje y demostrarlas durante la evaluación. No podemos pedirle que argumente en un examen si durante las clases solo tuvo que recordar; que resuelva una situación nueva si siempre practicó ejercicios previamente modelados; ni que evalúe información si habitualmente solo tuvo que reproducirla.
Más allá de los resultados, PISA 2025 debería llevarnos a una pregunta de fondo: ¿existe verdadera coherencia entre las competencias que nuestro sistema dice desarrollar, la manera como enseñamos y la manera como evaluamos?
Saber 11 lleva años evaluando competencias semejantes a PISA. El desafío está en conseguir que esas competencias no sean letra muerta en nuestros currículos, sino que se enseñen, se practiquen y se evalúen todos los días en nuestras aulas.






