
Mucho antes de que Colombia conociera su voz pausada como vocero del Gobierno, Miller Soto pronunció unas palabras que permiten comprender quién es: “Llévenme a mí”. Tenía apenas quince años. Unos hombres habían llegado al colegio con la intención de secuestrar a su hermana Mónica y entregársela al EPL. Miller les pidió que la dejaran y se ofreció a ocupar su lugar. Sintió miedo, naturalmente, pero el miedo no le impidió protegerla.
Los captores se lo llevaron. Durante el operativo de rescate quedó en medio del fuego cruzado y recibió los disparos que le hicieron perder para siempre la movilidad de sus piernas. Aquel episodio le impuso una vida que no había elegido. Miller no negó el dolor ni las dificultades, pero tampoco permitió que la tragedia agotara el sentido de su existencia.
Conozco a Miller desde siempre. Por eso no cuento esta historia como quien busca una anécdota heroica para adornar el perfil de un funcionario recién nombrado. La recuerdo porque allí ya estaban presentes algunas de las virtudes que después han acompañado su vida: el valor, el amor por los suyos, la fortaleza frente a la adversidad y la decisión de construir una existencia digna.
Hace pocos días vi en Instagram un video en el que alguien preguntaba: “¿Han escuchado a este señor?”. Se refería a Miller Soto y destacaba su manera de comunicar, la claridad con la que explica los asuntos del Gobierno y la tranquilidad que transmite cuando se dirige a los colombianos. Me alegró que alguien más advirtiera algo que conozco bien. Esa calma no llegó con el cargo. La he visto en Miller durante años, en conversaciones cotidianas y lejos de cualquier cámara.
Lo que más valoro de sus primeras intervenciones es que no habla para exhibir lo que sabe. Procura que la gente entienda el anuncio. Lo hace sin prisa y no levanta la voz para parecer firme. Simplemente explica. Puede parecer algo sencillo, pero no siempre sucede cuando el Estado se dirige a los ciudadanos. Quien asume una vocería no les habla solamente a funcionarios y especialistas: tiene que hacerse entender por el país.

No me sorprende verlo cómodo en esa tarea. Miller ha pasado buena parte de su vida entre libros y salones de clase. Ha sido estudiante y profesor, y sabe que conocer un tema no basta si uno no consigue explicarlo. También aprendió, de una manera mucho más dura, a no dejarse gobernar por la adversidad. Algo de todo ello se escucha ahora cuando toma la palabra.
Después del secuestro, Miller regresó al colegio y terminó el bachillerato. Cuatro años más tarde, a los diecinueve, fue elegido concejal de Barranquilla. Permaneció durante tres periodos en esa corporación. Luego se graduó de abogado y viajó a Italia, donde cursó dos maestrías y un doctorado en Derecho y Economía de la Empresa en la Universidad de Verona. No menciono estos logros para llenar una hoja de vida. Los recuerdo porque muestran lo que hizo después de que, a los quince años, todo cambiara en un instante.
El acto de valor ocurrió a los quince años, pero la prueba no terminó aquel día. Después tuvo que aprender a moverse en una ciudad llena de barreras. Volvió a estudiar y, con los años, hizo su vida: trabajó, enseñó y formó una familia. Esa parte menos visible de su historia también dice mucho de él. Miller nunca ha querido que lo miren con lástima. Prefiere que lo juzguen por su trabajo y por lo que puede aportar.
Sería injusto contar esa vida como si hubiera sido una obra solitaria. A su lado ha estado Oty, su esposa y compañera de muchos años. Los he visto quererse, entenderse y respetarse a lo largo del tiempo. Ella también forma parte de lo que Miller ha podido construir.

Su nombramiento me alegra también por una razón muy nuestra: La Guajira. A veces pareciera que el departamento solo existe para el resto del país cuando aparece un escándalo de corrupción, falta el agua o vuelve a incumplirse una promesa. No podemos negar esas realidades. Las conozco de cerca y sé cuánto duelen. Pero también conozco otra Guajira: la de tanta gente que estudia, enseña y sirve sin hacer ruido. A esa Guajira pertenece Miller. Hoy, una de sus voces le habla a todo el país.
Lo que una persona vale no lo decide la opinión ajena. Miller no necesita esta columna para ser quien es. Su historia sería la misma aunque nadie lo alabara. Tampoco se borrará si mañana recibe críticas. Entonces, ¿por qué escribirla? Porque reconocer una conducta valiosa también sirve para decir qué esperamos de quienes asumen una responsabilidad pública.
Este reconocimiento no es un cheque en blanco para Miller ni para el Gobierno. La función pública debe permanecer siempre bajo el escrutinio ciudadano. Como vocero, tendrá la responsabilidad de comunicar la verdad, explicar incluso las decisiones difíciles y comprender que una democracia no solo necesita mensajes claros, sino también preguntas, respuestas y rendición de cuentas. La confianza que comienza a despertar tendrá que renovarla cada día.

Precisamente por eso vale la pena destacar la forma como ha iniciado su labor. Miller ha demostrado que se puede hablar desde el poder sin recurrir a la estridencia; que la firmeza no está reñida con la serenidad, y que el conocimiento alcanza su mejor expresión cuando ayuda a los demás a comprender. En un cargo expuesto permanentemente al elogio y al ataque, necesitará conservar el equilibrio de quien sabe que ninguna de esas dos cosas determina lo que realmente es.
Hoy, cuando lo veo frente a las cámaras hablándole al país, no veo solamente al vocero del Gobierno. También recuerdo al adolescente que, ante el peligro de su hermana, fue capaz de decir: “Llévenme a mí”. Han cambiado el tiempo, las circunstancias y las responsabilidades, pero detrás de esa voz continúa estando el mismo carácter. Los cargos pasan, como también pasan los aplausos y los agravios. La virtud, cuando se vuelve forma de vida, permanece.






