Edicion septiembre 16, 2026

Historia de una ciudad que se reinventa

Historia de una ciudad que se reinventa

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Columnista - Betsy Barros Núñez
Columnista – Betsy Barros Núñez
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 La ciudad no crece sola: la empuja la gente.

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En Riohacha, ese empuje tuvo durante décadas un ritmo contenido. Hasta los años sesenta, la ciudad era todavía una extensión breve, reconocible, donde pocos barrios bastaban para nombrarla. Pero el territorio, como la historia, no permanece quieto.

El giro comenzó cuando la ciudad decidió abrirse a quienes venían de fuera de ella, pero no eran ajenos: campesinos de sus propios corregimientos. Bajo el influjo de políticas de corte social impulsadas en el país durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, y en el contexto local de gestiones promovidas desde la institucionalidad municipal, se habilitó una posibilidad concreta: acceder a la tierra urbana.

No era solo una política de vivienda. Era una forma de reconfigurar la ciudad desde sus márgenes.

Por un valor simbólico —un peso el metro cuadrado—, muchas familias rurales lograron adquirir terrenos, de la mano del personero Andrés Palacio Velásquez. No todos pudieron pagar. No todos cumplieron los plazos. Pero eso no detuvo el proceso. La ciudad comenzó a poblarse desde la necesidad y la esperanza.

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Así nacieron barrios que hoy son parte esencial de su tejido: Rojas Pinilla, 5 de Julio, La Laguna Salá, luego Camilo Torres, María Eugenia, Galán, San Francisco, Los Remedios, Che Guevara, entre otros. No fueron diseñados en planos ideales: fueron levantados con la urgencia de habitar.

Desde Tomarrazón, Machobayo, Cuestecitas, Barbacoas, Tigreras, los habitantes rurales encontraron en la ciudad no solo un espacio físico, sino una posibilidad de futuro: educación para los hijos, cercanía a servicios, una vida menos distante.

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Pero la política no fue permanente. Con el cambio de gobierno nacional y la transformación de los equilibrios locales, estos procesos se interrumpieron. La ciudad continuó creciendo, sí, pero ya no bajo la misma lógica de inclusión planificada, sino a través de múltiples causas, muchas veces desarticuladas.

Entre 1972 y 1988, sin embargo, puede reconocerse un momento de cierta coherencia urbanística. Surgen urbanizaciones como Mediterráneo I y II, Sol Tropical, Eurare, El Faro, Villa del Mar. Se amplían vías, se construyen conjuntos multifamiliares, se extiende la Avenida de Los Remedios —incluso mediante autogestión comunitaria—. La ciudad ensaya formas más estructuradas de crecimiento.

Al mismo tiempo, se consolidan hitos institucionales: la creación de la Universidad de La Guajira (1976–1977) marca un punto de inflexión en la formación académica y en la expansión urbana hacia la vía a Maicao. La ciudad empieza a proyectarse más allá de sí misma.

Pero toda ciudad tiene sus sombras.

La llamada Bonanza Marimbera, en las décadas de 1970 y 1980, introdujo una lógica distinta: la del dinero rápido, la acumulación sin proceso, la ruptura de las economías tradicionales. Muchos campesinos abandonaron cultivos como el algodón y el maíz; otros los utilizaron como cobertura para actividades ilícitas.

El impacto fue profundo. No solo económico, sino social y cultural. La violencia, el deterioro de las relaciones y una cierta cultura del facilismo dejaron huellas que aún resuenan. Como señala el Observatorio del Caribe Colombiano (1999), esta bonanza reforzó una tendencia histórica hacia la inmediatez y reconfiguró formas de liderazgo que se extendieron incluso al ámbito político (p. 25).

Y sin embargo, incluso en ese escenario, emergieron trayectorias distintas.

Muchas familias rurales apostaron por la educación de sus hijos. Hoy, de esos mismos territorios, han surgido profesionales, dirigentes, empresarios, funcionarios públicos. La ciudad también es eso: memoria de decisiones que sí construyeron futuro.

En paralelo, el descubrimiento y explotación de recursos naturales —gas y carbón, con el desarrollo del complejo de El Cerrejón— atrajo la mirada del Estado hacia La Guajira. Pero ese interés tuvo efectos ambivalentes: mientras impulsó la economía, también propició procesos de desposesión de tierras indígenas, consideradas durante años como baldíos nacionales, hasta la creación del resguardo de la Alta y Media Guajira en 1984 (Observatorio del Caribe Colombiano, 1999, p. 10).

La ciudad crecía. Pero no todos crecían con ella.

Las relaciones sociales también cambiaron. De una estructura centrada en lo familiar y lo barrial, se pasó a una red más amplia, pero más frágil. La expansión urbana multiplicó los vínculos, pero diluyó su intensidad. La comunidad se hizo más extensa y, al mismo tiempo, más fragmentada.

En ese contexto, las invasiones de tierra marcaron otra etapa del crecimiento urbano. A diferencia de otros escenarios latinoamericanos, no siempre respondieron a movimientos sociales organizados, sino a dinámicas más complejas: desplazamientos por violencia, intereses políticos, ausencia de control institucional. Sectores como los llamados “bajeros”, provenientes de otras regiones, se sumaron a este proceso.

Lo que comenzó como ocupación irregular, con el tiempo se consolidó en barrios. La periferia dejó de ser borde para convertirse en ciudad.

Sin embargo, estas nuevas barriadas arrastraron —y en muchos casos aún arrastran— déficits estructurales: falta de servicios, precariedad en el espacio público, limitaciones en calidad de vida. La ciudad creció hacia afuera, pero no siempre logró integrar lo que incorporaba.

Ese es uno de sus mayores desafíos.

Y aun así, hay avances que no pueden desconocerse. La masificación del gas natural domiciliario, por ejemplo, logró una cobertura cercana al 100%, extendiéndose incluso a corregimientos como Arroyo Arena, Tomarrazón, Cotoprix, Galán o Cerrillo. Este tipo de intervenciones no solo mejoran condiciones materiales: reconfiguran la vida cotidiana.

Del mismo modo, la irrupción de las tecnologías de la información modifica la relación de la ciudad con el mundo. El acceso a internet, las zonas WiFi, la expansión de la conectividad digital ha acortado distancias simbólicas. La ciudad ya no es solo territorio físico: también es red.

De igual manera la periferia empieza a conectarse de nuevas formas. Bibliotecas, megacolegios, equipamientos educativos y culturales en comunas como la 10 evidencian un intento por equilibrar la relación centro–margen. No es aún suficiente, pero señala una dirección.

La ciudad, entonces, no es una suma de carencias. Es un territorio en disputa entre lo que falta y lo que emerge.

Porque mientras persisten calles sin pavimentar, viviendas sin condiciones óptimas y usos inadecuados del suelo, también se despliegan esfuerzos —institucionales y comunitarios— por recomponer el tejido urbano.

La vida urbana sigue organizada por rutinas, por fragmentos, por desigualdades. Pero también por resistencias, por adaptaciones, por pequeñas transformaciones que, aunque dispersas, insinúan otra posibilidad.

En Riohacha, la periferia es el lugar donde la ciudad se reinventa.

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