
Esta semana, varios de los protagonistas de la gran consulta —Juan Manuel Galán, David Luna, Juan Daniel Oviedo, Enrique Peñalosa, Aníbal Gaviria y Mauricio Cárdenas— salieron en fila india a anunciar que, en una eventual segunda vuelta, no respaldarían a Abelardo de La Espriella. La declaración, lejos de ser una simple toma de posición electoral, es una radiografía cruda del momento político que vive el país. Un club de viudos del poder aferrados al poder dispuestos a hacer pactos hasta con el Diablo, con tal de no perder sus privilegios.
El primer mensaje es evidente: este sector del establecimiento no está dispuesto a acompañar ninguna alternativa que cuestione de fondo el andamiaje político y burocrático que ellos mismos ayudaron a construir y administrar durante años. El segundo es aún más revelador: saben que no tienen cómo disputar el paso a segunda vuelta frente a candidaturas que sí lograron conectar con el pueblo. Y el tercero, quizá el más preocupante, es la persistencia de una visión patrimonialista de la política, como si los votos obtenidos en una consulta fueran endosables, ignorando que los ciudadanos votan por convicción, no por obediencia.
Pero lo realmente escandaloso no es la jugada, sino que haya vuelto a funcionar otra vez sin pudor y sin resistencia. Otra vez se abrió la puerta al caballo de Troya. Otra vez se confundió infiltración con alianza. Otra vez se creyó que el adversario jugaba limpio cuando su único objetivo es sabotear desde adentro.

Esto no es un accidente: es un libreto repetido. Se infiltran, se camuflan y traicionan. Así ha operado siempre el establecimiento cuando siente que pierde el control. Y aun así, el Centro Democrático les sigue regalando confianza como si el pasado no existiera. En política, el perdón sin memoria no es nobleza: es suicidio. Un partido que aspira a gobernar no puede darse el lujo de tropezar con la misma piedra una y otra vez. Porque a la tercera —o a la cuarta— ya no es ingenuidad. Es complicidad.
Paradójicamente, la ansiedad con la que reacciona este club de burócratas deja al descubierto su verdadera motivación. No es el país. Es el poder. Convirtieron la política en un negocio rentable, diseñado para vivir del erario con comodidad y sin resultados. Cada cuatro años reaparecen disfrazados de salvadores, no para transformar nada, sino para renegociar su permanencia en el sistema. No disputan elecciones por convicción, sino por cálculo. No hablan de reformas, sino de cuotas. No piensan en ciudadanos, sino en cargos: ministerios, embajadas, juntas y privilegios. Son expertos en sobrevivir, no en gobernar. Han perfeccionado el arte de rotarse los cargos y de aferrarse al Estado como si fuera propiedad privada.
Afortunadamente, en esta contienda han surgido liderazgos como Abelardo de La Espriella y José Manuel Restrepo, que no conciben la política como refugio personal, sino como servicio público. Liderazgos con carácter, independencia y vocación real, no administradores del estancamiento. Porque Colombia no necesita más operadores del sistema: necesita romper, de una vez por todas, con quienes han hecho del poder una forma de vida.






