Edicion mayo 20, 2026

El constriñimiento electoral la amenaza para la presidencia de Colombia

El constriñimiento electoral la amenaza para la presidencia de Colombia
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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho

En Colombia, el debate sobre la libertad electoral vuelve a ocupar el centro de la discusión pública ante las denuncias sobre posibles presiones armadas en más de cien municipios del país. La advertencia sobre un eventual constriñimiento del voto en favor de Iván Cepeda Castro no puede ser vista como un simple episodio electoral más, sino como una amenaza directa contra la esencia misma de la democracia.

Las versiones que señalan órdenes provenientes de alias “Calarcá”, mencionado en distintos informes de seguridad como jefe de estructuras criminales ilegales, generan preocupación nacional porque el voto deja de ser un acto libre y consciente para convertirse en una expresión condicionada por el miedo. Cuando las armas sustituyen las ideas, la democracia pierde legitimidad.

Colombia conoce demasiado bien las heridas del constriñimiento electoral. Durante décadas, grupos armados ilegales de izquierda, derecha y organizaciones narcotraficantes han intentado influir en las urnas mediante amenazas, desplazamientos, intimidaciones y control territorial. El país ha pagado un precio muy alto por permitir que el miedo entre a los puestos de votación.

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Lo más delicado del escenario actual es que se habla de más de cinco millones de votos potencialmente afectados en regiones donde el Estado históricamente ha tenido una presencia débil. Si esta cifra llegara siquiera a acercarse a la realidad, estaríamos frente a uno de los episodios más graves de presión electoral en la historia contemporánea colombiana.

Sin embargo, cualquier denuncia de esta magnitud debe ser investigada con absoluta rigurosidad institucional. No se puede caer ni en la ingenuidad de ignorar las alertas ni tampoco en la irresponsabilidad de condenar sin pruebas concluyentes. La democracia exige evidencias, investigaciones transparentes y garantías para todos los actores políticos.

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El problema de fondo es que muchas regiones del país continúan atrapadas entre la pobreza, el abandono estatal y la presencia de estructuras criminales que ejercen control social. Allí, el ciudadano no siempre vota por convicción ideológica, sino por supervivencia. El miedo termina reemplazando la libertad política.

El eventual favorecimiento de cualquier candidato mediante presión armada sería un golpe devastador para la legitimidad democrática. En este caso, el nombre de Iván Cepeda Castro aparece en el centro de la controversia, pero el verdadero debate trasciende personas y campañas: se trata de proteger el derecho del ciudadano a decidir libremente.

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La responsabilidad del Estado colombiano es enorme. La Fiscalía, la Procuraduría, la Defensoría del Pueblo y las Fuerzas Militares deben actuar de manera preventiva y no reactiva. No basta con pronunciamientos desde Bogotá; se necesita presencia institucional real en los territorios donde existen alertas tempranas.

El próximo 31 de mayo no solamente se pondrá a prueba la fortaleza electoral de los candidatos, sino también la capacidad del país para garantizar elecciones libres. Una democracia donde el ciudadano siente miedo de votar o de no votar por determinado candidato deja de ser plenamente democrática.

Otro aspecto preocupante es el silencio de algunos sectores políticos frente a estas denuncias. La defensa de la libertad electoral no puede depender de afinidades ideológicas. Quien hoy guarda silencio porque las presiones favorecen a su sector político, mañana no tendrá autoridad moral para denunciar abusos similares en su contra.

La polarización colombiana ha profundizado la desconfianza institucional. Muchos ciudadanos sienten que las elecciones ya no son una competencia limpia de propuestas, sino una confrontación donde intervienen poderes ilegales, intereses económicos y maquinarias políticas capaces de alterar la voluntad popular.

El constriñimiento del voto también destruye la confianza ciudadana en el sistema democrático. Cuando una persona cree que el resultado electoral está condicionado por grupos armados, pierde la fe en las urnas y se fortalece el abstencionismo, el resentimiento y la radicalización política.

Las regiones más apartadas de Colombia merecen votar con dignidad y tranquilidad. El campesino, el indígena, el comerciante, el maestro y el joven de los municipios más vulnerables tienen el mismo derecho constitucional a elegir libremente que cualquier ciudadano en Bogotá, Medellín o Barranquilla.

La democracia no puede convertirse en rehén de los fusiles. Ningún proyecto político, de izquierda o de derecha, puede considerarse legítimo si su crecimiento electoral depende del miedo o de la intimidación. La verdadera victoria democrática es aquella que nace de la convicción ciudadana y no de la presión armada.

El 31 de mayo será una fecha decisiva para Colombia. Más allá de quién gane o pierda, el país necesita demostrar que todavía es capaz de defender la libertad del voto frente a cualquier intento de manipulación criminal. Porque cuando el miedo entra al tarjetón, la democracia comienza a perder su alma.

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