
“El patio es como el corazón encendido de la casa
cuya extirpación privaría a la vida de gran parte
de su intensidad emocional e imaginativa”
Ariel Castillo Mier
No sé si tú, pero al igual que yo, muchos niños y niñas, andábamos en calzones por el patio. Se corría desprevenida, con el espíritu libre. Eran los días de la confianza asomada a la ventana, cuando la infancia volaba como un pájaro entre el verdor de la vida. Una vida sencilla, donde el tiempo no apremiaba y el bienestar no se medía por el consumo.
Eran tiempos de estampas infantiles y ángeles custodios…
Patios abiertos casi siempre, algunos limitados por cercas de alambrados, plenos de arbustos y maleza, junto a baldíos vestidos de matas de ahuyamas o plantas de maíz crecidas algarete.

Nunca volví a ver aquellos pepinillos silvestres que recogía junto al cercado cuando vivimos en la calle 12. Mamá los preparaba en guiso y todavía mi paladar guarda memoria.
La casa era un espacio sin límites en la terraza. Ella ponía su anafe pleno de carbón y al encenderlo lo abanicábamos con un pedazo de cartón o la tapa de una olla de aluminio. Las chispas estallaban alegres y luego desaparecían tras la brisa.
El patio era la casa y la casa era el patio. Prendido de aromas y vivencias. Los juegos, las pilatunas, las noches en que las velas asemejaban el fogón. Las historias narradas, escritas para asustar en el fin de la disciplina, creaban un espacio de escucha y aprendizaje. Allí ocurrió mi primer acercamiento a la lectura. Antes de leer con los ojos aprendí a leer con los oídos. De aquellas historias nació, sin saberlo, el deseo que más tarde florecería entre los libros.
Había un cierto aroma a ritual en el patio… cuando asábamos jaibas y palomitas… papá llegaba como un mar generoso, cargado de abrazos. Y era el día, la luz proyectada en el fogón chispeante de sentimientos y emociones.

Luego migramos a otras casas, otros mundos: algunos oscuros; otros, luminosos. Y la esencia del patio se concentraba en lo umbrío. El refugio de la arboleda. Granadillas, uvas playeras, limones mandarinos y guanábanos convivían con el perico Cacero, el maco Cape, algunos gatos y perros que terminaron formando parte de la historia familiar. Ellos también migraron, como el alma de las casas. Se fueron quedando en el paisaje del recuerdo.
Ahora, las casas son cerramientos estrechos, por eso ondean en las rejas o balcones, las sábanas que antes, en los tendederos, en las guindas del patio, asemejaban fantasmas en la inocencia de los niños.
Tal vez por eso la vida de hoy parece más reducida. No solo desaparecen los patios, con ellos se extinguen sus voces, sus recuerdos y sus fantasmagorías. La casa pierde entonces su lugar sagrado: el espacio de los encuentros, de los misterios, donde la memoria respiraba y la infancia aprendía el mundo. Allí, bajo el cielo doméstico del patio, la familia tejía, sin saberlo, el mantel de sus afectos.






