Edicion julio 3, 2026

El arribismo emergente en elecciones

El arribismo emergente en elecciones

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Columnista - Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
Columnista – Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
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Luego de salir del punto de votación en las recientes elecciones presidenciales, me dirigí a una Supertienda Olímpica para hacer compras. El cajero, joven afro, le enfatizaba a una cliente que atendía que nunca votaría por Iván Cepeda sino por Abelardo de la Espriella, porque quería convertirse pronto en “empresario”. Fui uno de los compradores que le preguntó si, según sus expectativas, el hecho de que “El Tigre” asumiera la presidencia automáticamente lo elevaría a la tan anhelada élite empresarial del país. El chico tiene ese sueño, que no es malo, pero quizás tiene las expectativas infladas y un arribismo exacerbado.

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Es que, ya sobre las pavesas de un radicalizado debate electoral, surge la reflexión sociológica sobre un fenómeno que suele emerger en estas coyunturas electorales: un elector de clase popular, que trabaja en una tienda por quedarse sin empleo, puede terminar votando por un millonario que quiere reducir las pensiones, los salarios, los días remunerados y las horas extras. En Colombia, y en elecciones recientes de todo el mundo, se repite este patrón: muchos votantes adoptan una postura arribista y apoyan a candidatos que, social y económicamente, representan lo contrario de su clase.

El caso de Colombia

Lo que sorprende no es solo el triunfo de un candidato con tan cuestionable perfil y tan precario conocimiento como estadista, como Abelardo de la Espriella, sino también el perfil de gran parte de su electorado. Según el análisis de su victoria, De la Espriella conquistó la clase media. Otro análisis señala que el nicho electoral que lo llevó a la cima estuvo compuesto mayoritariamente por “ricos, emprendedores, empresarios y las clases medias y altas urbanas”, pero también logró penetrar en sectores populares que le creyeron sus apostasías, su promesa de recuperar la seguridad y el sistema de salud en solo 90 días: la patria milagro.

Es evidente la contradicción: el DANE reporta que ocho de cada diez electores abstencionistas que se buscan movilizar pertenecen al estrato 1 (clase obrera plena), y dos de cada tres apenas completaron la primaria. Esos votantes, que materialmente necesitarían protección social, terminan apoyando a un candidato que promete “salvar Colombia” con un discurso antiizquierda y recetas de mercado.

¿Por qué ocurre esto? El arribismo electoral

El arribismo describe la pretensión de ser algo que no se es: buscar acceder a una clase superior sin importar los medios, creyendo que será feliz solo cuando alcance ese estatus. En el Caribe colombiano lo llamaríamos “espantajopismo”.

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En estas votaciones vimos gente que, por tener un carro modelo de los 90 con el que “se rebusca” en el transporte informal, la que vende productos de catálogo, el que tiene un ventorro de cigarros y golosinas en la esquina, o a duras penas tiene un motocarro, posa de “empresario”. Sus opiniones y discusiones evidencian que se autorrepresenta como alguien “que sí produce, que le aporta al país, que no depende de nadie, que es patriota”. De esta forma se separa de los votantes del progresismo a los que tilda de “atenidos, menesterosos, que no le aportan al país”.

Ya varios sociólogos, como el peruano Martín Enríquez, han estudiado esa peculiar modalidad aspiracional como un fenómeno derivado de la estructura de las relaciones sociales. Funciona en dos sentidos: la adulación servil al superior que puede dispensar favores (la élite económica o política), y la agresión verbal indirecta, el chisme y la crítica destructiva contra quienes cree que son los adversarios políticos de los primeros.

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El voto de clase se desintegra

Los estudios de sociología electoral habían concluido tradicionalmente que el voto de clase se caracteriza por una marcada división política: las clases populares optan por la izquierda y las clases privilegiadas por la derecha. Pero eso está cambiando; hoy no se cumple estrictamente ese principio según el cual las características sociales determinan las políticas.

Vimos un caso concreto en Estados Unidos con Donald Trump. Logró el apoyo electoral de una parte sustancial de los obreros blancos empobrecidos, así como de importantes sectores de latinos y de afros. Muchos latinos que una vez migraron, en vez de ponerse del lado de otros latinos que buscaban su propio camino de redención, se pusieron del lado de quienes los tildaban de amenaza para la nación, de plaga de delincuentes, violadores y asesinos que había que desterrar y evitar que ingresaran al país. Muchos latinos muestran que, al adquirir la nacionalidad estadounidense o al haber nacido en ese territorio, ya se consideran parte de una élite de supremacía blanca, republicana, ultraconservadora y reaccionaria (Marco Rubio sería un buen ejemplo).

Con esta nueva “élite” espantajopista (capitalistas sin capital) que se visibilizó en estas votaciones, se pone de manifiesto una identificación aspiracional que Abelardo supo aprovechar. Además de recoger el voto antipetrista, su perfil de tipo aspiracional atrae un nuevo tipo de electores que creen que su éxito empresarial puede repetirlo en el Gobierno, pese a no tener experiencia pública. El discurso pro-mercado y de “salvavidas” de los empresarios canalizó sentimientos de agobio y emociones que lo llevaron a ganar las elecciones, aunque por estrecho margen.

La cooptación populista

Al candidato le funcionó el populismo de derecha como cooptación, lo que Ianni sintetiza como el aprovechamiento de una clase trabajadora carente de trayectoria y pensamiento político indispensables para actuar con conciencia de clase auténticamente proletaria, obnubilada por el comportamiento individualista de querer disfrutar de las ventajas del ascenso en la escala social.

Lo que muchos de estos pseudoempresarios no han entendido es que, cuando De la Espriella anuncia un paquete de 90 decretos, la mayoría de los cuales incluyen beneficios para los patrones y el desmejoramiento de sus trabajadores, no está pensando en favorecer a ese pequeño emprendedor de pueblo. Cuando se presenta como el Mesías de los empresarios, está pensando en los Gilinsky, Sarmiento Angulo, el Sindicato Antioqueño, los Char y los descendientes de Ardilla Lulle. Así que, y siendo de pronto ave de mal agüero, el tiempo hará entender a los nuevos “empresarios de Temu” que les vendieron humo y que su ascenso a una escala más alta de esa pirámide económica a la que aspiran no se logra con solo votar por un candidato; depende más de su esfuerzo personal que de la intervención estatal. “De eso tan bueno no dan tanto”, dicen los viejos.

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