
2. “Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová, tu Dios, estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos”.
Deuteronomio 8.
El entrenamiento espiritual implica necesariamente sufrir aflicción. Once jornadas hay desde Horeb, camino del monte de Seir, hasta Cades-barnea. Sin embargo, Dios los mantuvo errantes en el desierto por cuarenta años debido a su desobediencia y rebelión. La aflicción y la pobreza en el desierto les enseñaría a ser humildes y obedientes. Debido a su condición de esclavos en Egipto, Israel estaba habituado a presentar pretextos y a hacer las cosas por obligación.
Pero, durante su estadía en el desierto, aprendieron a mirar y a depender solo de Dios y a vivir por Su Palabra. No debemos valernos de nuestras fuerzas o sabiduría, sino de la Palabra de Dios. En toda situación, debemos ser humildes, y tomar la Palabra de Dios como el parámetro de nuestra vida. Entonces, Dios estará con nosotros, supliendo todas nuestras necesidades.
Canaán es una tierra hermosa, donde fluye leche y miel. A diferencia del desierto por donde Israel anduvo errante por cuarenta años, la Tierra Prometida es tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, abundante en sus frutos y con muchos recursos naturales.

Moisés anuncia gran abundancia en Canaán, desde donde puede ver la tierra, y les advierte de no olvidarse de su estadía en el desierto. Como un padre que amonesta a su hijo, así ha reprendido Dios al pueblo escogido. En tiempo de abundancia y riquezas es cuando más debemos temer a Dios, alabarle y obedecer a Su Palabra, reconociendo que de Él proceden todas las bendiciones.
Los 40 años de Israel en el desierto fue la escuela que Dios preparó para Israel, donde aprendieron Sus mandamientos, practicaron el respeto hacia Él y grabaron la obediencia en su cuerpo. Así, Dios entrena al pueblo que Él eligió en el desierto y no en un invernadero.
Del mismo modo, la vida en este mundo es como la escuela del desierto, que es donde preparamos nuestra fe, personalidad y espiritualidad para gozar de la tierra que Él tiene prevista para nosotros. Llegaremos sanos y salvos a la Tierra Prometida, si seguimos humildemente a la Palabra, que es nuestra brújula, y dejamos de lado nuestros pensamientos y voluntad.
La vida del cristiano es el peregrinaje que atraviesa el desierto junto al Señor.
Dios nos transforma en hombres y mujeres de obediencia por medio de la instrucción del desierto.
Dios les guarde.






