Con respeto y memoria, por: Sebastián Becerra e Idalmis Cotes
Hay ausencias que no se van, sino que se quedan en los hábitos pequeños. Así te recuerdo, madrina Herminia, miña: en el sabor de un chocolate Toblerone, en las novelas que leías con devoción, en las noches de bingo y en tu manera de vestir, que a veces reconozco en mi mamá sin que ella lo advierta.

Antes de ser mi madrina fuiste la amiga entrañable de mi madre, una lealtad que nunca necesitó explicaciones. Mi madrina iba a ser tu hermana Jacqueline, la mejor amiga de mi mamá y una persona muy especial, de esas que dejan huella en quienes las rodean. Tú quedabas como respaldo cercano, por si algo le impedía estar presente. Nadie imaginó que su ausencia sería definitiva. Tras su muerte, en julio de 2001, ese lugar pasó a tus manos y en mayo de 2002 llegaste a mi vida como madrina, para acompañarme desde entonces con el mismo cariño que ella habría tenido.

De ti aprendí sin que lo supieras. Me acercaste a las novelas de suspenso y a la curiosidad por la cocina, por esas comidas tuyas, distintas a las de mi mamá. Aprendí también a mirar el pasado con la melancolía serena que te habitaba, la de quien conversa con sus recuerdos en voz baja.

Han pasado diez años y aún queda un eco de dolor. No fue solo el adiós, sino ver cómo se fue apagando, poco a poco, una fuerza que tantas veces sostuvo a los demás. Querías el bienestar de todos, incluso cuando el tuyo empezaba a faltar.

Hoy quiero recordarte como fuiste: fuerte, valiente, decidida. Luchaste hasta el final.
Eras también la risa inesperada, la ocurrencia que rompía el silencio. En las casas de familiares que te acogieron siempre encontrabas la forma de abrirnos la puerta, como si lo importante no fuera el lugar sino la compañía. Allí compartimos días de alegría, tus escapadas al bingo y esa coquetería con la que te arreglabas, como si cada salida fuera una celebración. Nunca dejaste que lo que cargabas en silencio se reflejara en tu rostro. Sin discursos, nos enseñaste a resistir, a dar y a permanecer.

Tu partida fue durante mucho tiempo algo que nadie quiso nombrar. Hoy entiendo que hay despedidas que no significan olvido. Sigues aquí, en lo que fuimos, en lo que somos y en todo lo que, gracias a ti, aprendimos a sentir.

Con respeto y memoria,
Su ahijado, Sebastián Becerra Cotes
Con el aporte de los recuerdos de Idalmis Cotes, su comadre y hermana de vida.





