
nta, algunos cansados, otros resignados, con la sabiduría y el conocimiento acumulado miran la muerte de otra manera. Si antes la sentían lejana, ahora les parece una amiga o un punto de llegada que se acepta sin oponer resistencia. La muerte entonces, empieza a ocupar un lugar en sus conversaciones. Nuestros viejos, como biblias abiertas, se revisten de expresiones, frases y concepciones que despojan a la muerte de toda solemnidad.
Por eso en el Caribe con la filosofía y el humor que nos caracteriza en respuesta a saludos y preguntas como ¿cómo está?, ¿cómo le va?, ocurrencias como estas le restan importancia al hecho de estar vivos: —Ya no tiene caso. —Aquí, viendo pasar mi propio entierro. —Viviendo de porfiao. —Ya viví lo suficiente. —Ya pronto van a descansar de mí. —Solo soy un estorbo. —Aquí estoy, comiendo callao. Una especie de pesimismo parece flotar en el ambiente. A algunos, estas frases les brotan con naturalidad, como si la muerte fuera el desenlace esperado de una historia cumplida.
Simplemente, aceptan el final y lo acatan sin remilgos, quejumbres ni reniegos. Sin embargo, algunos más optimistas o menos derrotistas, mi papá, por ejemplo, ante la pregunta —Viejo, Migue, ¿cómo está? Respondía con una sencillez que desarmaba —Vivo. Lo que sacaba una sonrisa a su interlocutor. El 21 de octubre de 2026, el reconocido cronista Alberto Salcedo Ramos compartió en su cuenta de Facebook una pequeña y sentida nota sobre un piropo que le hizo a su abuela, fallecida en mayo de este mismo año.
Entre sus recuerdos, destacaba una frase de ella que, a sus noventa y ocho años, con humor y lucidez, parecía resumir toda una filosofía de la longevidad: —Ay, mijo, yo creo que vivir tanto tiempo es una falta de seriedad. La frase me hizo pensar en mi madre, Lizelys Adelaida Núñez Freyle, quien, a sus cien años y ocho meses, se aferra al mástil de la vida con tanta fuerza que espanta, como a moscas, cualquier pensamiento o brisa que pretenda aproximarles la muerte.

Es como si se negara a concederle un lugar en su conversación cotidiana, por eso presumo que borró esta palabra de su diccionario, porque ella es una mujer de racamandaca. Yo le digo, casi en broma —y digo casi porque, en el fondo, me lo creo—: —¡Usted quiere a recibir a los resucitados! Mi madre es una mujer pequeña y de carácter fuerte. Con un rostro aniñado pese a su semblante serio y la adustez que le agregan los años. Sociable, atenta, afectuosa, de firme voluntad con la que durante décadas sostuvo las riendas de su hogar. Crio nueve hijos y a su nieto mayor, a quienes educó con mano dura y amor. Fue costurera de oficio.
Desde su máquina Singer mientras enhebraba la aguja y cortaba la tela, vigilaba la casa y establecía normas claras de comportamiento y obediencia. Prescindía de discursos, ya que hablaba con los ojos. Un gesto suyo bastaba para amonestar y corregir. Uno ya sabía, eso era como un “tate quieto” Recuerdo una de sus sentencias favoritas: “Lo ajeno se mira de lejos”. Ay, del que llegara a casa con algo que no fuera suyo. El mensaje llegaba clarito acompañada de unos cuantos pencazos.
Con esta mujer se cumplía a cabalidad la sentencia: la letra con sangre entra. Algunos quebrantos de salud llevaron a varias de sus primas hermanas «carnalitas», como las llamaba, juntando los dedos índices de ambas manos para expresar esa cercanía familiar, a pensar que moriría antes que ellas. Por eso, con ironía, la apodaron «Lizelys Dolores». Pero el tiempo les llevo la contraria. Mi madre las ha sobrevivido.

Las ha enterrado a todas. Y ahí sigue: lúcida, aunque limitada a una silla de ruedas, conserva buena parte de sus fortalezas. Sí, su mundo se ha ido estrechando y el silencio ocupa parte de sus soledades, pero Dios le ha concedido la dicha de conocer a sus dieciocho nietos y veinticuatro bisnietos.
Y como un árbol de raíces profundas resiste los embates del viento. Sus ramas pierden vigor, mas sus raíces profundas la mantienen en pie. Esa voluntad me conmueve. A diario reza y pide ayuda a sus santos. —Virgen del Carmen, ayúdame. —Corazón de Jesús, acompáñame. —Virgen de los Remedios, guárdame. También clama por sus familiares, el alma de sus amigos difuntos y por cada uno de nosotros. Sus oraciones parecen una manera de mantener unidos los hilos de una historia que tarde o temprano está destinada a desaparecer.
Cuando la memoria le juega malas pasadas, repite nombres y fechas en voz alta. Pide ayuda en momentos de largos olvidos. Intenta agarrar los recuerdos para que no escapen. Para preservar su propia voz, conversa con ella misma, supongo, para sentirse acompañada.

De la muerte nunca habla. La ha visto de cerca en varias ocasiones, debe ser por eso que no se deja asustar. Ella sabe que, aunque retrechera y desafiante, quizá hasta un poco temerosa, la muerte no da tregua. Y terminará encontrando el camino para llegarle. De su juventud conozco fragmentos que las fotografías viejas y los relatos familiares me permiten reconstruir.
Nunca la escuché tararear una canción ni la vi bailar. Imagino que lo hizo, pues mi padre, Miguel Orlando Barros Fernández, era un hombre divertido y un excelente bailarín. Me gusta pensar en aquella joven que, después de disfrutar una fiesta, volvía a su Singer, mientras el tiempo le iba cosiendo el camino por vivir. Pero, mamá pertenece a esa rara estirpe de personas que parecen haber nacido viejas, como si llevara consigo una gravedad que a otros les llega con los años. Creo que algo de eso heredé.
Es trascendental, apegada a la ley y a lo correcto, renuente a la mentira. Dura, si se quiere. Una leona cuando se trata de sus hijos y de su familia. En ella, la rectitud no es una pose ni una circunstancia: es una manera de estar en el mundo. Mi madre nació en 1926, en una Riohacha de pocas calles y contadas carreras, con una intensa actividad comercial y cultural.

Una mujer inteligente, amante de la poesía y rodeada de amistades. Aunque su historia familiar estuvo hecha de ausencias, al perder a su madre, Isabel Segunda Freyle Kohen, cuando apenas tenía cinco años, su vida estuvo sabiamente guiada por sus abuelos maternos: Miguel Freyle Epiayú e Isabel María Kohen Uriana y la presencia de su padre, Félix Manuel Núñez Rivera: hombre íntegro y respetado comerciante, que, originario de la Isla Margarita, en Venezuela, se estableció en Barrancas, La Guajira, donde vivió hasta su muerte. Con Miguel Orlando Barros Fernández compartió más de setenta años de matrimonio.
La muerte de papá terminó separándolos, poniendo fin a la promesa sacramental de acompañarse hasta el último momento.
Declaro que su longevidad es un favor de Dios reservado para los justos. Pero, creo que también, en ella es una forma de resistencia. No una lucha ruidosa o una declaración de victoria, sino una manera silenciosa de permanecer. La muerte la ronda, pero ella sigue espantándola con sus rezos, ignorándola, viviendo como no si no existiera; recordando, preguntando, llamándonos por nuestros nombres. Habitando el presente.
En ella no hay anuncios de su propio final. En una época en que el cuerpo le impone límites y la memoria va creando sus vacíos, no parece dispuesta a despedirse. No la escucho decir que ya vivió suficiente o que pronto vamos a descansar de ella. Tampoco, declararse un estorbo. Tal vez, porque, aún sostiene su varita de mando.

Mientras muchos ancianos ritualizan la muerte en su andar cotidiano, en sus conversaciones y ocurrencias, Lizelys, a sus cien años y ocho meses, la ha sacado de su vocabulario. No sé si es cuestión de valentía o de costumbre. Intuyo que es parte de una obstinación, de esa manera suya de plantarse en firme ante la vida. Tal vez sea un poco de todo.
Cierto es que la vida sigue ocupando su lugar en ella. Y yo, que la observo, la cuido y la escucho, no dejo de elogiar sus razones para mantener la muerte a raya. Llegará cuando toque. No hay que invocarla, ni sentarse a esperarla.
Por cuando eso, le digo, ya no en broma del todo, que ella va a recibir a los resucitados, me mira con esa mezcla de seriedad y picardía que bien conozco. Lo cierto que ella parece no querer que la muerte tenga la última palabra. Por eso la borró de su diccionario.
Quién sabe… Si la muerte se descuida, ¡hasta recibe a los resucitados!



