Edicion octubre 8, 2026

La raza que celebramos y el indígena que todavía discriminamos

La raza que celebramos y el indígena que todavía discriminamos

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Columnista - Delia Rosa Bolaño Ipuana (La pluma dorada)
Columnista – Delia Rosa Bolaño Ipuana (La pluma dorada)
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La pluma dorada de La Guajira vuelve a plasmar la página en blanco con la tinta fina del pensamiento. Esta vez, la inspiración nace de una fecha que durante generaciones hemos aprendido a llamar Día de la Raza, cada 12 de octubre, una denominación que por sí misma nos obliga a detenernos, revisar la historia y preguntarnos qué es exactamente aquello que estamos celebrando.

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Durante años, en las escuelas de Colombia aprendimos que el 12 de octubre conmemora la llegada de los españoles a América. Aprendimos fechas, nombres, expediciones, conquistadores y acontecimientos. Hicimos actos cívicos, izamos banderas, escuchamos discursos y repetimos que Colombia es una nación diversa.

Pero quizá hemos aprendido demasiado de la fecha y muy poco de lo que significa. Porque Colombia no comenzó con la llegada de los españoles. Antes de la conquista ya existían pueblos, territorios, lenguas, conocimientos, sistemas de organización, espiritualidades, formas de relacionarse con la naturaleza y maneras propias de comprender el mundo. Había pueblos indígenas que no eran una nota al pie de la historia, sino protagonistas de ella.

Después llegaron la conquista y la colonización. Llegaron también los pueblos africanos, arrancados de sus territorios y traídos mediante la esclavización. Se produjo entonces un proceso doloroso de encuentros, imposiciones, resistencias, mezclas y transformaciones que terminaría configurando buena parte de lo que hoy llamamos Colombia. Somos el resultado de esa historia,sin embargo, pareciera que a Colombia todavía le cuesta reconocerse en su propio espejo.

Hay una contradicción que merece ser señalada: celebramos al indígena de la historia, pero muchas veces rechazamos al indígena del presente, al indígena de los libros lo admiramos, al indígena de los museos lo mostramos, al indígena de los actos culturales lo invitamos para que represente una tradición, al indígena vestido con sus elementos culturales lo fotografiamos. Pero cuando ese mismo indígena estudia, opina, viaja, ocupa un cargo, dirige una institución, escribe, investiga, reclama sus derechos, participa en política, administra recursos, entra a una universidad o simplemente decide cómo quiere vivir, aparecen los prejuicios. Entonces surgen las preguntas, los señalamientos y hasta la incredulidad: “¿Y cómo así que es indígena y tiene estudios?” “¿Cómo así que habla español y también conserva su lengua?”“¿Cómo así que viaja?” “¿Cómo así que ocupa ese cargo?” “¿Cómo así que tiene una profesión? Cómo si la preparación profesional tuviera que borrar la identidad, como si para ser indígena hubiera que permanecer detenido en el tiempo y Como si la cultura indígena solamente fuera aceptable cuando está convertida en espectáculo, esa es una de nuestras grandes contradicciones.

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Colombia habla de diversidad, pero todavía existen miradas que consideran al indígena como una figura del pasado. Se pretende que permanezca en una fotografía antigua, en una danza, en una artesanía, en una exposición escolar o en una conmemoración. Pero el indígena contemporáneo incomoda cuando deja de ser objeto de observación y se convierte en sujeto de derechos y aquí vale la pena hacer una pregunta incómoda: ¿Por qué a algunos les cuesta tanto aceptar que un indígena puede prepararse, profesionalizarse y ocupar los mismos escenarios que cualquier otro colombiano sin dejar de ser indígena?

La educación no borra la identidad, la universidad no borra la memoria, la profesión no borra el territorio; Vestirse de manera diferente no disminuye la ciudadanía, hablar español no significa haber dejado de ser indígena y conservar una lengua propia tampoco significa estar fuera de la modernidad.

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El problema no está en que el indígena cambie, estudie o participe en otros espacios, el problema está en una sociedad que pretende decidir cómo debe verse, comportarse y vivir un indígena para considerarlo “auténtico”. Ahí aparece una forma de discriminación mucho más profunda de lo que queremos admitir. Porque, en ocasiones, parece que el indígena solamente es aceptado cuando cumple con la imagen que otros han construido de él. Si lleva su vestimenta tradicional, algunos lo miran como una curiosidad cultural, Si lleva un traje occidental, cuestionan su identidad, si habla Wayuunaiki, es presentado como símbolo de tradición. Sí habla español con solvencia, algunos olvidan que continúa siendo portador de una historia, si es pobre, despierta lástima, si progresa, despierta sospecha, si reclama, dicen que es conflictivo si permanece callado, entonces sí parece “integrado. ”¿No hay acaso una enorme ironía detrás de todo esto? Celebramos la diversidad siempre y cuando esa diversidad no cuestione nuestras comodidades.

El 12 de octubre debería servirnos, precisamente, para revisar esa historia. No para quedarnos en una celebración superficial, sino para preguntarnos cuánto de aquella historia todavía permanece entre nosotros; Porque la conquista terminó hace siglos, pero algunas formas de pensar heredadas de la colonia todavía sobreviven, la idea de que unas culturas son superiores a otras, la creencia de que hablar español, vestir de determinada manera o adoptar determinadas costumbres equivale a estar más “civilizado”, sobrevive la mirada que coloca lo indígena en el pasado y lo occidental en el futuro y sobrevive también la vergüenza de algunos frente a sus propios orígenes. Quizá por eso debemos hablar menos de “raza” y mucho más de memoria, de identidad, de diversidad y de dignidad. Porque no se trata de enfrentar unas identidades contra otras. Tampoco de negar la influencia española, africana o de cualquier otro origen que haya contribuido a construir nuestra nación, se trata de reconocer la historia completa, de aceptar que Colombia es indígena, africana, europea y mestiza; que sus identidades son múltiples; que ninguna de ellas debería ser utilizada para establecer quién vale más y quién vale menos y sobre todo, se trata de comprender que la historia indígena no terminó con la conquista.

El indígena no es solamente aquel que existía antes de 1492.El indígena está aquí, Está en La Guajira, está en la Sierra Nevada, está en la Amazonía, en el Cauca, en el Vaupés, en el Chocó y en tantos territorios de Colombia, está en las universidades, está en las escuelas, está en los hospitales, escribiendo, investigando, gobernando sus comunidades, defendiendo sus territorios, creando, pensando, transformándose y tiene derecho a hacerlo sin que nadie le exija renunciar a su identidad para poder ser reconocido.

Por eso, cuando llegue nuevamente el 12 de octubre y en nuestras escuelas se preparen los actos cívicos, sería bueno que además de repetir fechas y acontecimientos, enseñemos a nuestros niños algo mucho más importante: que los pueblos indígenas no son una pieza arqueológica de Colombia, sino parte viva de su presente y de su futuro. Que la memoria no puede limitarse a un acto protocolario, que reconocer la diversidad no consiste únicamente en ponerse una ruana, una mochila, un sombrero o una prenda indígena durante una jornada cultural.

Reconocer la diversidad significa respetar al otro cuando piensa diferente, cuando habla diferente, cuando viste diferente y, especialmente, cuando decide ocupar espacios que históricamente le fueron negados. Porque quizá la verdadera pregunta de este 12 de octubre no sea qué raza celebramos. Quizá debamos preguntarnos:

¿Qué Colombia estamos construyendo con la memoria que decimos defender?

Una Colombia que recuerda al indígena cuando necesita celebrar una fecha, pero lo discrimina cuando exige derechos, no está reconciliada con su historia. Una Colombia que aplaude la cultura indígena mientras desprecia al indígena que la porta, todavía tiene una deuda profunda con su propia memoria. Y esa deuda no se paga con discursos, se paga con respeto, con oportunidades, educación, participación, representación, reconocimiento y con justicia. Porque la identidad no es un disfraz que se utiliza una vez al año para celebrar una efeméride, la identidad es memoria viva. Y .mientras Colombia siga celebrando al indígena del pasado mientras cuestiona al indígena del presente, el 12 de octubre seguirá siendo menos una celebración y más una pregunta que la historia nos devuelve, año tras año, como un espejo.

¿De verdad hemos aprendido de nuestra propia historia?

La Pluma Dorada de La Guajira deja hoy la pregunta sobre la página.

Que cada lector escriba su respuesta.

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