Edicion septiembre 24, 2026

Entre vigilar y castigar, un modelo de sociedad

Entre vigilar y castigar, un modelo de sociedad

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Columnista - Betsy Barros Núñez
Columnista – Betsy Barros Núñez
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Vivir la vida como una aventura riesgosa, disfrutar la adrenalina del peligro, asumir riesgos, resultan atractivos poderosos para la juventud de todos los tiempos: rebelde y dispuesta a la resistencia. Cada día aumenta el número de personas que quieren vivir a toda carrera y en ello no escatiman esfuerzos. Ven el peligro a la cara, lo retan y hacen del riesgo su amigo íntimo. Ser admirados, seguidos, reconocidos, convertirse tal vez en mito o leyenda, pareciera, para muchos, un propósito, un fin, una meta.

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En el primer cuarto del siglo XXI, el desarrollo de la globalización y el auge de las redes sociales ofrecen una plataforma importante de libertad que otorga visibilidad, permite construir una imagen pública y una marca personal. La comunicación y la información en estos medios masivos movilizan las noticias, haciendo que viajen casi a la velocidad de la luz.

Pero en los años treinta no existían estas facilidades. Las noticias corrían a la velocidad de un caballo. Aunque eso no impidió que Bonnie y Clyde, retando el peligro, con el arrojo que los caracterizó, calaran en la sociedad de su época al ridiculizar y deslegitimar la autoridad. Al asumir el delito como oficio. Su carrera en la delincuencia fue corta, mas la prensa y el cine los convirtieron en mito mundial.

Naín —El Bendito menor— y Rosa Angélica —La Bebecita—, por su parte, usaron las redes para crear su imagen pública, construir su propia leyenda. Al igual que la pareja norteamericana, fueron dos jóvenes contra el mundo. Compartiendo entre ellos lealtad y complicidad. Tomarse la copa de la vida de un solo trago, al parecer, fue su decisión. Vivir a toda marcha. Disfrutar cada momento como si fuera el último. Ambas parejas fueron artífices de su destino.

Unos y otros entendieron —con diferente grado de intención— el poder de la imagen. Las fotografías de Bonnie y Clyde, tras su muerte, fueron encontradas por la Policía y explotadas por la prensa, que los convirtió en celebridades. Mientras “Bendito menor” y “Bebecita” produjeron y distribuyeron directamente su propia versión. Ellos intentaron fabricarse como celebridades. Sobrevivían en la clandestinidad y, mediante la visibilidad de las redes sociales, construyeron su imagen mediática, buscando fama, perpetuarse en el imaginario colectivo como figuras jóvenes, poderosas, con cierta inclinación a favorecer a los desprotegidos.

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La historia de estos forajidos deja muchas preguntas, abre interrogantes, motiva a cuestionar y analizar qué les faltó, qué incidió en su carácter, qué ideales sostuvieron sus agitadas decisiones, su ímpetu. ¿Qué los condujo por el camino que tomaron?

El impacto social, político y económico de la caída de la bolsa de valores en 1929, para el primer caso, fue el detonante. Con la Gran Depresión sobrevino el desempleo masivo, la reducción de salarios, el aumento de la desigualdad y la polarización social. Los jóvenes como Bonnie y Clyde contaron con pocas opciones.

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Para el caso de Naín y Rosa Angélica, nacidos en entornos sociales en los que prevalecen la pobreza extrema, las limitaciones de educación y cultura, las escasas fuentes de empleo, la ilegalidad y la

corrupción, en un panorama mayor dominado por el narcotráfico y los grupos armados que reclutan jóvenes, escasamente podrían sustraerse de su realidad.

El contrabando, la bonanza marimbera, la narcopolítica, la cultura del sicariato, han edificado modelos de sociedad para nada elogiables, de los que muchos hogares no han podido sustraerse.

La juventud está urgida de ídolos, de héroes, y no los encuentra en sus autoridades, políticos o gobernantes. Muchas veces, ni en sus familiares, amigos o vecinos.

Un gobernador acusado o condenado por múltiples asesinatos; sacerdotes y pastores sentenciados por violación; militares corruptos; familias atravesadas por la violencia; depredadores y agresores; jueces y magistrados cuestionados; senadores encarcelados; presidentes enjuiciados… ¿remiten acaso a una imagen digna de contemplar en el espejo social? ¿Son estos los referentes que queremos seguir e imitar?

Es lógico comprender que, al normalizarse estos comportamientos, la juventud empiece a mirarse en un espejo distorsionado.

Por demás, la sociedad moderna concentra la idea de poder en tener y hacer. Y el poder anula el SER.

Al mundo próximo o lejano no le importa lo que Seas; le interesa lo que Hagas y lo que Tengas. Para la muestra, influencers, deportistas, artistas, políticos… “Cuánto tienes, cuánto vales”.

Bonnie y Clyde, Naín y la Bebecita no surgieron fuera de la sociedad, como monstruos inexplicables, sino en el interior de los modelos que hemos construido y seguimos reproduciendo: familias fracturadas, violencia cotidiana, desigualdad, corrupción, abandono institucional y una cultura que confunde el éxito con el dinero, el poder con el miedo y la notoriedad con la dignidad. Ellos eligieron, fueron responsables y causaron daño; pero sus elecciones germinaron en circunstancias que no crearon por sí solos. Mientras esas condiciones permanezcan, podrán morir los nombres, pero aparecerán otros rostros dispuestos a ocupar su lugar.

Lo queramos o no, el hombre es él y sus circunstancias. No obstante, frente a la misma realidad, la singularidad hace diferente el accionar. No todos los que viven en barrios marginales y sufren precariedad se dedican a la informalidad o serán delincuentes. Pero algunos tomarán estas sendas. Se suman variables como el destino generacional, las influencias del entorno, el carácter, la historia personal, el archivo familiar, las oportunidades o limitaciones que ofrezca la sociedad, las condiciones económicas de la ciudad o el país, las circunstancias eventuales o imprevistas —como desalojos, eventos naturales, migraciones, depresiones económicas, quiebras, pandemias, etc.—.

Tampoco todos aquellos que gozan de bienestar o provienen de familias con solvencia económica y financiera están llamados a ser doctores, personas exitosas o individuos ejemplares.

En la costa Caribe colombiana, entre 2016 y 2018, tuvo gran impacto mediático una banda de apartamenteros denominada Los Pupis, también reconocida como Los Topos: jóvenes de familias pudientes de la ciudad de Montería, socialmente conocidos como “niños ricos”, que fungían como informantes y perfiladores y, para no ser reconocidos en sus círculos sociales, contrataban la organización material y logística de las operaciones en Barranquilla y el Cesar.

¿Pudiera pensarse, para este caso específico, que las condiciones del entorno, factores como la pobreza y la educación, la falta de oportunidades, influyeron en sus conductas?

Ahora bien, que aquellos hayan incurrido en crímenes por las carencias y estos otros sin motivo aparente no los hace menos delincuentes, menos forajidos. En todos los casos se infringe la ley que la sociedad ha establecido. Esa misma sociedad que primero hizo invisibles a personas como Bonnie y Clyde, Naín y la Bebecita. Y luego, hipócrita, se sorprende cuando buscan existir alzados en armas. Esa sociedad que los contempla mientras hacen del delito aventura y de la violencia espectáculo; la misma que luego los persigue, castiga sus cuerpos y exhibe su caída como prueba de que el orden ha de ser restaurado.

Sin embargo, destruir el cuerpo del delincuente no transforma el mundo que lo produjo. El castigo puede terminar una vida, pero no corrige las estructuras que continuarán formando otras semejantes.

Se trata, entonces, de diseminar las diferentes capas de la realidad para llegar al fondo del problema y reconocernos en su sedimento.

El individuo es responsable de sus actos, pero ningún individuo puede comprenderse completamente fuera de las circunstancias sociales, familiares, históricas y culturales que contribuyeron a formarlo.

En Vigilar y castigar, Foucault explica que el poder moderno deja progresivamente el suplicio público del cuerpo para intervenir sobre el alma: vigila, disciplina, clasifica, normaliza y corrige. En estos casos, sin embargo, reaparece el espectáculo antiguo: el cuerpo abatido y exhibido demuestra que el soberano conserva la fuerza. Pero nadie parece preguntarse por el alma que la sociedad formó antes de castigar el cuerpo.

En pleno siglo XXI asistimos al regreso del cuerpo castigado como espectáculo. Se neutraliza al criminal para anular la amenaza, pero rara vez se rescata a la persona cuando todavía está buscando una identidad, una oportunidad o una razón para pertenecer.

Son muchos los juicios y críticas. Están los que dicen que de un alma mala no puede salir nada bueno. Para ello, recurro al poema Verdades amargas, anónimo, aunque algunos afirman que el autor es el hondureño Ramón Ortega: «Hay rasgos de virtud en el malvado. Hay rasgos de maldad en el virtuoso», reforzado con pasajes bíblicos contenidos en Mateo 7:11: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”

Ahora, la cuestión no es posar de moralistas. Es claro que el mundo no se divide cómodamente entre buenos y malos.

El criminal tiene su corazoncito: ama, siente miedo, protege a los suyos, es leal y generoso. La autoridad virtuosa puede humillar, mentir, actuar por vanidad o ejercer una violencia innecesaria. Reconocer la virtud ocasional del delincuente no borra a sus víctimas; reconocer la maldad ocasional de la autoridad tampoco convierte al criminal en inocente. Lo que desaparece es la caricatura.

La contradicción no es una anomalía: forma parte de la condición humana. La frontera entre bien y mal no pasa limpiamente entre grupos sociales: atraviesa a cada persona.

Al final, acaso el único vínculo capaz de salvarnos sea el amor: el amor que reconoce al otro antes de que necesite hacerse temido para sentirse visible. El amor como cuidado familiar, solidaridad social, empatía institucional y reconocimiento de la dignidad ajena. Un amor capaz de alcanzar también a las víctimas y de impedir que el dolor de unos se transforme en violencia contra otros. Capaz de prevenir el abuso, de educar sin fuerza.

No es menos cierto que el poder, cuando castiga y disciplina, fabrica al delincuente. No es menos cierta la contradicción de la persona castigada. Lo irrefutable es que el amor permite imaginar una salida que no depende exclusivamente del castigo.

Porque tal vez la verdadera derrota de una sociedad no consiste en que nazcan nuevos delincuentes, sino en que alguien tenga que convertirse en uno para sentir que existe. Y su verdadera victoria no será exhibir más cuerpos vencidos, sino evitar que tantas almas necesiten perderse para ser vistas.

Quizás por eso estas parejas nos inquietan tanto: porque obligan a reconocer que quienes hicieron daño también fueron capaces de amar, y que quienes actuaron en nombre de la ley no estuvieron necesariamente libres de crueldad. Esto no iguala sus responsabilidades ni absuelve sus pecados; nos recuerda que ningún ser humano cabe por completo en las palabras héroe, criminal, víctima o verdugo.

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