Edicion agosto 14, 2026

El terremoto permanente es la desigualdad: yo sigo temblando

El terremoto permanente es la desigualdad: yo sigo temblando

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Columnista - Fabrina Acosta Contreras
Columnista – Fabrina Acosta Contreras
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El terremoto que sacudió a Colombia el 10 de agosto del presente año ha dejado un universo de emociones y reflexiones. El momento del temblor es solo el inicio de una historia que todos los días incrementa su impacto; el susto del momento, el instinto de supervivencia activado, el vernos sentados en un anden sin zapatos y sin nuestro mejor vestuario, el momento de comentar con el vecino que vimos durante mucho tiempo pero que no conocíamos su tono de voz (aplica para Bogotá), todo esto es nada para lo que desviste un terremoto en un país tan desigual e inequitativo como el que habitamos.

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No quiero posar de pesimista enceguecida por la tristeza, reconozco también la esperanza, la compasión, la empatía y la solidaridad que se despierta, el sabernos resilientes y decir – si podemos – sin embargo, no quiero tampoco obnubilarme por el “optimismo” negacionista de realidades adversas,  porque no puedo olvidar que soy de un país que no entiende a sus regiones (y sus submundos no hablo del casco urbano de dichas regiones), a sus resguardos indígenas, a sus poblaciones vulnerables y que las ubica en el olvido, incluso por medio de la retórica de revictimización.

Los daños más fuertes en lo material e irreparables como la pérdida de vidas, están en el Chocó, el Eje cafetero y el Valle del cauca, para decirlo en línea gruesa, pero si lo analizamos en modo – filigrana – descubrimos comunidades afros, indígenas, población infantil y toda la línea triste de pobreza extrema.

El terremoto no solo fue el 10 de agosto, para muchas de estas poblaciones el terremoto es todos los días, cuando no tienen conectividad, vías de acceso de calidad, alimentos, agua, servicios de salud digna o el mínimo vital garantizado. Duele que el terremoto permanente sea la desigualdad, la cosificación de las políticas, la indiferencia, la vulneración de los derechos fundamentales (la vida, la educación, la salud, etc)

Lo del Chocó y Buenaventura me duele le doble que todas las otras regiones (que ya es bastante doloroso y muchas lagrimas me han sacado) porque aparte del impacto del terremoto y otros desastres naturales, políticos, sociales, económicos y administrativos, deben padecer – Racismo estructural, indiferencia, discriminación “normalizada” – si bien hemos visto la solidaridad de muchas personas y entidades ante esta situación tan fuerte, también hemos tenido que escuchar “Ah pero en el Chocó están acostumbrados a sufrir de que se quejan” “Pero que drama han armado los negros del chocó denunciando que no se reporta su situación con claridad debido a la dificultad de acceso y comunicación” “ Ya buenaventura venía mal, eso es maldición de territorios pobres y violentos como el de ellos”

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Es momento de reflexionar y accionar soluciones, cambiar desde lo individual y transformar estereotipos e imaginarios racistas y excluyentes. Soy de las que piensan que no basta con enfrentar una tragedia para cambiar como humanidad, es fundamental que asumamos una consciencia del Ser, compromiso con la transformación y la re-humanización de nuestras vidas.

Los efectos del terremoto, son a gran escala: social, económicos, políticos, culturales, educativos, de salud y de justicia, no pasará en unos días como las noticias que pierden vigencia con el paso del tiempo, los impactos son tan profundos que no se agotan (exclusivamente) en rehacer casas, colegios o dar mercados (que se hace urgente), esto tiene que llevarnos a repensarnos como país, en términos de los procesos preventivos que mitiguen consecuencias dolorosas, si bien, no podemos evitar los desastres o emergencias naturales si podemos procurar que la igualdad y la justicia social, hagan menos adversas este tipo de situaciones.

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Necesitamos recomponer el camino del racismo “normalizado” y dejar de creer que las realidades son planas y homogéneas, porque las vemos desde nuestros prejuicios. Es tiempo de comenzar a comprender particularidades, contextos e historias que superan toda ficción y desgarran muchas veces el alma.

Que el terremoto nos despierte nuestra esencia sentipensante y que dejemos de ser parte del problema, para asumir acciones transformadoras.

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