
Los grandes líderes no son aquellos que simplemente ocupan una dignidad, sino quienes transforman las instituciones que representan. Esa es la principal razón por la que considero que Alfredo Deluque Zuleta reúne las condiciones para presidir el Senado de la República: entiende que el Congreso debe evolucionar al mismo ritmo que evoluciona el país.
Conocí personalmente a Alfredo Deluque hace varios años y encontré en él algo que hoy resulta poco común en la política: un liderazgo sereno. No necesita levantar la voz para hacerse escuchar ni recurrir al enfrentamiento para construir consensos. Su autoridad nace del conocimiento, del respeto por la palabra empeñada y de la capacidad de dialogar con todos los sectores políticos.
En política pocas cosas ocurren por casualidad. Los liderazgos que alcanzan las más altas dignidades del Estado suelen ser el resultado de años de construcción política, disciplina legislativa y capacidad para generar confianza entre sectores que piensan distinto. Desde esa perspectiva, la posibilidad de que Alfredo Deluque Zuleta llegue a la Presidencia del Senado no puede entenderse como un episodio aislado, sino como la consecuencia natural de una trayectoria que ha sabido combinar experiencia, resultados y vocación institucional.
En los últimos días se ha interpretado como un gesto político relevante el respaldo expresado por el presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, a la aspiración de Deluque. Independientemente del desenlace, considero que ese respaldo no surge de la improvisación, sino del reconocimiento a un congresista que durante varios periodos ha construido credibilidad dentro del Capitolio, no solo por sus capacidades políticas, sino por la forma como ha entendido el ejercicio del poder.
Su paso por la Presidencia de la Cámara de Representantes dejó una característica que hoy resulta especialmente valiosa: la defensa de la institucionalidad por encima de los intereses coyunturales. Procuró administrar la corporación con criterios de austeridad, respetó el equilibrio entre las distintas bancadas y entendió que el presidente del Congreso debe garantizar reglas para todos, sin importar la posición política de cada partido. Esa forma de ejercer la dirección de la Cámara fortaleció la legitimidad del debate democrático y reafirmó los principios de pluralismo y deliberación previstos en la Ley 5 de 1992.
Pero reducir su trayectoria al manejo administrativo sería desconocer uno de sus mayores aportes: su visión sobre la modernización del Estado.
Como especialista en Derecho de las Telecomunicaciones, Deluque ha impulsado una agenda legislativa orientada a fortalecer la conectividad, facilitar el despliegue de infraestructura tecnológica y preparar al país para los desafíos de la transformación digital. Su interés por estos temas no ha sido circunstancial; ha sido una línea de trabajo constante, convencido de que la competitividad de Colombia dependerá, cada vez más, de su capacidad para cerrar brechas digitales y modernizar las instituciones públicas.

Esa especialización técnica representa un valor agregado en un Congreso que tendrá que debatir asuntos como inteligencia artificial, ciberseguridad, economía digital, protección de datos y gobierno digital. Los parlamentos más avanzados del mundo han entendido que la tecnología no reemplaza la política, pero sí puede hacerla más transparente, más eficiente y cercana al ciudadano. Colombia necesita avanzar en esa dirección y, en mi opinión, Deluque pertenece a una generación de dirigentes que comprende que la modernización institucional ya no es una opción, sino una necesidad.
Otro aspecto que explica su consolidación política es la coherencia. Durante el actual Gobierno ejerció una oposición firme frente a varias políticas del presidente Gustavo Petro. Sin embargo, esa oposición, desde mi perspectiva, se caracterizó por privilegiar el debate institucional y el control político antes que la descalificación personal. En un ambiente de creciente polarización, esa forma de hacer oposición contribuye a preservar la legitimidad democrática y demuestra que es posible disentir sin debilitar las instituciones.
Existe además una causa que ha acompañado buena parte de su vida pública: La Guajira.
Durante años ha insistido en la necesidad de enfrentar la crisis nutricional que afecta a ese departamento y de convertirla en una prioridad nacional. Más allá de las diferencias que puedan existir sobre las soluciones, considero que ha contribuido a mantener ese problema en la agenda pública y a recordar que el desarrollo del país también depende de cerrar las profundas brechas sociales que aún persisten en regiones históricamente olvidadas.

Quienes conocemos La Guajira sabemos que ese departamento posee un enorme potencial económico, energético, turístico y cultural. Sin embargo, ese potencial solo podrá materializarse con liderazgos capaces de combinar conocimiento técnico, experiencia política y compromiso regional.
Creo que Alfredo Deluque Zuleta representa una generación de dirigentes que entiende que la política no puede quedarse anclada en las disputas del pasado. Su formación en telecomunicaciones, su interés por la transformación digital del Estado, su experiencia legislativa y su conocimiento del reglamento del Congreso pueden contribuir a modernizar una institución que necesita recuperar la confianza ciudadana y prepararse para los desafíos del siglo XXI.
Su trayectoria también demuestra que es posible ejercer una oposición firme sin renunciar al respeto institucional. En tiempos de polarización, esa capacidad para debatir con argumentos y construir consensos constituye una virtud que el Congreso debería valorar.
Pero hay un aspecto que, desde mi perspectiva, merece una reflexión adicional. La Guajira necesita seguir formando líderes nacionales. Un departamento con su riqueza cultural, minera, energética, turística y humana no puede resignarse a ser recordado únicamente por sus dificultades. Debe ser protagonista de las grandes decisiones del país.

Por eso considero que el crecimiento político de dirigentes como Alfredo Deluque no solo puede representar una oportunidad para el Congreso. También puede significar una oportunidad para La Guajira. No descartaría verlo, en el futuro, al frente del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, donde su formación y experiencia podrían aportar a la transformación digital del Estado. Tampoco sería extraño imaginarlo algún día como gobernador de su departamento, liderando una agenda de desarrollo, innovación e inclusión que permita aprovechar todo el potencial de esa tierra extraordinaria.
No escribo estas líneas porque crea que un dirigente está exento de críticas o porque considere que la política debe construirse alrededor de personalismos. Las escribo porque las instituciones también necesitan reconocer las trayectorias que, desde la deliberación democrática, han contribuido a fortalecer el Congreso de la República.
La Presidencia del Senado exige experiencia, capacidad para construir consensos y una visión moderna del Estado. En mi opinión, Alfredo Deluque Zuleta reúne esas condiciones. Corresponderá a los partidos políticos valorar esa trayectoria al momento de tomar una decisión. Si el Congreso quiere enviar un mensaje de institucionalidad, apertura al diálogo y modernización, respaldar un liderazgo de estas características sería una decisión que merece ser considerada.






