
Cada género musical traza rutas de competencia hacia los lugares de preferencia más privilegiados del público, las ventas y la consagración en el mercado. No siempre son las mismas, algunas dependen de la calidad de la oferta musical que atrapa al consumidor, en otra requieren tomar atajos como la llamada “payola”, o el apalancamiento que ofrecen ciertos mecenas como suele ocurrir en la música vallenata.
En la música vallenata podemos hablar de intérpretes “pegados” desde el auge discográfico y radial de este género en la región, a partir de finales de los años 60, con especial énfasis en las décadas siguientes. Desde entonces, esa preciada y codiciada categoría de estar “más pegado” ha variado, ha tenido sus matices y sus dimensiones. Para iniciar, en los años 60 y en los comienzos de los 70, los más “pegados” no siempre eran los más emblemáticos juglares como Alejo Durán, Luis Enrique Martínez, Pacho Rada o Abel Antonio Villa, quienes eran los preferidos en los ambientes domésticos de parrandas de ganaderos, finqueros y gamonales de los pueblos. En el mercado del disco y las ondas de radio reinaban Alfredo Gutiérrez, Lizandro Meza, Calixto Ochoa y Aníbal Velásquez, para quienes el vallenato solo era un agregado de su amplio repertorio; se escuchaban en todo el Caribe colombiano, incluso en otros países. Luego, entra Jorge Oñate con los Hermanos López y los Hermanos Zuleta a disputar esos lugares de preferencia, pero con un impacto más regional.
En la década siguiente, fueron muchos los grupos musicales que dieron el salto al disco. Había intérpretes “pegados” a nivel nacional: se sumaron a Oñate y los Zuleta: Diomedes Díaz, Binomio de Oro, Beto Zabaleta y Silvio Brito. En los 90 se sumaron a esta lista Iván Villazón, años después, Silvestre Dangond y Peter Manjarrés. Aún hoy, hacen parte de esa galería indestronable de “los más pegados del vallenato”. Se escuchan desde La Guajira hasta el Amazonas, desde Arauca hasta el Valle del Cauca. Su catálogo presenta un tránsito fluido de una generación a otra.
Para esos mismos 70 y 80, además de este primer grupo hegemónico, había intérpretes que solo “pegaban” muy regionalmente: Los Playoneros del Cesar en Valledupar y sus alrededores; los Hermanos Molina y los Rada en el Magdalena; Gilberto Torres, Arturo Durán, los Hermanos Sarmiento y Osvaldo Rojano en las zonas ribereñas del Magdalena y Bolívar; Adolfo Pacheco y Andrés Landeros en los Montes de María; Tobby Murgas en el norte de La Guajira. No faltaban quienes solo tenían éxito local.

Ha habido siempre intérpretes con unas de cal y otras de arena; hoy se aproximan a los más pegados y después, por múltiples razones, se bajan de esa categoría, reaparecen y vuelven a desaparecer. Lo han sido Elías Rosado, Los Pechichones, Adaníes Díaz, Los Muchachos, Armando Moscote, El Doble Poder, Miguel Herrera, Fabián Corrales, Miguel y Kaleth Morales, Felipe Peláez, Luifer Cuello, entre otros.
En este siglo, nuevas vías de circulación y consumo de la música se han impuesto, lo que hace variar la categoría de estar “pegado”. Si antes, un intérprete era exitoso por obtener disco de oro por sus ventas que llegaban a cien mil copias de discos vendidos, hoy ese mismo lauro se obtiene por vender 10 mil porque ya no se mide tanto por el número de ventas de discos. Un nuevo indicador entra al mercado: las descargas y las visitas que registra un video o audio de la canción en las plataformas digitales.
Un indicador de que un artista estaba “pegado” era que su último álbum sonaba en todas partes. De eso dependía que lo contrataran para casetas y conciertos. Muchas separaciones de uniones musicales se debían a una producción que no caló en el público, lo que bajó las ventas y los contratos. Eso cambió: hay una larga lista de intérpretes cuyos últimos trabajos discográficos fueron un fracaso comercial, pero mantienen una agenda activa, costosa y solicitada: Silvestre Dangond, Peter Manjarrés, Ana del Castillo, Iván Villazón, Óscar Gamarra, Haffit David y hasta Churo Díaz. Eso demuestra que el público los sigue pese a que no tengan un álbum exitoso en ese momento.
En estos momentos, existen intérpretes “pegados” en todo el país y en el extranjero: además de los consagrados (Diomedes, Binomio, Oñate, Zuletas, Zabaleta, Silvio y Silvestre). En un reciente y creciente repunte, se instalan en esa marquesina los estelares del vallenato noventero (despectivamente llamado “vallenato llorón” o “sensiblero”): Miguel Morales, Los Diablitos, Los Inquietos, Binomio de Oro de América, Los Chiches. Paradójicamente, son los más aclamados en los países vecinos, como Venezuela, México, Paraguay o Perú. Su catálogo impacta mucho en la zona andina y en varias generaciones.
Por otra parte, hay intérpretes que están “súper pegados” en un nicho regional. Aunque siempre mantengan una agenda “copada”, sus conciertos se “fuletean”; su impacto no traspasa los límites del Caribe colombiano; son casi anónimos en el mercado nacional e internacional: Churo Díaz, Mono Zabaleta, Diego Daza. Tienen catálogo, ventas virtuales y colman escenarios. Surge una tercera categoría de “pegados”: son muy reconocidos a nivel regional, pero con escasos éxitos grabados: Ana del Castillo, Óscar Gamarra. Karen Lizarazo, entre otros.

Otros intérpretes de nicho son aquellos que, si bien alguna vez tuvieron éxito, hoy solo tienen algún impacto en una región en la que quedó anidada su oferta musical: Felipe Peláez, Jorge Celedón, Everth Vargas, Los Gigantes y José Luis Fuentes, en el interior del país, para dar un ejemplo.
Otra dimensión de los músicos “pegados” corresponde a otros “exitosos” que no han logrado pegar ni un solo éxito grabado: Haffit David, Luisra Solano, Mario Cerchar, Julio Rojas, entre muchos más. Demuestran que vivimos tiempos inéditos en los que tenemos intérpretes “exitosos” que no tienen grabaciones exitosas. En este caso, se trata de intérpretes con éxito solo en su escena musical: una comunidad que los sigue virtualmente, aprecia sus covers, va a sus conciertos y no le interesa si sus ídolos graban o no, ni si tienen un álbum nuevo o no.
Con mis contertulios de la escena vallenata, algunos son radialistas; hablamos mucho de esas nuevas formas de “estar pegados”. Cuestiono un poco cuando me dicen “Haffit David está pegado” porque una de sus canciones tiene miles de visitas en YouTube o porque está en la lista de “Las más pegadas” (o “más pagadas”) de la radio regional. Para mí, un intérprete está pegado cuando lo escucho en el billar que me queda cerca de casa, cuando es común escucharlo en las cantinas del mercado y en los rumbeaderos, cuando me monto en el transporte y el conductor lo reproduce. Si eso es así, el más “pegado” actualmente no es Silvestre, ni Diego Daza, ni Churo David, mucho menos Haffit David; el rey absoluto es Diomedes Díaz, tanto en lo virtual como en lo real, tanto en lo cercano del nicho como en lo lejano de los territorios.






