
En los pueblos pequeños, la memoria no se conserva únicamente en los archivos ni en las fotografías antiguas. También habita en las calles, en las conversaciones de las esquinas, en las reuniones familiares y en las historias que una generación entrega a la siguiente. Allí, donde todos se conocen y cada vida deja alguna huella, existen personas cuya trayectoria termina convirtiéndose en patrimonio moral de toda una comunidad.
Ese fue el caso de Alfonso Fragozo, conocido cariñosamente como “Poncho”: un hombre que hizo del servicio, la amistad y la solidaridad una manera cotidiana de vivir. Nació el 11 de junio de 1940, en el hogar conformado por Rafael Valverde y Mariana Mercedes Fragozo Carrascal.
Creció bajo principios familiares sólidos y recibió una formación humana basada en el respeto, la humildad y la disposición permanente para ayudar a los demás. Desde muy joven comprendió que la verdadera grandeza no reside en ocupar cargos importantes, sino en la capacidad de escuchar, acompañar y tenderle la mano a quien lo necesita.
Su formación académica transcurrió por instituciones que contribuyeron a moldear su carácter. Realizó sus estudios primarios en el colegio San Juan Bautista, en San Juan del Cesar; cursó parte del bachillerato en el colegio Nuestra Señora del Carmen, en Valledupar, bajo la orientación del profesor Leónidas Acuña, y culminó sus estudios en el colegio Divina Pastora de Riohacha, administrado por los padres franciscanos. La espiritualidad franciscana dejó una huella profunda en su manera de comprender la existencia: compartir con el necesitado, atender las angustias ajenas y sembrar esperanza en medio de las dificultades. Esos valores no se quedaron en las aulas ni se convirtieron en simples palabras. Poncho los llevó a la práctica durante toda su vida.

Alfonso Fragozo fue alcalde de San Juan del Cesar entre 1975 y 1976, cuando administrar un municipio implicaba caminar por sus barrios, escuchar directamente a la comunidad y buscar soluciones con recursos limitados, pero con una enorme voluntad de servicio. Su paso por la Alcaldía fue solamente una parte de su extensa vocación comunitaria. Durante más de dos décadas se desempeñó como jefe de acciones comunales, lideró asociaciones de padres de familia en diferentes instituciones educativas y participó activamente en iniciativas encaminadas a fortalecer el tejido social de su municipio.
Poncho perteneció a una generación de servidores públicos que entendía la política como una oportunidad para trabajar por la gente. No necesitaba reflectores, ceremonias ni reconocimientos para cumplir con su deber. Su mayor recompensa era el afecto de quienes encontraban en él una respuesta o, por lo menos, una palabra de aliento. En tiempos como los actuales, cuando la confianza ciudadana en las instituciones se debilita y el servicio público suele confundirse con los intereses personales, recordar su ejemplo adquiere un significado especial. La historia de Poncho demuestra que se puede ejercer liderazgo sin arrogancia, autoridad sin distanciamiento y compromiso social sin buscar protagonismo.
Quienes tuvieron la fortuna de conocerlo coinciden en una descripción: Alfonso Fragozo era un hombre auténtico, alegre, jocoso, trabajador y profundamente humano. Disfrutaba de la lectura, las celebraciones y las conversaciones amenas. Poseía, además, una virtud cada vez más escasa: sabía escuchar y hacía sentir importantes a los demás. Fue un buen hijo, un hermano ejemplar, un esposo amoroso, un padre entregado y un amigo incondicional. Su calidad humana no se expresaba mediante grandes discursos, sino en los gestos sencillos: una visita oportuna, una conversación sincera, una gestión en favor de la comunidad o una mano extendida en los momentos difíciles. Junto a su esposa, la licenciada Betty Auxiliadora Amaya Vega, también fallecida, construyó un hogar fundamentado en el amor, el respeto y los valores familiares. De esa unión nacieron Alfonso Rafael y Elia Mercedes Fragozo Amaya, herederos de un legado mucho más valioso que cualquier riqueza material: la honestidad, la solidaridad y el compromiso con los demás. La muerte de Poncho Fragozo, ocurrida el 8 de agosto de 2024, a los 84 años, dejó un profundo vacío en San Juan del Cesar. Sin embargo, su partida también permitió dimensionar la importancia de una vida consagrada al servicio.

En una época marcada por la indiferencia, el individualismo y la búsqueda desesperada de reconocimiento, su ejemplo nos recuerda que todavía es posible construir comunidad desde la bondad. Los pueblos necesitan obras materiales, pero también referentes humanos: personas capaces de enseñar, mediante su conducta, que servir dignifica y que la solidaridad fortalece los lazos sociales.
Hay quienes pasan por el mundo acumulando riquezas, títulos y honores. Otros, como Alfonso Fragozo, dedican su existencia a cultivar afectos, solucionar dificultades y sembrar valores. Los primeros pueden ser recordados durante algún tiempo; los segundos permanecen en la memoria y en el corazón de la gente.
Poncho Fragozo no fue solamente alcalde, dirigente comunal o líder de padres de familia. Fue un ciudadano comprometido con su tierra, un servidor cercano y un ser humano que comprendió el verdadero sentido de la fraternidad.
Por eso, aunque su voz ya no se escuche en las calles de San Juan del Cesar, su ejemplo continúa hablando por él. Porque los hombres buenos nunca se marchan por completo: permanecen en las obras que realizaron, en las personas que ayudaron y en el cariño de un pueblo que se resiste a olvidarlos.






