
¿Qué distingue a un costeño de un cachaco? No es la ropa, ni siquiera el temperamento. Puede que el caminar, pero la verdadera frontera está en el lenguaje. Así como el sancocho tiene su punto y la arepa de huevo su secreto, el habla costeña también tiene su condimento. Está en el sabor con que se mueven los cuerpos, se acompañan los gestos y cualquier conversación termina convertida en un espectáculo donde las palabras no solo se dicen: bailan con música propia, retozan, se burlan, seducen, evocan aromas y sabores.
Hay expresiones que uno casi puede oler y otras que parecen tener textura. No se limitan a nombrar las cosas: las representan. Cada palabra carga una historia. El acento, los giros y las maneras de decir revelan ambientes, crean situaciones originales y personajes donde el humor casi siempre lleva la voz cantante.
El lenguaje de la Costa Caribe Colombiana se vive como el mar, el sol o la brisa. Refresca, sacude y renueva. Nadie sale ileso después de conversar con un costeño. Sus ocurrencias son tan espontáneas como inteligentes y, muchas veces, siguen dando vueltas en la cabeza mucho después de terminada la conversación.
Están también los apodos. Nadie sale bien librado cuando un costeño decide bautizarlo.
La oralidad costeña es notable por su creatividad. En una fiesta, una reunión de esquina, una parranda, en medio del espeso tránsito se puede armar un “Julepe”, un “Jotejé”… el “bololó” es de padre y señor mío. Algún ocurrente espectador puede lanzar una expresión como: “…eche qué berenjenal…” o, “nojoda…, se la mando toda, por poco y lo deja frito”.
Por aquí un “ajá” puede ser pregunta, respuesta, sorpresa o afirmación; todo depende del tono. Y si la conversación remata con un “¡ajo!”, se jodió la vaina.

Al costeño las palabras le quedan pequeñas, le aprietan como una camisa de menor talla. Por eso las estira, las retuerce, las inunda de picardía, las desviste y, si hace falta, inventa otras. No es un capricho. Es su manera de atravesar el espejo del mundo.
Por ejemplo, “abombao” es una palabra todoterreno. Puede ser una persona demasiado estirada, una blusa con mal olor producto del lavado o una camisa inflada por la brisa. Una misma palabra cambia de oficio según el momento, el tono y la intención del hablante. Ahí comienza la magia del Caribe.
Para entender el habla costeña conviene ir sin susceptibilidades. Aquí una sola palabra basta para poner a cualquiera en su sitio: aguevao, cachareto, cachazú, cagá. O basta una interjección: ¡ambúa!, ¡eha!, ¡va!, ¡vea!. Son descargas verbales que desinflan al interlocutor con una mezcla de ironía y autoridad. Y si quien las pronuncia es una mujer
que en un gesto desafiante sacude el cabello—aunque lo tenga ñongo—, la conversación queda sentenciada. Desaire con donaire.

Esa creatividad tampoco se queda en los diálogos. También se vuelve canción. Basta escuchar las melodías de Dulcey Gutiérrez para encontrar el doble sentido, la picardía verbal y ese talento tan costeño para decir una cosa mientras insinúa otra.
La literatura también ha sabido aprovechar esa riqueza. Al leer a Efraim Medina Reyes en la novela Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo, se comprueba que el Caribe no solo habla distinto: también escribe distinto. En esta novela la jerga deja de ser un adorno y se convierte en el corazón mismo de la narración. Allí las palabras respiran calle, esquina, música y barrio.
Los vocablos en esta parte del país no vacilan, desafían. No especulan, afirman. Ponen un sello identitario: Huelejopo, cagatintas.
Nuestras palabras son una descarga semántica, una sola expresión arma una escena completa. “Bronchú”, “Jampúa”. Aquí el lenguaje representa, es la vida: recia, viva, a veces, exagerada, cómica, hiriente, irreverente. Las palabras están llenas de ese realismo sensorial al que aludía Héctor Rojas Herazo.

Cuando un costeño, sea del Atlántico o de La Guajira, se toma la palabra, aflora su incontinencia lingüística, su verborrea, que parece no conocer diques. Lo demás es silencio. Entonces aparece el “fantoche”, el “falacioso”.
En el Caribe se habla como se vive. Y la vida se disfruta, por demás. Sus palabras nacen de la calle, el mercado, la esquina, la tienda de barrio, por ello, también cambian con la misma velocidad que lo hace la vida.
En Colombia, pocas cosas hablan tanto de identidad como la forma de hablar del costeño. Su riqueza no reside únicamente en la invención permanente de vocablos, sino en sus afectos, sus maneras de resolver los conflictos, sus formas de habitar el Caribe, con esa intensidad de la que solo habla su experiencia.
Hay quienes reconocen un pueblo por sus calles, por la comida o por la manera de caminar. Yo sigo creyendo que las regiones empiezan a revelarse cuando abren la boca. Ahí aparece el acento. Ese cantaíto que no necesita pasaporte porque lleva la identidad a flor de lengua. En el Caribe no se consulta el diccionario para hablar; se consulta la vida. Y la vida, por fortuna, siempre termina haciéndole un guiño. Las palabras en sus bocas cobran tal libertad que salen a la calle, toman el sol, se ríen de sí mismas y vuelven convertidas en otra cosa. Quizá por eso, frente al habla costeña, hasta la sabana se sacude.






