Edicion marzo 3, 2026

Cuando los números dejan de ser abstractos

Cuando los números dejan de ser abstractos
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Cuarto Entregable

Columnista - Gonzalo Raúl Gómez Soto
Columnista – Gonzalo Raúl Gómez Soto

A medida que hemos llegado a este punto, hemos hablado sobre los límites en términos conceptuales, en marcos científicos que intentan capturar hasta dónde puede sostenerse el funcionamiento del planeta, tal como lo conocemos y con lo que nos hemos acostumbrado. Pero los límites planetarios no son una idea teórica ni una advertencia futura. Se hacen reales a medida que comienzan a manifestarse a través de transformaciones visibles del mundo: en el territorio, los ecosistemas y la vida misma.

El punto crucial es este: una vez que se superan los límites, las consecuencias dejan de ser una cuestión de estadísticas y comienzan a sentirse en la tierra que pisamos, el agua que usamos y las condiciones materiales de nuestra existencia.

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Uno de los primeros lugares donde esto se hace evidente es en la forma en que, como especie, hemos modificado el planeta. Hoy en día, aproximadamente el 75% de la superficie terrestre de la Tierra y casi dos tercios de los océanos han sido modificados por la actividad humana de una forma u otra. Estas cifras no significan que todo esté urbanizado o cementado; más bien, significa algo mucho más profundo: los ecosistemas más productivos, más ricos en vida y más equilibrados funcionalmente del sistema terrestre han sido ocupados, alterados o explotados.

Los desiertos no son alterados porque allí hay poco que extraer. Nunca se interviene en las áreas con menos biodiversidad. La presión humana sistemática se concentra en las áreas más biodiversas. Lo que se ha mantenido casi igual son aquellas áreas que normalmente no generan un beneficio relevante, puesto que esta diferencia resulta fundamental para comprender con mayor claridad la magnitud de los efectos.

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La transformación del territorio no siempre significa una destrucción completa, ya que en muchos casos los ecosistemas todavía existen, aunque en condiciones mucho más deterioradas. Cuando los científicos comparan los ecosistemas actuales con aquellos que funcionaban de manera óptima, es decir, antes de que se diera una intervención humana intensa, encuentran que, en promedio, el funcionamiento ecológico se ha reducido aproximadamente en un 50%.

Claro, un humedal todavía existe, pero ya no filtra el agua tan bien. Un bosque puede seguir en pie, pero puede que ya no modere el clima local y también puede ofrecer poco o ningún hábitat para una diversa gama de especies. El daño no siempre se ve fácilmente, pero los efectos del daño se acumulan y también pueden incluir una creciente susceptibilidad a inundaciones y sequías, suelos menos fértiles y ecosistemas que pueden ser fácilmente destruidos por perturbaciones.

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Al observar la transformación en un contexto global, los efectos se hacen aún más fáciles de ver. El producto económico mundial total se ha cuadruplicado desde 1970. Durante el mismo período, tanto la población global como el ingreso promedio por persona también se han duplicado. Es una historia que a menudo se presenta como un éxito: más producción, más consumo, más crecimiento.

Pero hay otra curva que corre en sentido contrario. De acuerdo con el Living Planet Index, el cual fue elaborado por la Sociedad Zoológica de Londres y presentado en los informes del WWF, durante los últimos cincuenta años las poblaciones de vida silvestre que han sido monitoreadas como mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces, han disminuido cerca de un 70% desde el año 1970. Esto no se trata únicamente de la desaparición de algunas especies de manera aislada, sino de una reducción constante y significativa en la cantidad total de vertebrados a nivel mundial, ya que estas cifras no incluyen a los animales que son utilizados para la producción de alimentos, sino que hacen referencia exclusivamente a la vida silvestre que se encarga de mantener el equilibrio dentro de los ecosistemas.

No se trata de un problema de precisión estadística, ya que los rangos pueden variar, sin embargo, el orden de magnitud resulta ineludible y la actividad económica humana, en su nivel actual, ha disminuido de forma drástica la vida no humana en el planeta.

En el caso de América Latina y el Caribe, la situación resulta aún más preocupante, ya que según lo señalado por el Living Planet Index, las poblaciones monitoreadas de vertebrados en esta región han disminuido aproximadamente un 94% desde 1970, y esto no quiere decir que toda la vida silvestre haya desaparecido, sino que el número promedio de muchas especies se ha reducido considerablemente en tan solo medio siglo. Además, esta disminución ha sido constante y afecta directamente a una de las zonas con mayor biodiversidad del planeta.

La razón principal no representa un misterio, ya que en esta región se concentra una parte muy importante de la biodiversidad global, especialmente en la zona amazónica. La deforestación destruye de manera directa los hábitats naturales, aunque también existe un daño que resulta menos visible pero igualmente devastador, como lo es la fragmentación del territorio.

Cuando los bosques son cercados, fragmentados o quedan completamente aislados, los animales que habitan en ellos pierden gran parte de sus oportunidades de desplazarse, reproducirse y conservar poblaciones viables. Y aunque desde el aire un ecosistema pueda parecer que está intacto, en realidad se encuentra dañado, ya que la fragmentación de los ecosistemas boscosos y la interrupción del ciclo biológico de la vida generan una pérdida importante de biodiversidad, además de aquella que se produce por la simple tala de los bosques.

La velocidad con la que desaparecen las especies se convierte en otra forma de medir el deterioro ambiental, y de acuerdo con el informe global presentado por la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), al hacer una comparación entre la tasa actual y la llamada “tasa de extinción de fondo” que se estima a partir del registro fósil, es decir, el ritmo natural antes de la influencia humana significativa, se evidencia que las especies están desapareciendo hoy en día entre 100 y 1000 veces más rápido de lo que ocurriría en condiciones naturales. Por esta razón, no se trata de un proceso lento, sino de un ritmo sumamente acelerado que supera ampliamente los tiempos normales de adaptación que poseen los ecosistemas.

Los informes científicos más recientes señalan que, dentro de las especies evaluadas por organismos internacionales como la UICN, cerca de una cuarta parte se encuentra actualmente en riesgo, siendo clasificadas como vulnerables, en peligro o en peligro crítico. Además, el informe global presentado por el IPBES estimó que alrededor de un millón de especies podrían llegar a desaparecer en las próximas décadas si las tendencias actuales continúan, y esto no se considera una proyección alarmista, sino un diagnóstico que se fundamenta en años de observación y en la evidencia que se ha venido acumulando.

Todo esto demuestra un patrón que resulta realmente preocupante, ya que el crecimiento económico que se ha dado en las últimas décadas no ha sido neutral y, junto con ello, se ha visto una reducción constante en la diversidad biológica del planeta. Esto no ocurre porque el crecimiento sea algo negativo, sino porque se ha desarrollado de manera aislada de las condiciones ecológicas que son las que lo hacen posible.

Aquí surge una pregunta inevitable: ¿Cómo es posible proyectar que la actividad humana se duplicará nuevamente en las próximas décadas cuando el nivel actual ya haya eliminado tanto de la vida salvaje en el planeta? Esta no es una pregunta ideológica ni moral. Es una pregunta de escalada y de coherencia material.

El mundo descrito en los datos no es una abstracción estadística; es un mundo que ya está cambiando. Un planeta que comienza a responder a décadas de presión acumulada. Los números no culpan ni exageran: simplemente muestran. Muestran que el entorno donde vivimos ya no responde como antes y que esa presión tiene consecuencias reales sobre la vida. Lo que queda por pensar no es solo el alcance de estos límites, sino el sentido de seguir organizando nuestra forma de vivir como si la vida que nos sostiene no tuviera condiciones

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