Edicion abril 24, 2026

Entre desafíos y esperanza, joven wayuu inicia su formación como médico en Uniguajira

Antonio Uriana durante una simulación clínica en los laboratorios de Uniguajira.
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En un territorio seco, inhóspito, ardiente y en condiciones extremas, como es la comunidad indígena Lümaa en el municipio de Manaure, nació Antonio Uriana Jusayu. Un joven wayuu, bajito, de piel cobriza, callado y hoy, estudiante del programa de Medicina de Uniguajira. 

Es huérfano de madre desde los siete años. Quinto de siete hermanos. Su papá está vivo, pero no ha convivido con él desde niño. Dice sin enojo o rencor, que siempre estuvo apartado del resto de la familia. Antonio habla con la crudeza y fortaleza de quien aprendió desde temprana edad a ganarse la vida.  

Es reflexivo. De reojo nos observa y le hace honor a la malicia y suspicacia indígena. Habla lo preciso, puntual… es certero en sus respuestas. Nos cuenta que, para sobrevivir, desde su infancia y juventud, ha realizado labores como conductor, ayudante de tiendas, oficios generales. “Cosas rápidas pero que servían. No era solo por dinero, era por aprender a no depender, solucionar”, señaló. 

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Nos comenta que ha vivido en diversos lugares hasta el punto que no puede determinar un lugar específico. Primero con su padre por un corto tiempo, luego con su abuela, más tarde con una tía y finalmente con su hermana mayor de 22 años, quien asumió el cuidado de todos desde que falleció su madre. A su juicio, residir con varias familias le marcó su carácter reservado, disciplinado y observador. 

Antonio cursó su bachillerato en una sede del colegio Eusebio Septimio Mari, en Manaure. Sus primeros años escolares estuvieron marcados por la ausencia materna y la subsistencia. El sexto y séptimo grado representaron una etapa compleja: incluso perdió un año académico. 

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Sin embargo, en octavo inició un proceso de transformación personal. “Empecé a pensar las cosas. Llegó la conciencia, el propósito. El estudio dejó de ser una obligación para convertirse en una herramienta de conocimiento”, explicó.

Antonio participando activamente en clase
Antonio participando activamente en clase

En ese mismo grado, nació una amistad con un compañero. Al inicio apenas cruzaban palabras y con el transcurrir del tiempo se convirtió en aliado, luego en equipo y, finalmente, en familia. Juntos descubrieron el valor del trabajo colectivo: estudiar en grupo, compartir cuadernos, ayudarse cuando faltaban materiales, soñar en voz alta. Los resultados llegaron pronto: primero, segundo puesto; luego, una competencia sana en la que ambos se empujaban a ser mejores.

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Desde el colegio, Antonio tenía claro su sueño: estudiar Medicina. Sabía que no tenía los recursos, pero no dejó que eso apagara la idea. Cuando en grado once llegaron a hablarles del Programa de Transito Inmediato a la Educación Superior (PTIES) y de la apertura de la carrera de Medicina en la Universidad de La Guajira, entendió que esa era su oportunidad. Se inscribió, se esforzó, insistió. Su puntaje en el Icfes fue de 208, regular, como él mismo lo define, pero no fue un obstáculo. “Yo decía: sí puedo”. Y pudo.

Hoy vive en un pequeño aparta estudio en la comunidad indígena de Aujero en Riohacha, cerca de la Alma Máter junto al mismo compañero con el que empezó a construir sueños en octavo grado. Ambos estudian en Uniguajira. Antonio no es de fiestas. Prefiere el silencio, la playa de Manaure, las caminatas largas, las conversaciones tranquilas. Cree en lo importante que es no juzgar a las personas por su apariencia. Cuando habla de la universidad, lo hace con orgullo. Agradece al Gobierno Nacional, al Ministerio de Educación y a la Universidad de La Guajira por abrirle la puerta. “Ahora puedo decir con seguridad y propiedad que soy estudiante de Uniguajira”, expresa.

Antonio Uriana durante una simulación clínica en los laboratorios de Uniguajira.
Antonio Uriana durante una simulación clínica en los laboratorios de Uniguajira.

Carlos Arturo Robles Julio, rector de la Universidad de La Guajira, explica por su parte que, con la Facultad de Ciencias de la Salud se le da respuesta a los mayores problemas que tiene el departamento en su zona norte y extrema. “Con el conocimiento del territorio que tienen los jóvenes wayuu y su deseo de formarse en una universidad, resulta más fácil abrir caminos hacia una atención en salud con enfoque diferencial y mucho más humana para el cuidado de nuestra gente. Lo que no solo se traduce en proyección social para la institución, sino en el acto valioso de salvar vidas y transformarlas”, añade el directivo.  

En este contexto, estudiar Medicina en la Universidad de La Guajira representa la oportunidad de formarse con calidad académica y sentido humano, en un programa diseñado para responder a las necesidades en salud de la región, con un enfoque intercultural que valora la diversidad étnica y cultural, y que prepara médicos con identidad, compromiso social y capacidad para transformar la realidad de su territorio y del país. Se oferta de manera presencial en la sede principal. Entre los 50 matriculados en la primera cohorte, 26 son indígenas (12 de ellos hablantes de la lengua wayuunaiki) y 3, afrodescendientes. 

La historia de Antonio Uriana Jusayu no es solo la de un joven que ingresa a la educación superior.  Es la de un niño resiliente que aprendió a levantarse temprano frente a la ausencia, a confiar en el equipo, insistir y luchar. Antonio, pequeño en estatura, pero grande en su visión y propósitos.

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