Edicion agosto 3, 2026

Darío Pavajeau Molina, se fue un grande de Valledupar

Darío Pavajeau Molina, se fue un grande de Valledupar

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Columnista- Hernán Baquero Bracho
Columnista- Hernán Baquero Bracho
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Cuando las campanas del tiempo anuncian la partida de un hombre bueno, no solo llora su familia; también se entristece la ciudad que lo vio crecer y la cultura que él ayudó a engrandecer. Así ocurre hoy con la despedida de Darío Pavajeau Molina, un vallenato de alma, un caballero de estirpe y un hombre cuya vida estuvo marcada por la amistad, el folclor y la nobleza.

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Hay personas que ocupan importantes posiciones y, sin embargo, pasan inadvertidas. Darío Pavajeau, en cambio, ocupó el lugar más difícil de conquistar: el corazón de la gente. Ese reconocimiento no se obtiene con poder ni con dinero; se gana viviendo con honestidad, respeto y generosidad.

Fue un enamorado del folclor vallenato en su más pura expresión. Defendió la tradición, admiró a los juglares y comprendió que el vallenato es mucho más que un género musical: es la memoria viva de un pueblo.

Las historias que contaba sobre compositores, acordeoneros y festivales reflejaban un conocimiento profundo y un amor inquebrantable por la cultura del Caribe colombiano.

También fue un apasionado de los gallos finos, afición que asumió con respeto, disciplina y caballerosidad, convirtiéndose en un referente entre quienes compartían esa tradición.

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Pero, por encima de cualquier pasión, sobresalía su inmensa calidad humana. Nunca negó un saludo, una conversación o una palabra de aliento. Su trato cordial era su mejor carta de presentación.

Fue un parrandero insigne, convencido de que las mejores parrandas eran aquellas donde reinaban el respeto, la amistad, la buena música y la alegría sincera.

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En cada reunión dejaba una enseñanza, una anécdota o una reflexión que enriquecía a quienes lo rodeaban. Tenía el don de convertir un encuentro cualquiera en un momento inolvidable.

Darío Pavajeau representó esa generación de hombres cuya palabra era un compromiso y cuyo honor valía más que cualquier documento firmado.

Por eso hoy Valledupar no despide simplemente a un ciudadano. Despide a uno de sus símbolos humanos, a un guardián de sus tradiciones y a un amigo leal de todos.

Su ausencia será imposible de reemplazar, pero su ejemplo seguirá iluminando el camino de quienes entienden que la grandeza comienza por la sencillez.

Que el sonido de un acordeón, el canto de un gallo al amanecer o una parranda entre amigos sean siempre motivos para recordar su nombre con respeto y gratitud.

Descansa en paz, Darío Pavajeau Molina. Los grandes caballeros nunca desaparecen; simplemente cambian de escenario para convertirse en recuerdos eternos. Valledupar te llora, el folclor te agradece y tus amigos tendrán siempre el privilegio de decir que compartieron la vida con un hombre excepcional. Que Dios te reciba en su gloria y conceda fortaleza y consuelo a toda tu familia.

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