
Hablar de Riohacha es hablar de una paradoja dolorosa: una tierra bendecida por la grandeza del mar Caribe, rica en cultura, historia y potencial humano, pero condenada a la miseria sistemática por culpa de quienes han gobernado desde la comodidad de la indiferencia.
Nuestra capital sufre un mal crónico que va mucho más allá de una mala administración temporal; padece una crisis estructural profunda donde la falta de planeación, la improvisación y el saqueo institucional se han convertido en la regla general.
Riohacha parece condenada a un eterno déjà vu político. Gobiernan, pasan, se van con los bolsillos llenos y la ciudad sigue sumida en el mismo atraso de hace décadas.
Hablar de administraciones pasadas en nuestra capital no es evocar gestión, sino recordar una larga lista de oportunidades perdidas.
¿Dónde están las grandes soluciones estructurales? Los alcaldes que han desfilado por el Palacio Municipal nunca gobernaron pensando en curar las heridas profundas de este municipio.
Hoy seguimos sufriendo las mismas carencias históricas: un acueducto ineficiente, un sistema de alcantarillado colapsado, un servicio de aseo precario, la eterna ausencia de un matadero municipal digno, la falta de un terminal de transportes moderno y un Plan de Ordenamiento Territorial (POT) actualizado que ordene el crecimiento de la ciudad.
Durante décadas, los alcaldes que han pasado por el Palacio Municipal no han llegado a transformar realidades, sino a hacer negocios. ¿Cómo se explica que administraciones enteras pasen sin dejar una sola solución de fondo a los problemas críticos, pero salgan del cargo con un crecimiento patrimonial inexplicable?

Los mandatarios de turno se han convertido en socios comerciales de las empresas prestadoras de servicios públicos —que exprimen los bolsillos de los riohacheros con tarifas abusivas por un servicio pésimo— en lugar de ser veedores y defensores de los derechos ciudadanos. Son alcaldías de “tumba cuchara”, efímeras en resultados sociales pero rentables para los bolsillos de unos pocos.
Salen del poder con fortunas que no aguantarían ni cinco minutos de una auditoría financiera seria o de una investigación real por enriquecimiento ilícito. Mientras tanto, el pueblo se debate entre el rebusque diario, el desempleo rampante y la desesperanza.
Y el panorama actual no es más alentador. Al mirar la baraja de candidatos que hoy aspiran a la silla principal del Distrito, la decepción es generalizada. Ninguno muestra un verdadero plan de ciudad. Aparecen en redes sociales con videos producidos, vendiendo promesas como si acabaran de aterrizar en el municipio, fingiendo que no viven aquí y que no conocen nuestra realidad.

También vemos aspirantes sin trayectoria ni propuestas, cuya única credencial es el favor político, la bendición de un congresista de turno o el capricho familiar, creyendo que la administración pública es una herencia o un premio de consolación. Ninguna acción previa en beneficio de la ciudad respalda sus aspiraciones; solo el cálculo electoral.
A este triste cuadro se suma la complicidad de un Concejo Municipal que ha estado de rodillas ante el ejecutivo. Concejales que durante años han guardado un silencio cómplice, incapaces de alzar la voz para exigir control político, interpelar secretarios o defender los intereses de la ciudadanía. Ediles que llegan a negociar sus curules, a repartirse cuotas burocráticas o a recibir prebendas, dándole la espalda al mandato popular.
Riohacha merece mucho más que esto. Nuestra hermosa capital no puede seguir siendo el botín político de clanes familiares, ni la administración de “tumba cuchara”. Necesitamos con urgencia a alguien que sea riohachero raizal o que se sienta tan profundamente riohachero que le duela en el alma la miseria y el abandono de su gente. Requerimos un líder con visión de futuro, que gobierne con el corazón puesto en su pueblo y no en su cuenta bancaria.

Riohacha no aguanta cuatro años más de improvisación, de alcaldes de escritorio y de clanes políticos repartiéndose el presupuesto como si fuera un botín de guerra.
Necesitamos un líder con carisma pero, sobre todo, con carácter, capacidad técnica, honestidad probada y un modelo de planeación riguroso que ponga los recursos públicos al servicio de las soluciones reales.
Es hora de despertar. No podemos seguir eligiendo a nuestros propios verdugos. Riohacha merece dignidad, futuro y, por encima de todo, respeto.





