Edicion julio 16, 2026
Soy Carmero

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Columnista - Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
Columnista – Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
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“Y el mes de julio, en su afán, va de paso/Y cuántas penas se quedan conmigo/El 16 se queda en mi regazo/Virgen del Carmen, porque soy tu hijo” (Diomedes Díaz)

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Otro 16 de julio

Llega el 16 de julio y se reavivan tantas emociones, se arremolinan en mi memoria tantas calendas que solo un acontecimiento como este, es capaz de convocar con tanta sensibilidad, gozo e identidad.  Se vienen las fiestas de mi barrio en Maicao, El Carmen. La fiesta que se fue tomando la ciudad al punto de que, San José, patrono de la ciudad, le cedió sin reticencias su reino devocional para que imperara como la madre tutelar de los maicaeros. Eso lo evidencia la grey fervorosa que, por miles, recorre la más larga y maratónica procesión de la tradición patronal de La Guajira (de alrededor de 4 horas) cada año.

El 16 de julio es la fiesta que más congrega y concita esa rara mezcla de jolgorio desinhibido y recogimiento espiritual entre los maicaeros. La advocación mariana del Monte Carmelo mueve la economía (no hay “carmero” que no estrene vestimenta para esa fecha); la que anima el barullo a tal punto que hoy se usa más pólvora el 16 de julio que en todo diciembre.

Calendas del nicho barrial

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Soy carmero desde que tengo conciencia, desde que el viejo Erasmo, como parte del racimo de migrantes que se vino del sur de Riohacha a poblar las esquinas marginales del incipiente pueblo en los años 60, construyó la casa de tabla, era la última hacia el sur de la población, solo aledaña a inmensos arenales y la fronda espesa de un bosque poblado de indígenas y lagunas interminables donde las mujeres iban los fines de semana a lavar la ropa y los chicos a crear la ilusión de que teníamos un río. Hoy es un barrio céntrico, no hay maicaero que no quiera habitar en mi barrio.

 En la vieja capilla de tablas vi al padre Marcelo arremangarse la sotana para jugar fútbol en la misma cancha donde floreció el Deportivo El Carmen, luego llamado Depósito El Indio o Almacén La Primavera. La misma cancha que se quedó esperando las gambetas de Azael Castilla y Checho de la Rosa, tempranamente arrebatados a la vida.

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Soy orgullosamente carmero y de la calle 13. La calle por donde parte y llega la procesión, la de la iglesia, la escuela comunal y el emblemático colegio que una vez fue regentado por las monjas. La calle del hospital, de Telemaicao (donde la nueva sede de la alcaldía sigue a la espera), la que conduce al mercado y al colegio San José Técnico Comercial donde me hice bachiller. La misma calle 13 donde se celebraban las casetas del barrio y se encendían los “castillos”; la de los molinos de sal, la de los memorables Profesor Rosado y la “seño” Antonia; la de ese decoro de dama llamada Belinda Bermúdez y el profe Ustate, la de Luis Fragozo, la misma de esa digna matrona Elizabeth Gómez, madre de Aldrin Quintana pero que supo dar amparo materno a más de 7 apadrinados. La calle que vio florecer la competencia entre la tienda de Elizabeth y la del circunspecto y siempre severo Cirilo, quien, con la paciente Anita, fue padre de Olver y Osy Choles. La calle del patriarca y líder comunal Julio de la Rosa, de ese arquetipo de jocosidad e ingenio sicalíptico que fue Goyo Parodi.   

Regreso al barrio

Este 16 de julio regresaré a mi barrio en Maicao. Será ver otra vez esa romería exultante correr como río fervoroso por la calle 13, tomar la 15 mientras su corriente se hace más tumultuosa, bullosa y de emotivas manifestaciones de fe. Cuando la Virgen del Carmen avance entre el océano de velas encendidas que se derriten jubilosas y el clamor de un pueblo que la aclama, comprenderé una vez más que las procesiones no solo recorren las calles: recorren el alma de quienes regresan cada año para encontrarse con sus recuerdos, sus afectos y su fe.

La Virgen bailará disputada entre cientos de brazos clamorosos de su misericordia, conmovidos de gratitud por un milagro. Mientras sus andas se balanceen como una barca de esperanza entre la multitud, volveré a sentir que el cielo desciende hasta Maicao para abrazar a sus hijos. Entonces entenderé que la verdadera patria también puede ser una calle, una capilla de tablas, una canción vallenata como “El muchacho” o “A mitad del camino” de Diomedes, “La Virgen del Carmen” de los Zuleta o “Se parece a ella” de Beto Zabaleta, una lágrima silenciosa o el aroma del incienso que se mezcla con el viento de julio.

La danza de las mil vírgenes

La Virgen principal será tutelada por el padre Jeferson Ariza y su comunidad parroquial, regentes del boato; pero delante y detrás de ella, miles de vírgenes son nimbo y aureola de la procesión. Si algo de particular tiene la procesión de la Virgen del Carmen en Maicao, es que cada familia tiene y porta su propia virgen, algunas de igual o mayor tamaño que la principal.    Es como si cada núcleo se aferrara a una iglesia pequeña, la doméstica, la familiar, es la apropiación de una devoción que no se fragmenta, sino que se complementa.

Regresar al barrio natal en sus fiestas patronales es emprender un viaje que no se mide en kilómetros, sino en latidos. Es descubrir que las calles conservan la memoria de nuestros pasos y que cada esquina pronuncia, en voz baja, el nombre de quienes crecieron con nosotros. Es rememorar los idilios juveniles, es escuchar las risas de los amigos de la infancia, como Elkin y “Varaka” de Armas, Aldrin Quintana, John Ustate, Jairo de la Rosa y Samuel William Cardeño, mezcladas con el eco lejano de las casetas y los juegos que parecían no terminar nunca. Es sentir que las fiestas patronales no solo convocan a un pueblo, sino también a los recuerdos que permanecían dormidos bajo el polvo del tiempo. Entonces comprendemos que la nostalgia ilumina. Nos recuerda que hubo un lugar donde fuimos inmensamente felices sin saberlo, donde aprendimos el significado de la amistad, la solidaridad y la fe. Cada regreso al barrio es una reconciliación con el niño que fuimos, un abrazo silencioso con quienes ya partieron, como los amigos David Pérez y “Ramirito” Pinto; mis padres y la vieja “Chave” Pérez. Es también una profunda gratitud por seguir encontrando, en las mismas calles de siempre, el refugio donde el alma reconoce su verdadero hogar.

Ser carmero

 Soy carmero porque en mis venas también corre el polvo que una vez corría por estas calles, el eco de las campanas de julio, el perfume de la cera derretida y el murmullo de las plegarias que aprendí antes incluso de comprenderlas. Lo soy porque cada rincón del barrio guarda un rostro amado, una historia compartida, una ausencia que sigue conversando con nosotros.

Este 16 de julio volveré a caminar detrás de la imagen de la Virgen. No iré solo: caminarán conmigo mis padres ya ausentes, mi difunto hermano, los amigos que partieron demasiado pronto, los vecinos que hicieron de una calle una familia y de un barrio un hogar. Caminarán también los niños de mi familia que hoy reciben la misma fe que nosotros heredamos, porque las devociones verdaderas nunca envejecen, aunque cambien de manos.

Porque ser carmero no es únicamente haber nacido en este barrio. Es pertenecer a una memoria que no se extingue; es llevar en el pecho un santuario donde la Virgen del Carmen permanece encendida como una lámpara eterna. Soy carmero. Lo fui ayer cuando aprendí a caminar por la calle 13. Lo seré este 16 cuando mis ojos se humedezcan al verla pasar por la casa materna. Y lo seré siempre, mientras exista un 16 de julio, una campana que anuncie su fiesta y un corazón dispuesto a llamarla “madre bendita”. Soy carmero y ya estoy listo para la procesión, con mi “pinta”, mi Virgen familiar, mi escapulario y mi historia de fe para agradecerle a la santa la licencia de vida que este año me concedió.

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