Edicion julio 9, 2026

Psicosociología del espacio público

Psicosociología del espacio público

Comparte

Columnista - Betsy Barros Núñez
Columnista – Betsy Barros Núñez
Publicidad

El espacio público es un entrecruce de heridas, urgencias, memorias, costumbres, miedos y pequeñas maneras de reconocerse o desconocerse como comunidad. La calle, el andén, el parque, la esquina y el bulevar, más que simples lugares de paso, son escenarios donde la vida revela su carácter, donde muestra sus resistencias y sus contradicciones. Sin lugar a dudas, el espacio público traduce una de las mayores formas de convivencia.

Publicidad

En Riohacha, como en muchas ciudades del Caribe colombiano, la calle no cumple una función ordenada ni previsible. Ella respira, se expande, se contrae, se desborda. Sus usos diversos la identifican unas veces como camino; otras, como sala de estar, mercado, parqueadero, escenario de fiesta, punto de encuentro, lugar de espera o frontera invisible. Cada persona, desde su necesidad, compone allí su propia partitura. Para unos es tránsito; para otros, sustento. Para algunos es amenaza; para otros, pertenencia. Por eso, el espacio público nunca neutro está cargado de significados y de disputas silenciosas.

No asombra que los andenes, con frecuencia, se conviertan en prolongaciones de algunas casas. Allí se instalan materas, sillas, rejas y avisos. También se estacionan motocicletas y vehículos, o se habilitan pequeñas zonas de reunión. Cuando la vivienda no tiene terraza, el andén termina cumpliendo esa función. Cuando el patio desaparece, la fachada se vuelve tendedero, balcón de la intimidad, vitrina involuntaria de la vida doméstica. Asimismo, la ropa colgada, las rejas altas, las cámaras de seguridad y los cerramientos van contando una historia paralela: la de una ciudad que ha ido perdiendo espacios interiores y también confianza exterior.

Entonces el peatón, desplazado de su lugar natural, baja a la calzada. Se confunde entre carros, motos, bicicletas, mercancías y vendedores. Se abre paso en medio de una movilidad improvisada. Así, el espacio pensado para el rodamiento de los vehículos se vuelve también territorio del caminante. Esta convivencia, desde luego, no nace del acuerdo, sino de la necesidad. La ciudad entera parece moverse dentro de una coreografía montada para el desorden de una cotidianidad tensa.

También los vehículos reclaman su parte. Algunos propietarios, para cuidar el acceso a sus garajes, estacionan el vehículo frente a la puerta; otros reemplazan el garaje por la calle. Y muchos, ante la insuficiencia de parqueaderos, ocupan andenes, sardineles y esquinas. Lo que debería ser ruta de paso se vuelve zona de estacionamiento. La movilidad deja de ser un derecho tranquilo y se convierte en una negociación permanente. Cada metro de calle parece un terreno en disputa.

Publicidad

Hay momentos en que esa apropiación se torna más evidente. Dos conductores se detienen en plena vía para conversar, resolver un asunto o saludarse, como si la calle les perteneciera por unos minutos. Otros avanzan en contravía, reducen la norma a una sugerencia y convierten la excepción en costumbre. Son gestos pequeños, pero repetidos, que denuncian formas de poder. Con ellos se va formando una cultura urbana donde lo público cede el paso, desplazándose del cuidado colectivo hacia la urgencia individual.

Sin embargo, la calle no se reduce al miedo. Se explaya también en vida popular, economía informal y creatividad de subsistencia. En las aceras y bulevares aparecen vendedores de frutas, comidas, minutos, accesorios, artículos para el hogar y pequeños servicios que sostienen el día a día de muchas familias. Alrededor del hospital, clínicas, mercados y parques, estos usos se multiplican. La ciudad formal los mira como ocupación indebida; la ciudad real los reconoce como parte de su pulso. Una gran paradoja: el espacio público.

Publicidad

Por eso no basta hablar de invasión, ocupación, control o recuperación. También es necesario preguntarse por qué esos espacios fueron ocupados, qué carencias revelan, qué formas de vida sostienen y qué alternativas reales ofrece la ciudad a quienes dependen de ellos. Riohacha arrastra, en este sentido, una deuda urbana visible. El resultado es una ciudad donde lo común parece frágil.

El problema es administrativo, pero también cultural. La ciudad se vuelve escenario de prácticas arraigadas: cerrar una vía para una celebración familiar, usar el andén como sala, convertir la esquina en negocio, estacionar donde se pueda, caminar por donde toque. Cada una de estas acciones tiene una explicación; juntas, forman una cultura urbana.

Y, sin embargo, en esa misma cultura leída como “desorden” habita una fuerza expresiva. La calle en Riohacha puede ser pista de baile, salón de eventos, zona de duelo, extensión del hogar, territorio de encuentro. Puede alojar una conversación larga, una venta improvisada, un juego de niños, una sombra compartida, una fiesta que se derrama desde la casa hacia el barrio. Allí se desborda el carácter lúdico de la calle: su capacidad de multiplicar usos, reunir grupos distintos y producir significados que ninguna norma alcanza a prever por completo.

La pregunta, entonces, no es cómo impedir esos usos, sino cómo hacerlos convivir con el derecho de todos.

El urbanismo moderno, muchas veces, ha querido ordenar la ciudad desde la velocidad. Ha privilegiado el vehículo, la circulación rápida, la reducción de trayectos, la eficiencia del desplazamiento. Pero cuando la ciudad se diseña solo para moverse, olvida que también debe servir para permanecer. Una calle, más que una línea entre dos puntos, es un lugar donde la vida sucede. Si todo se piensa desde el flujo, el peatón se vuelve obstáculo, la pausa se vuelve problema y el encuentro se vuelve interferencia.

La calle en Riohacha seduce la vida con sus lágrimas y sus risas. Ilustra sus propias historietas. Caricaturiza situaciones serias de entender: la intolerancia declarada, las peleas callejeras, la infidelidad, los tragos, el ruido ensordecedor. Nada asusta. Todo sucede.

Riohacha necesita reconciliar esas dimensiones: la ciudad que transita y la ciudad que permanece; la ciudad normativa y la ciudad vivida; la ciudad que se planea en documentos y la ciudad que se improvisa todos los días bajo el sol.

La transformación de la ciudad depende de decretos, planes y sanciones, sí, pero depende aún más de una autopedagogía cotidiana del habitar: aprender a mirar el espacio público, la calle, como un bien común, caminar sin ser expulsado, vender sin bloquear, celebrar sin excluir, conducir sin imponerse, protegerse sin clausurar la vida colectiva. En últimas, aprender a poner límites entre lo íntimo y lo público.

Porque una ciudad, así como se construye con cemento, normas y planos, también se construye con gestos: ceder el paso, cuidar un árbol, no invadir el andén, respetar la sombra del otro.

Riohacha, con el temperamento bravío de su sol, su brisa salobre, su memoria indígena, su vocación caribeña y su vida de puertas desplegadas, guarda todavía la posibilidad de pensarse plural sin perder su alma.

Publicidad

úLTIMAS NOTICIAS

Noticias Más Leídas

Publicidad