Edicion octubre 1, 2026
LA NOSTALGIA POR LOS OCHENTAS

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Columnista - Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
Columnista – Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
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La década revivida

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¿Han notado que, de pronto, en un viraje retro, todos quieren hacer parte de una década que ya pasó hace mucho tiempo? Se trata de los bonancibles 80. De pronto, los ochenta están en todas partes. La gente se afana buscando aplicaciones que conviertan una selfie o una foto familiar reciente en una imagen que evoque el esplendor de esa década. Otros buscan en los “cuartos del olvido” utensilios como grabadoras, casetes, fotos instantáneas y walkman para recrear un sitio en la sala, inventarse una fiesta vintage o decorar su negocio con estos motivos. No es de extrañar que se pongan de moda otra vez los encopetados y voluminosos peinados “permanentes” aplastados de laca, maquillaje intenso, las chaquetas anchas, hombreras y blazers, los pantalones de tiro alto, las mallas, la moda aeróbica, los colores estridentes y el neón imponente, así como otros objetos que creíamos condenados al olvido.

Hay algo extraño en esta reciente costumbre de mirar hacia los años ochenta como quien abre un viejo álbum familiar y busca algo que aún no sabe qué es. Se trata de una curiosa añoranza de algo que la generación actual nunca perdió. Que lo extrañe yo, que tuve mis años de ser “felizmente irresponsable” en esa década, es comprensible. Pero que mis hijos y sobrinos, de pronto, se hayan topado con la necesidad de revivir un tiempo previo a su nacimiento sí amerita, al menos, una reflexión psicosociológica.

Un pasado editado

Probablemente no añoramos los ochenta tal como fueron. Añoramos lo que significaron para nosotros. Los 80 para mi generación significan la rebeldía, porque en algunas regiones tradicionales esta semilla llegó tarde; no fue en los 60 ni en los 70. Significa discotecas con luces deslumbrantes y música disco, la llegada del merengue dominicano y la época dorada del vallenato con el Binomio de Oro, Diomedes, Jorge Oñate, Zabaleta, Silvio Brito y los hermanos Zuleta. Significa el boom de los casetes de parranda, la portabilidad y la llegada de la piratería musical a través de las grabadoras y el bendecido Walkman.

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Los 80 evocan el colorido en la ropa (“los colorinches”, como decía mi papá cuando cuestionaba mis camisas fucsias, rojas o amarillas intensas). En nuestra memoria suelen quedar las canciones, las parrandas en la calle, los amigos del colegio, las calles conocidas, los primeros amores, los programas de televisión, los teléfonos que no podían llevarse en el bolsillo y aquellas tardes interminables sentado en el piso de “La señora Rosa”, una dama cascarrabias e intolerante que nos tenía que soportar.

Esa nostalgia por los 80 que me trae esta nueva generación también me lleva a modificar mis recuerdos. Por eso, los ochenta que recordamos no son necesariamente los que vivimos. También quedaron muchas cosas que preferimos no recordar. La violencia, el estatuto de seguridad del gobierno de Turbay Ayala que nos encarcelaba a los menores solo por estar en una esquina jugando o pateando bolas de trapo en la calle. La incertidumbre, las dificultades económicas, las desigualdades, las tragedias que marcaron al país y tantas otras realidades que hicieron de aquella década un tiempo bastante menos amable de lo que hoy parece cuando la observamos a través de los montajes digitales. El 80 que hoy recordamos con nostalgia es un periodo editado, selectivo, emotivo y matizado de alegres calendas.

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Quizás por eso resulta tan interesante que una generación que creció sin internet, como la nuestra, esté viendo cómo los jóvenes recuperan elementos de una época que no vivieron. Eso nos lleva a pensar que, después de todo, el tiempo no avanza en línea recta. Va y viene. Se devuelve y rescata cosas que creíamos definitivamente enterradas o que se anidaron en un recodo de la nostalgia.

Cuando se extraña lo que no se tuvo

Desde la psicología, este fenómeno puede interpretarse como una tendencia a la anemoia. En este caso, anemoia designa una forma particular de nostalgia: la melancolía por una época del pasado que no se ha vivido en carne propia. No se trata, en este caso, de recordar la arcadia feliz de la infancia o la juventud dorada, sino de añorar una época anterior a la existencia de muchos jóvenes. No solo ha pasado con los 80, para muchos, los 60 con su cine a blanco y negro, sus cowboys, el rock y la psicodelia lo llevan a querer haber vivido esa fiebre.

Esta sensación, aunque parezca extraña, es más común de lo que se cree. Muchas personas experimentan anemoia al escuchar música de los años 60, ver películas en blanco y negro, hojear fotografías antiguas o imaginar cómo era la vida en otra época. Es que la anemoia integra elementos como la sensibilidad estética, la imaginación activa, la insatisfacción con el presente y la necesidad emocional de conexión. Las personas pueden buscar en ese viejo baúl o álbum del pasado lo que no encuentran en esta era del vacío o de la modernidad líquida. El pasado se idealiza como la época feliz que no se tiene ahora. Lo malo de la anemoia es que nos invada permanentemente porque se convierte en evasión de la realidad: tengo un pariente cercano que delira por los años 70 cuando era joven. Solo ve películas de esa época y cuando está tomando tragos, su monserga es ese periodo feliz.

Tiempos a ritmos diferentes

Esta tendencia nos pone en contraste a quienes vivimos los 80 y con quienes pretenden recrearlos solo desde la imagen. Entre la inmediatez, el vértigo y lo fugaz de la vida posmoderna, y nosotros, que sabíamos lo que era esperar. Teníamos paciencia para esperar a que pasara una canción en la radio para grabarla en un casete. Para regresar el casete con un lapicero “kilométrico” para encontrar o repetir la canción que nos gustaba. Esperar el programa de radio o de TV favorito a determinada hora. Esperar el estreno de una película. Esperar una llamada telefónica. Esperar que alguien llegara a la casa. Esperar una carta. Ahora todo está disponible casi de inmediato. Somos generaciones que vivimos a una velocidad distinta.

En estos tiempos de TikTok e Instagram, las personas pueden reconocer una época sin haberla vivido, asociando determinados colores, objetos, canciones, prendas, automóviles o formas de fotografiar con una década específica. De esta manera, esa década se convierte también en un repertorio cultural que se reconstruye desde la imagen, desde una estética. Las nuevas tecnologías, en ese sentido, pueden incidir en las formas de conectarse con el pasado. La memoria no se relaciona únicamente con aquello que experimentamos personalmente; también se construye mediante relatos, imágenes, objetos y formas colectivas de representación del pasado.

Para nosotros que tuvimos un pie allá y aún seguimos dando lidia, no solo se evoca y revive una década, sino también unas sensaciones. La sensación de haber vivido algo que algún día llamaríamos pasado. Los ochenta no fueron mejores simplemente porque fueron nuestros. Tampoco el presente es peor por ser diferente. Cada época tiene sus bengalas y sus miserias. Para los chicos, quizás idealizar el pasado sea una forma cómoda de no mirar los problemas del presente.

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