
Queridos lectores, permítanme la licencia del asco. Y esta vez, la licencia de la esperanza, que es más difícil de conseguir. Nos han dicho, con bombo, platillo y presupuesto de publicidad institucional que alcanzaría para pavimentar medio municipio, que La Guajira será “Patria Milagro”. Que seremos piloto de desarrollo turístico. Que el mundo entero vendrá a maravillarse con nuestras dunas, nuestro Cabo de la Vela, nuestra cultura Wayuu milenaria, nuestros atardeceres color mango maduro, nuestras salinas rosadas de Manaure.
Y uno, iluso incorregible, se imagina al turista europeo bajándose del bus en Uribia, cámara Leica en mano, sombrero de ala ancha, listo para capturar la majestuosidad del paisaje wayuu. Y lo primero que captura el lente es un pasaje entero de bolsas plásticas negras reventadas por los perros callejeros, tripas de chivo al sol de cuarenta y dos grados, pañales desechables ondeando como banderas de la rendición cívica, llantas apiladas criando zancudos con denominación de origen, y un cerro de icopor que ya cumplió la mayoría de edad porque lo botaron en 2007 y ahí sigue, intacto, inmutable, más permanente que cualquier promesa de campaña, más sólido que cualquier obra de infraestructura departamental.
I. EL PAISAJE QUE NO SALE EN EL FOLLETO
Porque sí, señores alcaldes, señores concejales que sesionan con el aire acondicionado prendido mientras afuera el pueblo se ahoga en moscas; señores contratistas del aseo que cobran puntual los primeros cinco días de cada mes, pero recogen cuando les da la gana, cuando hay gasolina, cuando el carro no está “en mantenimiento”, cuando no hay puente festivo: aquí no hay problema de basuras. Qué va. Aquí hay una cultura. Una tradición. Un patrimonio inmaterial que la UNESCO debería declarar con carácter de urgencia: la costumbre sagrada, ancestral e inquebrantable de convivir con la mugre.
El niño guajiro no aprende primero a caminar. Aprende primero a esquivar la bolsa de basura en la esquina. Aprende, antes que las vocales, que el lote baldío del barrio no es un lote baldío: es el relleno sanitario comunitario, autogestionado, sin licencia ambiental, sin geomembrana, sin nada, pero con mucho corazón y muchas gallinas escarbando. Aprende que la quema de basura a las seis de la tarde no es contaminación: es aromaterapia popular. Que el humo negro de plástico derretido entrando por la ventana de la cocina es “el olor del progreso”. Que, si uno se queja, es un exagerado, un amargado, un “creído” que quiere vivir como en Bogotá.
II. LA FEALDAD COMO ESTÉTICA MUNICIPAL
Y hablemos del paisaje, que duele en el alma y en la retina.
La Guajira tiene uno de los litorales más hermosos del Caribe colombiano. Tiene el desierto de la Alta Guajira que parece pintado por Dios en su día más inspirado, con esos ocres y esos dorados que ningún filtro de Instagram puede replicar. Y tiene, también, cien metros lineales de plástico enredado en cada trupillo, en cada dividivi, en cada cactus. Tiene caños que ya no llevan agua sino un caldo espumoso de detergente, grasa de fritanga, espuma de poliestireno y bolsas de mercado con el logo de algún supermercado que cerró hace tres años. Tiene playas donde la arena compite con las tapas de gaseosa, las chancletas huérfanas y los envases de aguardiente por ver quién cubre más metros cuadrados.
Tiene entradas municipales donde debería haber un arco, un letrero, una jardinera. Y lo que hay es una frontera de escombros: colchones viejos, sanitarios rotos, neveras oxidadas, animales muertos en estado de descomposición avanzada que ya tienen nombre propio porque el vecino les puso uno por cariño o por costumbre. “Ahí está Rigoberto”, dice la señora señalando al perro muerto junto al andén. Lleva cuatro días. Nadie lo recoge. Rigoberto ya es parte del paisaje urbano.
El turista no viene. Y si viene, no vuelve. Y si vuelve, no recomienda. Y si recomienda, le dicen: “¿A La Guajira? ¿A esa donde huele a basura desde la troncal? ¿Dónde uno se baja a orinar y pisa una montaña de bolsas?”
Así no se construye ningún piloto turístico, señores. Así se construye un espantaturistas con diploma, con especialización y con maestría en ahuyentar divisas.
III. EL ATRASO QUE LLAMAMOS “COSTUMBRE”
Lo más triste es que nos acostumbramos. Nos acostumbramos con una resignación que asusta. Nos acostumbramos a que el olor a descomposición sea el perfume oficial del pueblo. Nos acostumbramos a que los niños jueguen fútbol entre bolsas, jeringas, vidrios rotos y pañales. Nos acostumbramos a que el alcalde de turno prometa “solución integral y definitiva” en campaña, con megáfono y camisa remangada, y entregue tres volquetas desvencijadas, dos escobas y una foto para redes sociales con la etiqueta #LaGuajiraLimpia.
Nos acostumbramos a que la basura del otro no es basura de nadie. A que el problema siempre es del vecino, del municipio de al lado, de Corpoguajira, de la Gobernación, del gobierno nacional, del operador privado, de la Virgen del Carmen que no intercedió, del viento que “trajo la basura de otra parte”.
Nos acostumbramos a que la señora tire la bolsa por la ventana del segundo piso como quien lanza confeti. A que el señor del carro baje el vidrio y suelte el vaso de plástico en plena vía, con la naturalidad de quien siembra una semilla. A que el comerciante saque las cajas de cartón y las bolsas a las diez de la noche, “para que el camión las recoja”, sabiendo perfectamente que el camión pasa a las cinco de la mañana o no pasa.
Y mientras tanto, la bolsa negra sigue ahí. En la esquina. En el caño. En la playa. En la entrada del pueblo. En el patio de la escuela. En el cementerio, porque hasta los muertos tienen que convivir con el plástico en esta tierra.

IV. ¿Y LAS AUTORIDADES? BRILLANTES, COMO SIEMPRE
Corpoguajira hace comunicados, campañas, conmina y multa. La Gobernación hace mesas de trabajo. Los alcaldes hacen “jornadas de limpieza” que consisten en doce personas con guantes tomándose una selfie junto a un montículo que al día siguiente volverá a crecer. El Concejo Municipal hace debates donde se cita al operador de aseo, el operador no va, se reprograma, el operador vuelve a no ir, y se levanta la sesión.
El Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos —el famoso PGIRS— existe. Está impreso. Está en un cajón. Tiene ciento cuarenta páginas. Nadie lo ha leído. Nadie lo va a leer. Es más fácil imprimirlo que cumplirlo.
Y los recursos, porque siempre hay recursos: se van en estudios, en consultorías, en “diagnósticos participativos”, en talleres con refrigerio y cartulina. Todo muy participativo. Todo muy bonito. Y la basura, mientras tanto, participa sola, sin invitación, en cada esquina del municipio.
V. ALGUNAS SOLUCIONES
Ahora bien. No vine solo a quejarme. Que quejarse sin proponer es deporte nacional y ya hay demasiados practicantes. Aquí van propuestas concretas:
1. PROHIBICIÓN PROGRESIVA DE BOLSAS PLÁSTICAS DE UN SOLO USO Y POLIESTIRENO. Ya lo hicieron otras ciudades. Ya lo hizo el país con la Resolución 668. Aplíquese aquí. Que el supermercado dé bolsa de tela o de papel. Que la señora del frito use recipiente retornable o papel encerado. Que el icopor desaparezca de las fiestas patronales. Un año de transición, y después, multa. Sin excepciones, sin “es que la gente es pobre”. Más pobre es vivir entre basura.
2. EDUCACIÓN AMBIENTAL DESDE PREESCOLAR, OBLIGATORIA, CONTINUA. No una charla al año con un funcionario que lee diapositivas. Un programa curricular donde el niño aprenda a separar, a compostar, a entender el ciclo del residuo. Donde la escuela tenga huerta, tenga compostera, tenga puntos de reciclaje. Donde el niño le corrija al papá que tiró la bolsa por la ventana. Los niños son los mejores fiscales ambientales que existen: no tienen compasión ni memoria corta.
3. TURISMO Y BASURA NO CONVIVEN: CONDICIONAR CUALQUIER INVERSIÓN TURÍSTICA A METAS DE LIMPIEZA. ¿Quieren ser “Patria Milagro”? ¿Quieren ser piloto turístico? Perfecto. Primero: metas medibles. Cero botaderos a cielo abierto en zonas turísticas. Cero plásticos en playas protegidas. Cero quemas. Y si no se cumple, no hay inversión, no hay folleto, no hay feria de turismo en FITUR ni en Anato. No se vende lo que da asco. Punto.
4. SANCIONES EJEMPLARIZANTES PARA EL QUE ENSUCIA. Multa al que tira la bolsa en la calle. Multa al que quema residuos. Multa al comerciante que saca la basura fuera de horario. Multa al que abandona escombros en el lote vecino. Y que la multa se cobre. Y que se publique el nombre del infractor. Que dé vergüenza. Que la vergüenza, por una vez, sea del sucio y no del que limpia.
5. RECICLADORES Y ECONOMÍA CIRCULAR: FORMALIZAR, DIGNIFICAR, INTEGRAR. Hay gente que vive del reciclaje en La Guajira. En condiciones infrahumanas, entre moscas y cortes en las manos. Formalícenlos. Denles dotación, ruta, centro de acopio, precio justo. Conviértanlos en lo que son: gestores ambientales. Que el plástico, el vidrio, el cartón, el aluminio tengan valor y tengan destino. Que la basura deje de ser basura y sea materia prima. Que haya una planta de aprovechamiento, así sea pequeña, así sea modesta, pero que exista.
6. VOLUNTAD POLÍTICA. EL ÚNICO RECURSO QUE NO SE PUEDE CONTRATAR. Todo lo anterior sirve de nada sin un alcalde que madrugue, que huela el problema, que camine la calle, que no delegue la basura en un secretario que no aparece. Sin un gobernador que entienda que la limpieza no es “tema menor” frente a la megaobra. Sin un concejal que fiscalice en vez de aplaudir. Sin un ciudadano que vote por el que limpia y no por el que promete. La voluntad política no viene en el presupuesto. Viene en la decencia.
VI. LA GUAJIRA QUE PUEDE SER
Querer a La Guajira no es decir “así somos” y encogerse de hombros. Quererla es exigirle que sea mejor. Que no sea un basurero con bandera. Que no sea un vertedero con potencial. Que no sea una postal hermosa vista desde el dron y un muladar vista desde el suelo.
La Guajira puede ser Patria Milagro. Puede ser piloto turístico. Puede ser lo que le dé la gana ser. Pero primero “recojan la maldita basura”. Pongan los contenedores. Pasen el camión. Eduquen al niño. Multen al sucio. Cierren el botadero. Limpien la playa. Siembren el dividivi donde hoy hay una montaña de bolsas.
Y el día que un lunes cualquiera uno camine por la calle principal de Riohacha, de Maicao, de Uribia, de Fonseca, de San Juan, de Manaure, de Villanueva, de Barrancas, de Hatonuevo, de Albania, de El Molino, de Distracción, y no tenga que taparse la nariz, y no tenga que esquivar la bolsa, y no tenga que pedir perdón por la vergüenza… Ese día, y solo ese día, podremos hablar de milagros. De turismo. De patria. De desarrollo.
Hasta entonces, somos lo que somos: Un paraíso envuelto en bolsa negra. Un milagro enterrado en basura. Una patria que huele a lo que no quiere ser.






