Edicion octubre 21, 2026

José Galo Daza Lafaurie, en su centenario: el legado inmortal de un hombre que sembró trabajo, cosechó admiración y dejó huellas en el corazón de su familia

José Galo Daza Lafaurie, en su centenario: el legado inmortal de un hombre que sembró trabajo, cosechó admiración y dejó huellas en el corazón de su familia

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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
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Hay hombres que nacen para escribir su propia historia y otros que, sin proponérselo, terminan escribiendo también una página imborrable en la memoria de su pueblo, en la evolución de su región y en el corazón de las generaciones que vienen después. Hombres cuya grandeza no se mide únicamente por lo que construyeron con sus manos, sino por los principios que defendieron, los afectos que cultivaron, las oportunidades que crearon y la huella humana que dejaron a su paso. José Galo Daza Lafaurie perteneció a esa estirpe de hombres extraordinarios que hicieron del trabajo una bandera, de la honestidad una norma de vida y de la familia el más preciado de sus tesoros.

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Hoy, 20 de octubre de 2026, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, Villanueva, La Guajira, y su familia tienen motivos de sobra para volver la mirada hacia su memoria con admiración, gratitud y profundo orgullo. Un siglo después de aquel día en que abrió los ojos a la vida en su tierra natal, su nombre continúa evocando una historia de emprendimiento, visión, generosidad y amor por los suyos. No se trata solamente de recordar a un hombre que alcanzó importantes logros empresariales; se trata de celebrar la existencia de un ser humano que supo convertir las dificultades en oportunidades y que dejó enseñanzas que el tiempo no ha podido borrar.

Un hijo de Villanueva, forjado en los valores del hogar

José Galo nació en Villanueva el 20 de octubre de 1926, como segundo hijo del hogar conformado por Julio Marcial Daza González y Trinidad Josefa Lafaurie Acosta. En aquella casa recibió las primeras lecciones que habrían de acompañarlo durante toda su existencia: el valor de la palabra, la importancia del trabajo, el respeto por los demás y la responsabilidad de responder con dignidad ante los compromisos adquiridos.

Sus raíces villanueveras fueron parte esencial de su identidad. Allí comenzó a descubrir el mundo, a reconocer el carácter de su gente y a comprender que la vida exigía voluntad, disciplina y determinación. Sus primeros estudios los realizó en el colegio Santo Tomás de Villanueva, bajo la dirección de Rafael Antonio Amaya, una institución que forma parte de la memoria educativa de nuestro pueblo y por cuyas aulas pasaron generaciones de hombres y mujeres que contribuyeron al desarrollo de la región.

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Su inquietud intelectual y sus deseos de superación lo llevaron posteriormente al Seminario de Cartagena, al Liceo Celedón de Santa Marta, al Instituto Tecnológico Pascual Bravo de Medellín y a la Escuela Industrial de Bogotá, donde culminó su formación técnica. Fue un recorrido educativo que le permitió ampliar sus horizontes, adquirir conocimientos y prepararse para una vida en la que la iniciativa personal y la capacidad de aprender serían herramientas fundamentales.

Pero José Galo no fue solamente un hombre de aulas y libros. Desde joven aprendió a conocer el territorio sobre el que más tarde levantaría buena parte de su trayectoria empresarial. Aprendió a conducir y acompañó a su padre en los recorridos de La Marielena, aquel vehículo mixto que transportaba pasajeros y carga por caminos que comunicaban las poblaciones de La Guajira y el Cesar. En esos viajes conoció de cerca la geografía regional, las necesidades de las comunidades y las dificultades que enfrentaban quienes vivían del campo y del comercio.

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Quizás en aquellas jornadas, entre caminos polvorientos, conversaciones de viajeros y paisajes de la provincia, comenzó a germinar la visión de un hombre que jamás se conformaría con observar la realidad: querría transformarla.

El campo, la gran escuela de su vida

La historia empresarial de José Galo Daza Lafaurie tuvo sus raíces en la agricultura. Después de culminar su formación, se vinculó al trabajo de la tierra junto a sus tíos maternos José Vicente y Galo Lafaurie, en los cultivos de algodón de la finca El Porvenir, en Codazzi, Cesar.

Allí comenzó una etapa decisiva de aprendizaje. El campo le enseñó que ninguna cosecha llega sin esfuerzo, que la naturaleza exige paciencia y conocimiento, y que detrás de cada resultado económico existe una suma de decisiones, riesgos y sacrificios. Trabajó posteriormente con su tío Galo Lafaurie en la finca Los Deseos y, más adelante, con su tío Alfonso León Quintero, por quien conservó siempre un sentimiento especial de gratitud y afecto.

Esa gratitud sería una constante en su vida. José Galo nunca olvidó a quienes le tendieron una mano, le brindaron confianza o le permitieron aprender en el camino. Tenía claro que el éxito no se construye únicamente con talento individual, sino también con la generosidad de quienes creen en nuestras capacidades.

Su paso por la finca Berlín, donde cultivó algodón y obtuvo resultados económicos satisfactorios, le permitió dar uno de los saltos más importantes de su trayectoria: en 1958 adquirió un predio de aproximadamente mil posibilidades por desarrollar, conocido como La Gloria, en San Diego, Cesar, que bautizó con el nombre de Rancho Alegre.

Aquel nombre terminaría convirtiéndose en mucho más que la identificación de una propiedad. Rancho Alegre fue el reflejo de su espíritu emprendedor, de su confianza en el trabajo y de su capacidad para transformar una tierra en una unidad productiva. Allí invirtió esfuerzos, conocimientos y recursos; allí enfrentó desafíos y celebró resultados; allí dejó buena parte de su inteligencia empresarial y de su visión de futuro.

Otro nombre que ocupó un lugar destacado en su historia fue el de Carlos Olivella, con quien trabajó en los cultivos de algodón de la finca La Concordia, cerca de Casacará. La confianza que Olivella depositó en él, incluso en momentos difíciles para la región, representó un respaldo decisivo para su crecimiento profesional. José Galo reconoció siempre esa generosidad y lo recordó como uno de los grandes benefactores que encontró en su camino.

En tiempos en que las oportunidades no llegaban fácilmente, supo ganarse la confianza mediante el cumplimiento, la seriedad y la capacidad de responder. Su trayectoria demuestra que la reputación de un hombre se construye día tras día y que la palabra empeñada puede abrir puertas que ninguna riqueza consigue abrir por sí sola.

Un visionario que entendió que la tierra también necesitaba conocimiento

Si algo distinguió a José Galo fue su disposición permanente a aprender. No era un agricultor que se limitara a repetir las prácticas heredadas; era un hombre que observaba, investigaba, viajaba y buscaba nuevas alternativas para mejorar sus cultivos.

En 1963 impulsó en Rancho Alegre la instalación de sistemas de riego por gravedad, mediante la nivelación de terrenos y la construcción de terrazas y melgas. Aquellas iniciativas representaron avances importantes en el manejo de las tierras y evidenciaron su interés por aprovechar mejor el agua y elevar la productividad agrícola.

Su curiosidad lo llevó hasta Armero, Tolima, donde conoció experiencias de fertilización con abonos compuestos. De regreso a sus tierras incorporó esos conocimientos, apoyándose en análisis de suelos y recomendaciones técnicas. Entendía que el agricultor moderno debía combinar el esfuerzo físico con la investigación, la observación y la aplicación de nuevas tecnologías.

Durante 26 años, entre 1950 y 1976, estuvo vinculado al cultivo del algodón, participando en explotaciones propias y arrendadas. Fue parte activa de organizaciones gremiales como la Federación Nacional de Algodoneros, Coral, Algodones Costeños y Asocesar, escenarios en los que la actividad agrícola encontraba espacios de representación y desarrollo.

Su compromiso con el campo no terminó cuando concluyó su etapa algodonera. Por el contrario, demostró que los empresarios verdaderamente visionarios no se quedan atrapados en el pasado, sino que saben reinventarse cuando las circunstancias cambian.

En Rancho Alegre incorporó cultivos de mango y guanábana, introdujo el riego por goteo y posteriormente avanzó hacia la ganadería sostenible y los sistemas silvopastoriles. Fue una evolución que habla de su capacidad para adaptarse, diversificar las actividades productivas y comprender que la tierra debía trabajarse con inteligencia, responsabilidad y perspectiva de largo plazo.

También incursionó en la ganadería junto a socios y familiares, entre ellos su cuñado Ospicio Baquero, con quien adquirió la finca Costa Rica, en la región de La Palmita, Cesar. En cada una de estas experiencias estuvo presente el mismo espíritu: trabajar, invertir, aprender y construir.

José Galo perteneció a una generación de emprendedores que ayudaron a darle dinamismo al campo del Cesar y de La Guajira. Su historia recuerda que el desarrollo rural no nace de las palabras, sino de la combinación de conocimiento, capital, perseverancia y voluntad para asumir riesgos.

El amor que se convirtió en familia

En 1958, el mismo año en que adquirió Rancho Alegre, José Galo contrajo matrimonio en Villanueva con Betty Ariza Escalante, oriunda de Fonseca. Aquel vínculo dio comienzo a una historia familiar que se convertiría en uno de los capítulos más importantes de su existencia.

De esa unión nacieron seis hijos: Orietta Cecilia, José Galo, Ana María, Marta Luz, Fabián y Beatriz Elena. También fue padre de José Luis Daza Baleta. Cada uno de ellos representa una parte de su legado más íntimo, una prolongación de su historia y una razón para que su nombre siga pronunciándose con afecto y respeto.

El 20 de febrero de 1970 tomó una decisión que revelaba la dimensión familiar de sus prioridades: se trasladó con Betty y sus hijos a Barranquilla, buscando mejores oportunidades educativas para ellos. El empresario que había aprendido a levantar proyectos productivos comprendía también que el patrimonio más importante de un padre no está constituido exclusivamente por fincas, cultivos o bienes materiales, sino por las posibilidades que puede ofrecerles a sus hijos para construir su propio destino.

En esa determinación se descubre al hombre detrás del empresario. Al padre que pensaba en el futuro, al esposo que compartía responsabilidades y al jefe de hogar que estaba dispuesto a cambiar su lugar de residencia cuando consideraba que ello contribuiría al bienestar de los suyos.

Betty fue protagonista de esa historia. Su condición de esposa, compañera y madre estuvo ligada a los años de construcción familiar, a las decisiones difíciles y a los momentos de alegría que acompañaron la vida de ambos. Detrás de una trayectoria como la de José Galo hubo también una historia de afectos compartidos, de responsabilidades asumidas y de esfuerzos que cobraban sentido dentro del hogar.

Por eso, al llegar a su centenario, el homenaje más significativo no consiste únicamente en enumerar los logros que alcanzó, sino en reconocer al padre, al esposo y al ser humano que hizo de su familia una razón fundamental para vivir y trabajar.

Un corazón vallenato, una vida entre amigos

Quienes conocieron a José Galo saben que su personalidad no puede encerrarse en las cifras de una actividad empresarial ni en los límites de una finca. Era un hombre de múltiples intereses, de conversación amena y de una alegría que encontraba en la música, la amistad y las tradiciones una de sus mejores expresiones.

Llevaba a Villanueva en el corazón y encontraba en el vallenato una manera de mantener vivo el vínculo con su tierra. Disfrutaba las parrandas, las reuniones familiares y los encuentros con amigos en los que la música se convertía en lenguaje común de generaciones enteras.

Tuvo amistad con reconocidos intérpretes y músicos como Poncho y Emilianito Zuleta, Jorge Oñate, Náfer Durán y Alberto Pacheco. Estos encuentros formaban parte de un mundo cultural que él apreciaba profundamente: el de las canciones que cuentan historias, los acordeones que despiertan recuerdos y las voces que convierten las vivencias de un pueblo en patrimonio colectivo.

En la parranda vallenata encontraba algo más que entretenimiento. Encontraba identidad, amistad y la posibilidad de compartir sin las formalidades del mundo de los negocios. Allí, alrededor de la música y la conversación, se reencontraba con sus raíces y con ese espíritu provinciano que nunca abandonó.

También fue aficionado al fútbol y al boxeo. Seguía con entusiasmo los combates y recordaba especialmente las hazañas de Kid Pambelé, figura que despertó admiración en toda Colombia. La lectura nocturna, los crucigramas y el cuidado por el buen uso del idioma completaban un conjunto de aficiones que revelaban su curiosidad y su deseo de mantener la mente activa.

Disfrutaba igualmente de la caza y tenía especial interés por las armas. En el ámbito doméstico encontraba placer en la cocina y en los momentos compartidos con sus seres queridos. Los niños ocupaban un lugar especial en sus afectos, y pequeños recuerdos, como las visitas a la finca y las galletas que compartía con ellos, permanecen en la memoria familiar con una ternura que ni el tiempo ni la distancia pueden extinguir.

¡Qué hermosa manera de permanecer en el corazón de los demás! Porque, al final, los recuerdos que más perduran no siempre son los grandes acontecimientos, sino aquellos detalles cotidianos que terminan convirtiéndose en tesoros de la memoria: una conversación, una sonrisa, una invitación a la mesa, una tarde en la finca o una canción escuchada en buena compañía.

José Galo sabía recibir. La hospitalidad era parte de su carácter y su generosidad se expresaba en la disposición para compartir con amigos y familiares. En su entorno, la comida, la música y la conversación eran motivos para celebrar la vida.

El gesto que convirtió unas tierras en memoria colectiva

Entre los episodios más significativos de su existencia sobresale uno que revela una dimensión particularmente humana de su personalidad.

Hacia finales de la década de 1960, José Galo había adquirido un terreno de aproximadamente veinte hectáreas junto al río Villanueva. Según el relato familiar, cuando conoció la situación de varias personas que ocupaban terrenos en el sector donde se encontraba el barrio 11 de Junio, decidió ofrecerles aquellas tierras para que familias necesitadas pudieran establecerse allí. Como parte de ese gesto, pidió que el barrio llevara su nombre.

La historia merece ser evocada en este centenario porque permite comprender que su legado trascendió los límites de la actividad empresarial. El hombre que había trabajado durante años para adquirir y desarrollar propiedades también fue capaz de reconocer que la tierra podía representar una oportunidad de dignidad y arraigo para otras personas.

Aquel gesto, tal como lo conserva la memoria familiar, habla de una generosidad que no se mide solamente por el valor material de lo entregado, sino por la transformación que puede producir en la vida de una comunidad.

Un terreno puede convertirse en un bien económico, pero también puede ser el comienzo de un hogar, el lugar donde una familia encuentra estabilidad y el espacio en el que los niños crecen soñando con un futuro mejor. En esa diferencia reside el profundo significado humano de aquella decisión.

Que un barrio lleve el nombre de José Galo Daza constituye una forma singular de permanencia. Mientras las generaciones cambian y las ciudades se transforman, el nombre continúa pronunciándose en las calles, en las conversaciones de sus habitantes y en la memoria de quienes conocen la historia de su origen.

Es una huella que sale del ámbito privado para entrar en la vida pública de Villanueva. Ya no se trata solamente de un recuerdo de sus hijos y nietos, sino de una referencia que forma parte de la identidad comunitaria.

Hay hombres que dejan monumentos de piedra; otros dejan obras que se convierten en parte de la vida cotidiana. José Galo dejó también un nombre asociado a un lugar donde muchas personas han construido sus propias historias. Y esa es una forma de trascendencia que merece reconocimiento.

La grandeza de un hombre se mide por sus principios

En una época en la que con frecuencia se confunde el éxito con la acumulación de bienes, la vida de José Galo ofrece una lección distinta. Su trayectoria estuvo acompañada por el crecimiento empresarial, la diversificación productiva y la capacidad de asumir desafíos, pero su recuerdo familiar se sostiene también en valores que no pueden comprarse ni heredarse como una propiedad.

La honestidad, la rectitud, la lealtad, la generosidad y el compromiso con la palabra empeñada fueron principios que quienes lo conocieron asociaron a su manera de vivir. Era un hombre que valoraba la confianza, que recordaba a quienes lo ayudaron y que procuraba responder con hechos a las responsabilidades adquiridas.

Fue generoso con sus padres y hermanos, leal con sus amigos y dedicado a su familia. Supo reconocer el mérito de las personas que contribuyeron a su formación y conservó gratitud hacia quienes le ofrecieron oportunidades cuando todavía estaba construyendo su camino.

Esa capacidad para reconocer a los demás es una de las virtudes más importantes de un ser humano. Quien olvida sus comienzos puede perder la perspectiva de su propia historia; quien recuerda las manos que lo ayudaron conserva la humildad necesaria para comprender que todo logro tiene detrás una red de esfuerzos, enseñanzas y afectos.

Su vida no estuvo exenta de dificultades. Ninguna trayectoria empresarial de varias décadas se construye sin incertidumbres, sacrificios y decisiones complejas. Sin embargo, su respuesta fue perseverar, aprender y continuar trabajando. No se rindió ante los cambios de las circunstancias ni se limitó a lamentar el fin de una etapa productiva: buscó nuevos caminos y adaptó sus conocimientos a otras actividades.

Esa actitud constituye una herencia especialmente valiosa para sus descendientes. Les enseña que el verdadero patrimonio familiar no es únicamente aquello que se recibe, sino también la capacidad de trabajar con dignidad, administrar con responsabilidad, reconocer los errores, aprender de la experiencia y mantener la palabra.

Cien años después, su historia continúa sembrando futuro

José Galo Daza Lafaurie falleció en Barranquilla el 9 de diciembre de 2013, dejando un vacío entre sus familiares, amigos y todas las personas que tuvieron la fortuna de compartir con él alguna etapa de su vida.

Pero la muerte no siempre significa el final de una presencia. Hay seres humanos que continúan acompañándonos a través de sus enseñanzas, de las historias que se repiten alrededor de una mesa y de los valores que reaparecen en las decisiones de quienes aprendieron de ellos.

En este centenario, su memoria vuelve a recorrer los caminos de Villanueva, los campos del Cesar, los surcos de Rancho Alegre y los espacios familiares donde todavía resuenan las anécdotas de su vida. Vuelve en el recuerdo de sus jornadas agrícolas, en la evocación de sus amigos, en las canciones vallenatas que tanto disfrutaba y en el cariño de sus hijos, nietos y demás familiares.

Vuelve también en la historia de un joven villanuevero que se preparó, recorrió distintos lugares, aprendió de sus mayores y terminó construyendo una trayectoria empresarial propia. Un hombre que entendió el valor de la tierra, se interesó por la innovación, diversificó sus actividades y supo que el trabajo debía estar acompañado de responsabilidad y visión.

Su vida es parte de la historia de una generación que contribuyó al desarrollo de La Guajira y el Cesar desde la iniciativa privada, la agricultura y la ganadería. Una generación que conoció un campo de enormes posibilidades, pero también de grandes dificultades, y que debió recurrir a la disciplina y a la perseverancia para convertir sus aspiraciones en realidades.

Por eso, el centenario de José Galo no es solamente una fecha para mirar hacia atrás. Es también una oportunidad para transmitir a los más jóvenes la historia de sus raíces, explicarles de dónde vienen y recordarles que el nombre de una familia adquiere verdadero significado cuando se acompaña de principios, respeto y solidaridad.

Las nuevas generaciones merecen conocer al hombre que estuvo detrás de las historias que escucharon de sus padres y abuelos; saber cómo comenzó, quiénes lo ayudaron, qué dificultades enfrentó, cómo construyó sus proyectos y por qué sus seres queridos lo recuerdan con tanto afecto. En esas narraciones se encuentra una parte esencial de la educación familiar: comprender que cada generación recibe una historia que tiene la responsabilidad de honrar y enriquecer.

Un centenario para el orgullo familiar

Hoy, al cumplirse cien años de su nacimiento, el mejor homenaje a José Galo Daza Lafaurie es reconocerlo en toda su dimensión: el hijo de Villanueva que llevó sus raíces con orgullo; el estudiante que buscó prepararse para la vida; el trabajador que aprendió en el campo; el empresario que hizo de Rancho Alegre uno de sus grandes proyectos; el innovador que incorporó nuevas técnicas agrícolas; el esposo que compartió su camino con Betty Ariza Escalante; el padre que procuró mejores oportunidades para sus hijos; el amigo que disfrutó de la música vallenata y de la buena conversación, y el hombre que, según la memoria familiar, tuvo la generosidad de contribuir a que otras familias encontraran un lugar donde establecerse.

Cada una de esas facetas completa el retrato de un ser humano que no puede resumirse en una sola palabra. Fue trabajador, visionario, familiar, alegre, agradecido y generoso. Supo construir patrimonio, pero también supo construir relaciones; alcanzó logros materiales, pero dejó recuerdos que no dependen de ninguna riqueza; trabajó por su propio futuro, pero su historia terminó vinculada a la vida de muchas otras personas.

Su centenario es una celebración de la memoria y de la gratitud. Es el momento para que su familia vuelva a reunirse alrededor de las historias que él dejó, para que sus descendientes pronuncien su nombre con orgullo y para que Villanueva recuerde a uno de sus hijos que llevó consigo el espíritu de su tierra y contribuyó, desde su trabajo y sus decisiones, a la historia de la región.

A sus hijos, nietos y demás familiares les queda una herencia que supera cualquier inventario de bienes: el ejemplo de un hombre que creyó en el trabajo, que valoró la educación, que supo agradecer, que defendió la honestidad y que entendió que la familia constituye una de las razones más profundas para luchar y salir adelante.

Y a Villanueva le queda el recuerdo de aquel hijo que comenzó su historia en sus calles, estudió en sus aulas y conservó el vínculo con su tierra a pesar de que la vida lo llevara a otros horizontes.

Porque los cien años de José Galo Daza Lafaurie no se cuentan únicamente desde el calendario. Se cuentan en las vidas que tocó, en los campos que ayudó a desarrollar, en las amistades que cultivó, en la familia que formó y en el nombre que permanece ligado a una comunidad.

¡Feliz centenario en la memoria, don José Galo!

Aunque físicamente partiste el 9 de diciembre de 2013, tu historia sigue viva en el corazón de los tuyos. Hoy, cuando se cumple un siglo de aquel 20 de octubre de 1926 en que naciste en Villanueva, tu familia puede mirar hacia atrás con la satisfacción de haber compartido la vida con un hombre digno de admiración y con la responsabilidad de mantener encendida la llama de sus enseñanzas.

Que tus hijos y nietos encuentren siempre en tu ejemplo una razón para trabajar con honradez, vivir con rectitud, agradecer a quienes los ayudan y extender la mano a quienes necesitan una oportunidad. Que las futuras generaciones sepan que detrás del nombre José Galo Daza Lafaurie existió un hombre de carne y hueso, con sueños, afectos, pasiones y luchas, que supo dejar una huella más duradera que el tiempo.

Porque un siglo puede pasar, las generaciones pueden renovarse y los paisajes pueden transformarse, pero los valores de un hombre bueno continúan floreciendo cuando su familia los mantiene vivos.

José Galo Daza Lafaurie: cien años de una historia, una vida de trabajo y un legado que seguirá siendo motivo de admiración y orgullo familiar.

Hay hombres que siembran para recoger sus propias cosechas; otros siembran para que las generaciones futuras encuentren sombra, alimento y esperanza. José Galo sembró en la tierra, pero también sembró en la memoria, en el afecto y en el corazón de los suyos. Y esas son las cosechas que ni el tiempo ni la muerte podrán marchitar.

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