
Recibí con expectativa la visita del presidente Abelardo De La Espriella a La Guajira. Había razones para hacerlo. El propio Gobierno escogió este departamento para iniciar su estrategia denominada El Milagro de las Regiones, concebida para llevar la gestión nacional directamente a los territorios.
Terminada la jornada, escuchados los anuncios y dejando reposar el entusiasmo natural que produce una visita presidencial, confieso que me quedó una pregunta sencilla: ¿cuál fue la gran decisión que cambió el rumbo de La Guajira?
No digo que el Presidente no haya anunciado nada. Sería injusto. Hubo compromisos relacionados con agua potable, drenaje pluvial, vivienda, energía, salud, alimentación escolar, seguridad, vías y desarrollo agropecuario.
Mi preocupación es otra: la dimensión y el grado de concreción de los anuncios parecen todavía pequeños frente al tamaño de nuestros problemas.
La Guajira no llegó a esta visita presidencial necesitando únicamente algunos recursos adicionales. Llegó cargando décadas de atraso en agua potable, saneamiento básico, energía, salud, infraestructura vial, desarrollo productivo, pobreza y corrupción. Un territorio que durante décadas ha aportado gas, carbón y ahora enormes posibilidades para la transición energética tiene derecho a preguntarse cuándo esa riqueza comenzará a reflejarse suficientemente en las condiciones materiales de su población. Por eso esperaba decisiones de mayor profundidad.
Antes de la visita, el exministro Amylkar Acosta había puesto sobre la mesa propuestas concretas: aprovechar las aguas subterráneas para atender comunidades Wayuu; destrabar los proyectos eólicos; culminar la segunda fase del proyecto multipropósito del río Ranchería; ejecutar la Vía de Integración Francisco El Hombre y aprovechar infraestructura aeroportuaria existente para impulsar el turismo.
Especialmente revelador resulta Ranchería. No estamos hablando de una idea recién salida de un escritorio. La primera fase fue inaugurada en 2010 y la segunda contempla irrigación, abastecimiento de agua y generación de energía. Incluso existen decisiones judiciales reclamando avances en su culminación. Frente a semejante antecedente, escuchar ahora que se estructurará un vehículo financiero me produce más prudencia que celebración. La Guajira lleva demasiado tiempo estructurando el futuro mientras espera que llegue el presente.
Algo parecido ocurre con otros anuncios. Reactivar proyectos paralizados es necesario. Destinar recursos para el agua es indispensable. Estudiar alternativas viales también sirve. Pero una cosa es anunciar, otra comprometer y otra muy distinta financiar, contratar, ejecutar y entregar una solución funcionando.
Y aquí aparece un asunto que para mí resulta fundamental. No basta con preguntar cuánto dinero vendrá; también debemos preguntar quién lo administrará, quién contratará las obras, quién ejercerá la interventoría y cómo podrá la ciudadanía seguir cada peso.

La historia administrativa de La Guajira obliga a tomarse muy en serio esa discusión. Los recursos públicos no producen bienestar por el simple hecho de aparecer en un presupuesto. Entre la apropiación presupuestal y el agua saliendo de un grifo, el hospital atendiendo pacientes o la carretera recibiendo vehículos, existe una palabra decisiva: ejecución.
Por eso considero acertado que el Presidente haya hablado de vigilancia rigurosa sobre los recursos y de cerrar espacios a la corrupción, como si conociera a los ladrones.
Ahora necesitamos conocer cómo se materializará esa promesa. En los grandes proyectos estratégicos debería estudiarse, dentro de lo que permitan la Constitución y la ley, la participación directa de entidades nacionales en su estructuración y ejecución, acompañada de interventorías independientes, información contractual abierta y seguimiento ciudadano permanente.
No se trata de estigmatizar a La Guajira ni de presumir que todo funcionario administra mal. Sería irresponsable. Se trata precisamente de aprender de una historia que ha demostrado que conseguir recursos es apenas la mitad del problema; convertirlos eficientemente en bienestar es la otra mitad.
Yo ya había escrito, antes de esta visita, que nuestra ciudadanía tiene razones para exigir que las promesas estén acompañadas de cronogramas verificables, presupuestos asegurados, responsables identificados y mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Mantengo exactamente el mismo criterio.
No quiero medir esta visita por el número de aplausos, fotografías, reuniones o comunicados. Tampoco quiero juzgarla prematuramente como un fracaso. Quiero medirla dentro de algunos meses preguntando: ¿qué comenzó?, ¿cuánto quedó realmente financiado?, ¿qué se contrató?, ¿quién lo ejecuta?, ¿cuándo termina y qué recibió efectivamente la gente?
La Guajira necesita inversión, ciertamente. Pero necesita todavía más que cada peso termine convertido en agua, carreteras, hospitales, energía, distritos de riego, escuelas y oportunidades, y no simplemente registrado como ejecución presupuestal. Por eso recibo los anuncios sin pesimismo, pero tampoco saco todavía los instrumentos para celebrar.
El Gobierno bautizó su estrategia como El Milagro de las Regiones. Yo prefiero esperar las obras antes de certificar el milagro. Porque después de tantos años de primeras piedras, discursos, planes, estudios y promesas, el verdadero milagro en La Guajira sería comenzar, por fin, a ver las últimas piedras.
Y como dijo el filósofo de La Junta: “Se las dejo ahí…” @LColmenaresR






