Edicion agosto 5, 2026

De la pila bautismal al apodo

De la pila bautismal al apodo

Comparte

Columnista - Betsy Barros Núñez
Columnista – Betsy Barros Núñez
Publicidad

 Llegamos a San Juan del Cesar buscando el velorio de Rafael Daza, un compañero de trabajo. El puerta a puerta nos dejó frente a la dirección indicada. Allí comenzó el desconcierto. No era el lugar del duelo. Preguntamos en una tienda y otra. Nada. Nadie nos daba razón. Estábamos a punto de regresar cuando un hombre que nos observaba desde la sombra de un árbol preguntó:

Publicidad

—¿A quién buscan?

—El velorio de Rafael Daza.

Frunció el ceño.

—No conozco de ningún Rafael Daza…

Publicidad

Hizo una pausa.

Luego resolló

Publicidad

—Pero si buscan a Cabecita de Rey, el velorio es en la esquina.

El pueblo había sepultado su nombre tiempo atrás. Pensé.

Aunque lo ocurrido ese día no fuera una rareza, me hizo pensar en lo relevante del asunto. Cuando en todas las lenguas parece existir la necesidad de apodar, de renombrar o rebautizar a las personas. Los apodos en tal sentido, constituyen un punto de intersección, un lugar común. Son modos de la cultura que llegan a hacer parte de la memoria inmaterial de los pueblos.

La historia misma del hombre se cuenta con los apodos, motes, apelativos, alias, apocorísticos. Tenemos al Nazareno, El Cid Campeador, El Quijote de La Mancha, Juana la loca, Alejandro el magno, Pedro el grande.

El apodo puede ser un distintivo regional, llegándose al extremo que, en Galicia España, se realizan listines y guías telefónicas de uso interno donde se presentan los apodos como primera entrada.

 Nadie está exento del apodo, el alias, el sobrenombre, el apelativo, por ello no constituyen una novedad. Tal refiere la escritora Isabel Escudero, los apodos se acercan a la “metaescritura”. Y al decir de María Moliner, el apodo es un concepto de gente ordinaria, aplicado o impuesto por “gente de pueblo”. Mientras el mote, es un sobrenombre alusivo a una cualidad que es impuesta a una persona por quien la conoce. Siendo así no dejamos de ser pueblerinos, porque no hay pueblo que respire sin apodos.

Los apodos pueden contener en sí mismo una alta dosis de verdad, también tintes de burla, desprecio. Sin descontar el ingenio que entrañan, la sagacidad que concentran, el tino con el que llegan. Algunos pasan de la broma para convertirse en bautismos permanentes, en sellos de identidad; derivar en complejos.

No hay que desconocer la intimidad, la complicidad o el dejo que puede referenciar un apodo.

Muchos apodos terminan sepultando el nombre real del individuo, la verdadera identidad del fulano en cuestión. Toda esa experiencia de nombrar, en el esmero de los padres por escoger el nombre más bonito o más singular con el que llamaran a sus hijos o hijas, da al traste cuando la sociedad decide rebautizarlo. Cierto es.

Los padres ponen el nombre. El pueblo decide si se queda.

El espacio escolar es una pila de agua bendita cuando de apodar se trata. Los más inocentes comienzan con: “El Gordo”, “La Enana”, “Saporrita” o “Cabezón”

Los apodos y motes, se asocian a aspectos físicos: figura, apariencia, cualidad. Otros, refieren al carácter, comportamientos, formas de ser. Algunos, relacionan trabajo, relaciones sociales, sucesos.

Dependiendo la pose, la destreza o valentía en su oficio, el tamaño, o lo escurridizo del sujeto, el apodo es pie de figura. Porque un buen apodo nunca es gratuito. No es cosa difícil, tampoco un acto inocente. El apodo dice, señala, da forma. Revela tanto de quien lo recibe como del ingenio de quien lo impone.

La tauromaquia, el fútbol, la música y la literatura son especialmente proclives al apodo. Basta recordar a Pedro Navaja, el personaje de Rubén Blades. Su verdadero nombre deja de tener importancia. El apodo basta para construir al hombre, anunciar su oficio y anticipar su destino.

A Gabriel García Márquez, nuestro nobel, por su indumentaria folclórica, los taxistas de Barranquilla, le apodaron “Trapo Loco”. A este mismo en Zipaquirá, mientras cursaba sus estudios, lo bautizaron como El “Peluca”, por contravenir la usanza del pelo engominado, llevando afro. A Julio Cortazar, sus familiares le llamaban Cocó.

En La Guajira, somos maestros del apodo.

Algunos apodos se gestan desde la tirria, el parecido físico, el deseo de aplicársela al amigo, enemigo, desconocido. En el ánimo del desquite. Pareciera que al poner un apodo o endilgar un mote la saña está vivita. Hay quienes ponen un apodo con cariño; otros lo hacen con la secreta esperanza de que duela.

La mamadera de gallo en reuniones y parrandas es el sitio de origen de algunos apodos o remoquetes. El malpecho se hace evidente, en ocasiones: “Come mojón”. Una equivocación al hablar puede dar al lastre con el nombre de pila de cualquiera. Así mismo, el caminar… “Mil andares”

Un buen apodo siempre encuentra una grieta, exagera un gesto, descubre un parecido, convierte un defecto en caricatura o una virtud en leyenda.

Algunos renombres pudieran no tener sentido, mas la reproducción y la oralidad hacen lo suyo en la línea del tiempo. Porque, eso sí, la sociedad no perdona.

El humor y la picardía tan característicos del habitante de la costa caribe colombiana, lo hace singularmente creativo a la hora de apodar. Las anécdotas, chistes, conversaciones dan lugar a creaciones literarias: cuentos, poemas, canciones.

Es reconocido el estudio que al respecto hiciera el recordado Luis Alejandro López, quien tampoco escapó al apodo, al ser conocido como Papayí. Estudio que luego musicalizó William Pontón. También el libro, Anecdotario guajiro nos ambienta épocas y vivencias donde están presente los apodos y remoquetes.

Apodos como Carabina, Carne asá, la Fufa y la Fafa, Pololo, Cara e’candao, Palillo, Cucalón, Caramelo, Huevito, Panela, Papa Rucha, Cagaleche, Concha Vieja, Congolocho, Chéchere y Mejoral, Chapa, Mantequilla y Domecq; Mataperra, Veneno, Tripita, Machorrito Flaco, Mañoco; Catarrito, Chicharrita, Alcanforina, Cabulla, Mamadeo, Varilla, Tabaquito y Cotorrón, por sí mismos entreveran una historia, pintan su escena, abren el telón.

Los lugares de trabajo son caldo de cultivo para poner cebo y sacar de casillas al más serio. El humor y la picardía entre compañeros de oficina, en el extinto Fondo Nacional de Caminos Vecinales, dieron con el nacimiento de: Che Burra, Tribilín, Kirikikí, Chivo Loco y Piolín.

Lo cierto es que hay apodos que perduran toda la vida y del cual el sujeto no puede desprenderse. Otros duran lo que la vida escolar. En el colegio, a uno le llamaban Tapa Tierra y a otro, le decían, Sobaquito Vallenato.

En una clase de educación física intentaron bautizarme “La Boxeadora”. El apodo alcanzó a vivir apenas unos segundos. Su autor descubrió, justo antes de conocer mi gancho derecho, que algunos sobrenombres nacen… y otros mueren por instinto de conservación.

Publicidad
guajiranews_bienestarfamiliar_jul2026_2

úLTIMAS NOTICIAS

Noticias Más Leídas

Publicidad