Edicion octubre 9, 2026
Barítono tenor villanuevero

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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
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Hoy, cuando Daniel Celedón Orsini cumplió 76 años en marzo pasado, quiero abrir las ventanas de la memoria para que entre por ellas el viento tibio de aquellos años maravillosos en que Villanueva parecía tener una guitarra en cada esquina, un acordeón en cada casa y una canción escondida detrás de cada puerta. Hoy mi homenaje es para un hombre que ha sabido convertir su voz en patrimonio, sus versos en memoria y su vida artística en una larga serenata al folclor vallenato. ¡Felicitaciones, Dani! Setenta y seis años bien vividos, bien cantados y bien sembrados en el corazón de su pueblo.

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Daniel Celedón Orsini no es solamente un cantante y compositor. Es una de esas criaturas privilegiadas que aparecen de vez en cuando en los pueblos para dejar una huella que el tiempo, por más que lo intente, no consigue borrar. Su voz pertenece a una época, pero su canto pertenece a todas las épocas. Es como esos árboles centenarios que siguen dando sombra cuando ya varias generaciones han pasado bajo sus ramas.

En la mayoría de mis escritos tomo como marco de referencia al Colegio Nacional Roque de Alba de Villanueva. Y la razón es muy sencilla: en las décadas de los sesenta y setenta aquel colegio no era simplemente un establecimiento educativo; era una verdadera fábrica de sueños, una universidad anticipada, un templo donde la juventud aprendía que la inteligencia también podía ser una forma de grandeza.

Por sus aulas y pasillos desfilaron jóvenes que con el devenir de los años se convertirían en hombres importantes en el ámbito local, regional y nacional. El Roque de Alba era un semillero donde germinaban simultáneamente la inteligencia, la cultura, la creatividad, el arte, la hidalguía y la fraternidad. Allí los sueños parecían tener alas y los muchachos caminaban por los corredores con la certeza de que el mundo podía ser conquistado con talento, disciplina y voluntad.

A finales de los años sesenta tuve la inmensa fortuna de ingresar a ese estandarte de la educación del sur de La Guajira. ¡Qué alegría y qué felicidad poder estudiar finalmente en el gran Colegio Nacional Roque de Alba! Para mí era como entrar a una catedral del conocimiento. Venía con un grupo de compañeros del inolvidable Colegio Santo Tomás, bajo la orientación del maestro Rafael Antonio Amaya. Éramos un grupo competente, una pequeña brigada de la intelectualidad: Heriberto Fuentes, Benjamín Henríquez, Gustavo Daza, Nacho Cantillo y otros compañeros que compartían aquella aventura maravillosa.

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Y entonces llegaban los viernes culturales.

Aquello era una fiesta del alma. La juventud estudiantil de Villanueva se volcaba hacia el Roque de Alba como si una campana invisible anunciara que algo extraordinario estaba por suceder. Allí aparecía, entre el bullicio y los aplausos, un muchacho que tenía embrujado al pueblo con su voz: Daniel Celedón Orsini.El socio compositor de Sayco mostraba ya señales de lo que iba a ser en el futuro,para gloria del folclor.

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Daniel era entonces un barítono-tenor que navegaba con absoluta naturalidad entre las aguas de la balada y las corrientes nacientes del vallenato. Cantaba a Palito Ortega, Sandro, Leonardo Favio y a otros grandes intérpretes de aquella época. Su voz tenía una textura particular, una mezcla de fuerza y dulzura que parecía venir de muy lejos, como si sus cuerdas vocales hubieran sido afinadas por la propia naturaleza.

Todos en Villanueva pensábamos que Daniel llegaría muy pronto a convertirse en un artista nacional. Tenía algo diferente. Había en su manera de cantar una especie de relámpago que anunciaba tormenta. Las notas musicales parecían obedecerle. Un Do mayor, un Re, un Si bemol sostenido podían convertirse en pájaros que salían volando de su garganta para posarse en el corazón de quienes lo escuchábamos.

¡Era la locura!

Daniel alternaba entonces la balada con el vallenato. Y cómo olvidar aquel primer conjunto llamado Los Rockelinos, una verdadera mezcla de juventud, música y atrevimiento. Era rock, baladas y vallenatos en una sola propuesta. Daniel cantaba baladas y vallenatos; Publio Daza interpretaba el rock; Beto Murgas hacía hablar el acordeón; Oscar Amaya llevaba el bajo eléctrico y Luis Moya Daza tocaba magistralmente la guitarra.

Los Rockelinos comenzaban con rock y terminaban con vallenatos. Era como atravesar un puente musical entre dos mundos. Todo aquello sucedía en 1968, cuando el Roque de Alba vivía una de sus épocas más luminosas y Villanueva parecía respirar música por todos sus poros.

Pero la historia del cantante y del compositor había comenzado mucho antes.

Cuando Daniel estudiaba primaria en el colegio público de Villanueva ya comenzaban a aparecer las primeras señales de aquel talento que después se convertiría en leyenda. Allí empezaron a despertar simultáneamente el cantante y el compositor. Era como si dos ríos diferentes nacieran en la misma montaña y estuvieran destinados a encontrarse algún día en el mismo mar.

La vena musical de Daniel viene, en buena parte, de su abuelo paterno, el viejo Miguel Celedón Punto, gran poeta y cantor de décimas. En las páginas todavía vírgenes de la historia de Villanueva duerme un verdadero tesoro de poesías inéditas de aquel hombre, versos que algún día deberían salir del silencio y entregarse a las nuevas generaciones.

Por la rama materna también venía la música. Un bisabuelo de los Orsini, de ascendencia italiana y de aquella Europa de los tiempos de Napoleón III, fue tenor de ópera. De manera que en las venas de Daniel parecían haberse encontrado dos vertientes: por un lado, la poesía popular, la décima y la tradición oral; por el otro, el refinamiento vocal de la lírica europea.

Era una combinación perfecta.

El compositor heredó la pluma del viejo Celedón; el cantante recibió del linaje Orsini la magia de la voz. La sangre hizo su trabajo silencioso y el destino terminó de escribir el resto de la partitura.

En las tertulias y parrandas que compartía con Beto Murgas y con los hermanos Romero Ospino, Daniel comenzó a comprender que el vallenato estaba dejando de ser una música provinciana para convertirse en una bandera musical de Colombia. Aquello que había nacido entre patios, caminos, acordeones y noches de luna comenzaba a levantar vuelo hacia otros horizontes.

Daniel entendió la señal.

Y decidió convertirse en cantor vallenato.

Su primer acordeonero fue Rafael Romero Ospino. Pero su primera grabación llegó en 1975 junto a Israel Romero Ospino, el inolvidable Pollo Isra, con aquel trabajo discográfico que permanece como una fotografía sonora de una época: “Los Versos del Alma”, donde también quedó registrada una composición suya, “Al Viejo Mile”.

Ese mismo año llegó “Amanecemos Parrandeando”.

La casa de los Celedón y de la “Nuñe”, madre del Pollo Isra, se convirtió en un hormiguero de alegría. Gente que entraba y salía, abrazos, felicitaciones, comentarios, música y aquella sensación maravillosa de que dos jóvenes villanueveros comenzaban a abrirse camino en el universo del vallenato.

Daniel encontraba su destino y Israel encontraba el suyo.

Uno ponía la voz; el otro hacía llorar, reír y bailar al acordeón.

La luna de miel musical con Israel se extendió hasta 1976. En 1977 Daniel se une a Norberto Romero Ospino, hermano del Pollo Isra, y con él graba tres elepés hasta 1980. Llegaron entonces éxitos que quedaron prendidos en la memoria colectiva: “Linda Sabanera”, “Gira Mundo”, “El Chaparrón” y “La Gota Fría”.

En 1980 aparece una nueva página dorada: Ismael Rudas

Aquella unión fue sencillamente extraordinaria. Daniel e Ismael parecían dos piezas que la vida había separado durante años para luego juntarlas en el momento exacto. Permanecieron unidos hasta 1986 y grabaron seis largas duraciones que dejaron canciones memorables, entre ellas “Mercedes” y “A Fuego Lento”, hermosa composición de Daniel.

Era el momento de su madurez artística. El muchacho de los viernes culturales del Roque de Alba ya se había convertido en un artista reconocido. El sueño comenzaba a tener nombre propio.

En 1985, además, Daniel grabó con Gabriel “Chiche” Maestre el trabajo “Apoyándonos mutuamente”, donde sobresalieron “La visita de Julio de la Osa” y su composición “La próxima guerra”, interpretada a dos voces con el desaparecido juglar Abel Antonio Villa.

Daniel ya era Daniel.

Ya no era simplemente aquel muchacho que cantaba baladas en los patios del Roque. Ahora su nombre viajaba por carreteras, emisoras, casetes, escenarios y corazones. Ya saboreaba las mieles del triunfo. Ya era noticia. Y fue entonces cuando comenzó a quedar definitivamente bautizado por el cariño popular como el Barítono Tenor Villanuevero.

Entre 1988 y 1989 vuelve a grabar con Norberto Romero y llegan nuevos éxitos como “Rumores de viejas voces” y “Alas rotas”, otra de sus composiciones.

Luego vendría en 1991 un trabajo discográfico que tiene la categoría de álbum familiar del vallenato: “Daniel Celedón y sus amigos”. Allí reunió a Israel Romero, Alfredo Gutiérrez, Estercita Forero, “La Novia de Barranquilla”, Jesualdo Bolaño, Ismael Rudas y Beto Villa.

Fue como reunir en una sola mesa a varias generaciones del folclor.

En 1992, junto a Fello Gámez, grabó “El Último Cóndor”, canción dedicada a su padre, el viejo Luis Celedón, recordado en Villanueva como el último comunista del pueblo. Era una canción cargada de nostalgia, memoria y sentimientos. En aquel mismo trabajo sobresalió “Mariposa herida”.

En 1993, nuevamente con Fello Gámez, llegó “La Cuñadita”, donde también se destacó “Techos de cartón” Y en 1996, junto a Edgardo Bolaños, nieto del legendario Chico Bolaños, grabó *“Los Intocables”, otro trabajo que alcanzó reconocimiento nacional.

Así se fue construyendo la trayectoria de Daniel Celedón: canción tras canción, acordeón tras acordeón, escenario tras escenario. Como quien va colocando piedras en un camino que termina convirtiéndose en una carretera hacia la inmortalidad.

Pero Daniel no es solamente el cantante de una voz privilegiada.

Es también el cantor de la esperanza.

¿Por qué?

Porque detrás de muchas de sus canciones existe una mirada profundamente humana. Daniel no canta únicamente para entretener. Canta para recordar, para denunciar, para conmover, para darle voz a quienes muchas veces no la tienen.

Sus composiciones pueden transitar por tres grandes caminos: el romántico, el parrandero y el social.

En el romántico aparecen canciones como “A Fuego Lento” y “Un Día Fui Triste”. En el parrandero encontramos “José Kaskita” y “Esta Es la Noche”. Pero es en la canción social donde su pluma adquiere una dimensión especial: “La Lavandera”, “Mujer Marchita”, “Pobre Arhuaco”, entre otras.

Allí está el Daniel más profundo.

Cuando le canta a una lavandera de pueblo, no solamente está contando una historia: está lavando, con sus versos, las heridas de la pobreza. Cuando le canta a una mujer marchita, está mirando de frente las cicatrices de una sociedad que muchas veces abandona a quienes más necesitan una mano amiga. Y cuando canta al indígena arhuaco desplazado de sus territorios, su voz se convierte en una bandera de dignidad.

Por eso Daniel es el cantor de la esperanza.

Porque sus canciones nos recuerdan que el prójimo no es un extraño, sino un hermano que camina por el mismo sendero. Nos dicen que el mundo sería diferente si aprendiéramos a compartir, a mirar al otro con compasión y a entender que la verdadera grandeza del ser humano no está en lo que acumula, sino en lo que es capaz de entregar.

Daniel canta como quien abre una ventana en medio de la noche.

Y por esa ventana entra la esperanza.

Hoy, a sus 76 años, aquel muchacho que hacía estremecer los viernes culturales del Roque de Alba sigue cantando. El tiempo ha pasado, pero no ha podido llevarse su voz. Ha cambiado el paisaje, han cambiado las generaciones, han cambiado las tecnologías y las formas de escuchar música, pero Daniel permanece.

Porque hay artistas que pasan por la música y artistas que se quedan en la historia.

Daniel pertenece a los segundos.

Su vida profesional también ha sabido combinar el ejercicio de la abogacía con el arte. En él conviven el hombre de leyes y el hombre de versos; el profesional que conoce el lenguaje jurídico y el compositor que conoce el lenguaje del alma. Dos mundos aparentemente distintos que en Daniel terminan encontrándose en una misma palabra: humanidad.

Villanueva tiene muchas razones para sentirse orgullosa de Daniel Celedón Orsini. Su voz salió de nuestras calles, creció entre nuestros colegios, nuestras parrandas y nuestras tertulias, y terminó llevando el nombre de nuestro pueblo mucho más allá de sus fronteras.

Cada vez que Daniel canta, Villanueva canta con él.

Cada vez que pronuncia un verso, detrás de su voz parecen aparecer las viejas calles del pueblo, los patios de las casas, las noches de luna, las reuniones de amigos, los acordeones de antaño y aquellos viernes culturales del Roque de Alba donde un joven soñador comenzaba a descubrir que había nacido para cantar.

Setenta y seis años después, aquel sueño sigue vivo.

Y qué hermoso es poder decirlo cuando todavía podemos abrazar al protagonista de esta historia, mirarlo a los ojos y decirle: gracias, Dani.

Gracias por las canciones.

Gracias por los versos.

Gracias por llevar a Villanueva en la garganta.

Gracias por convertir tus recuerdos en melodías y tus sentimientos en poesía.

Gracias por enseñarnos que el vallenato también puede ser una forma de solidaridad, una manera de contar la vida y un instrumento para defender la dignidad humana.

En su cumpleaños número 76, levanto simbólicamente mi copa y la acompaño con un acordeón imaginario. Brindo por el hombre, por el artista, por el abogado, por el compositor y por aquel muchacho de los años sesenta que hizo del Roque de Alba su primer gran escenario.

Que Dios siga guiando tus pasos.

Que su voz continúe atravesando los caminos como un río que nunca se seca.

Que sus canciones sigan volando de generación en generación como mariposas de memoria.

Y que esa luz que Daniel ha encendido durante tantos años jamás se apague.

Porque mientras exista un villanuevero que recuerde sus canciones, mientras haya un acordeón que las acompañe y mientras un corazón humano sea capaz de emocionarse con sus versos, Daniel Celedón Orsini seguirá cantando en la memoria de su pueblo.

¡Feliz cumpleaños, Dani! Los cumpliste en marzo pero todo el 2026 son tus cumpleaños.

Setenta y seis años de vida, de música, de poesía y de esperanza.

¡Larga vida al Barítono Tenor Villanuevero!

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