

En honor a la verdad, no tiene ni gracia amar a un hijo obediente y exitoso, ¡auff Pacho! Un hijo modelo lo quiere cualquiera y el amor que se le prolija es obvio.
El verdadero reto, y ahí donde se mide la incondicionalidad del amor de un padre, está cuando llegan los problemas, cuando la puerca tuerce el rabo y los hijos indómitos se meten en aprietos y, con la soga hasta el cuello, sus padres lo sostienen, así sea que en los aposentos de su casa les peguen una muenda y los reprendan como Dios manda.
La responsabilidad de un padre comienza desde que la criatura es un embrión, su guía y apoyo acompaña a los críos hasta el último suspiro, por ello no hay excusa válida para sustraerse a la responsabilidad y hacerse el pendejo, así no nos guste: nos toca o nos toca.
La verdad es que nunca le creía a mi mamá cuando decía que no podía dormir fin que no entraran todas sus hijas a casa, hasta que me llegó la hora de ser cantinela y, no solo le creo, también me avergüenzo por todas las que le hice, porque este cura sí que se acuerda cuando fue sacristán y bastante que parrandié, carnavalié y andundié.
De esta responsabilidad en la crianza y de la incondicionalidad del afecto nos lo recuerda, entre tantos, Rubén Blades en la canción Amor y Control: “Solo quien tiene hijos entiende
que el deber de un padre no acaba jamás” -dice Rubén y yo le creo y aplaudo.
No significa que no nos podamos equivocar, pues como este juguetico no trae manual de instrucciones, nadie se las puede saber todas.
Los hijos nos sacan de quicio, nos llevan al límite y hasta más, pero ni modo, nos figuró seguir e intentarlo una y otra vez, hasta que cojan escarmiento.
Ese “yo no lo crié” que anda rondando a la trocha y mocha por donde meto el ojo, me deja un sabor amargo y lo estimo una salida en falso de un padre desesperado, lo que también nos recuerda que “errar es de humano”.
Basta la procreación para asumir la responsabilidad y un “yo no lo crié” no es excusa suficiente para salirse del lío en que un indómito te mete.
La verdad que más allá de los asuntos gubernamentales, que no tengo intención de dirimir, me toca profundamente el distanciamiento de un padre y un hijo.
Los imagino a los dos, a Nico y a Gustavo, pues no me interesa hablar de Petro, en la soledad de la almohada y en la oscuridad de la noche, pensando el uno en el otro.
Seguro que la tristeza les embarga y los recuerdos de los días bonitos los llenan de melancolía, por ello deseo que el mejor de los consejeros, el tiempo, sane heridas y repare lo que hoy parece irreparable, pues un gobierno dura 4 años, mas el vínculo de sangre, toda una vida y siempre hay lugar al perdón, porque “familia es familia y cariño es cariño”.






