Edicion octubre 1, 2026

La Guajira ante el PGN 2027: del presupuesto a los resultados

La Guajira ante el PGN 2027: del presupuesto a los resultados

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Columnista - Ranzell Elias Saurith Lindo
Columnista – Ranzell Elias Saurith Lindo
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En la dinámica de la administración pública colombiana, no es extraño que La Guajira sea escenario de anuncios de grandes inversiones, compromisos financieros y visitas de altos funcionarios. Cada anuncio genera expectativas y, en muchos casos, alimenta la percepción de que el departamento está en el centro de las prioridades nacionales. Sin embargo, hay una pregunta que debería acompañar cada anuncio: ¿cómo se transforma ese compromiso en una solución concreta para una comunidad?

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El Presupuesto General de la Nación —PGN— es uno de los principales instrumentos para responder esa pregunta. El proyecto de PGN 2027, que asciende a cerca de $634,9 billones y continúa su trámite en el Congreso, plantea nuevamente el reto de traducir las grandes cifras nacionales en resultados verificables en los territorios.

Para La Guajira, el regionalizado inicial elaborado por el Departamento Nacional de Planeación —DNP— identifica aproximadamente $2,2 billones de inversión para 2027. Pero hay una precisión fundamental: el propio DNP advierte que esta regionalización es preliminar e indicativa y que la localización de algunas inversiones puede variar durante la ejecución.

Por eso, más que afirmar que La Guajira “recibirá” determinada cantidad de dinero, conviene preguntarse qué proyectos están detrás de esa cifra, dónde se ejecutarán, quién será responsable de hacerlo y qué problema concreto pretenden resolver.

Y ahí comienza la verdadera discusión.

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Los recursos existen. La pregunta es hacia dónde se dirigen

La distribución sectorial del regionalizado inicial ofrece una primera fotografía. Cerca del 47,4 % de la inversión identificada para La Guajira corresponde a Inclusión Social y Reconciliación; el 15,6 %, a Educación; el 13,7 %, a Minas y Energía; el 9,4 %, a Transporte; el 5,4 %, a Trabajo; el 4 %, a Vivienda, Ciudad y Territorio; el 1,7 %, a Agricultura y Desarrollo Rural, y el 0,9 %, a Salud y Protección Social.

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Estas cifras permiten una primera conclusión: no resulta técnicamente acertado reducir la discusión a afirmar que La Guajira fue simplemente “olvidada” en el presupuesto. Hay una presencia importante de recursos nacionales.

Pero precisamente por eso la pregunta se vuelve más exigente.

Si casi la mitad de la inversión regionalizada corresponde a inclusión social, ¿qué resultados concretos se esperan en pobreza, nutrición y protección de la población vulnerable? Si educación concentra una parte importante de los recursos, ¿qué infraestructura, cobertura y oportunidades adicionales llegarán efectivamente a los municipios y comunidades con mayores brechas? Y si Minas y Energía representa una proporción significativa de la inversión, ¿cuánto de esa actividad se traduce en infraestructura, empleo, servicios y oportunidades para los habitantes del departamento?

El presupuesto permite identificar sectores. El verdadero escrutinio ciudadano debe identificar resultados.

Agua: el problema no puede medirse solamente en pesos

Pocos asuntos representan mejor la distancia entre una apropiación presupuestal y una solución territorial que el agua.

La Guajira lleva años acumulando diagnósticos, programas, proyectos y recursos destinados al abastecimiento de agua potable y al saneamiento básico. La propia institucionalidad ha documentado históricamente deficiencias profundas en los sistemas de abastecimiento, mientras la Corte Constitucional y los organismos de control continúan haciendo seguimiento a las obligaciones estatales relacionadas con agua, salud y seguridad alimentaria, especialmente frente a la población wayúu.

Por eso, más que repetir cifras antiguas sobre pérdidas de agua en las redes —que pueden servir para entender el origen histórico del problema, pero no deben presentarse como mediciones actuales—, la discusión debería concentrarse en otra cuestión: ¿cuántas comunidades tendrán realmente agua disponible, de manera continua y segura, como resultado de los proyectos financiados?

Porque para una familia guajira, una cifra presupuestal no abre un grifo.

Una obra terminada, un sistema funcionando y un servicio continuo sí.

Nutrición: transferencias y programas frente a una realidad persistente

La desnutrición infantil constituye otra de las grandes pruebas para cualquier política pública en el departamento.

Los organismos de vigilancia epidemiológica y de control continúan reportando y haciendo seguimiento a esta problemática, mientras la Corte Constitucional mantiene un seguimiento especial sobre las condiciones de vida de la población wayúu.

Esto obliga a mirar con cuidado la enorme participación que tiene Inclusión Social dentro del regionalizado.

La pregunta no debería ser únicamente cuánto dinero se destina a transferencias, alimentación o programas sociales. También habría que preguntar cuánto de esa inversión contribuye a modificar las condiciones estructurales que hacen que una familia siga siendo vulnerable: acceso al agua, alimentación, ingresos, vías, atención en salud, educación y oportunidades productivas.

Un programa puede atender una necesidad inmediata. La política pública debe preguntarse también qué está haciendo para que esa necesidad no se reproduzca.

Educación: inversión que debe conectarse con oportunidades

En educación también existen señales concretas de inversión nacional.

En 2026, el Ministerio de Educación anunció más de $154.000 millones para dos proyectos de educación superior en La Guajira dentro del paquete de inversiones destinado al Caribe. Entre ellos se encuentra la nueva institución de educación superior en Uribia-Nazareth.

Son inversiones relevantes porque la discusión educativa de La Guajira no puede limitarse a cobertura escolar. También debe incorporar formación técnica y profesional, pertinencia de los programas, infraestructura, permanencia estudiantil y, especialmente, la relación entre educación y empleo.

La pregunta, entonces, no es simplemente cuántas aulas o edificios se construyen.

Es qué oportunidades económicas estarán disponibles para los jóvenes que estudien allí.

Si una nueva infraestructura educativa forma profesionales que posteriormente deben abandonar el departamento porque no encuentran oportunidades laborales, habrá que preguntarse qué tan conectadas están las políticas de educación, empleo y desarrollo productivo.

Vías: conectar comunidades también es una política social

La infraestructura vial constituye otro elemento fundamental.

El Gobierno nacional ha incorporado a La Guajira dentro de programas como Vías para la Paz, que incluyen proyectos orientados a mejorar la conectividad de territorios con población wayúu y facilitar el acceso a servicios como salud, alimentación y agua.

En el regionalizado inicial de 2027 aparece además la Troncal del Carbón, con $12.000 millones identificados para el departamento.

Pero aquí también conviene mirar más allá de la cifra.

Una vía no es solamente una obra de infraestructura. En La Guajira puede significar acceso a un centro de salud, transporte de alimentos, salida de productos agrícolas, conexión de comunidades rurales y reducción de los costos que enfrenta una familia para desplazarse.

Por eso, el debate vial debería incorporar una pregunta territorial: ¿las inversiones están conectando prioritariamente los lugares donde las brechas sociales y productivas son mayores?

Energía: entre la importancia nacional y el beneficio territorial

La Guajira ocupa además una posición estratégica en la transición energética del país.

El departamento aparece asociado a importantes proyectos de generación e infraestructura energética, mientras el Gobierno nacional ha planteado a la región como uno de los territorios centrales para el desarrollo de nuevas fuentes de energía.

El regionalizado inicial de 2027 refleja esa importancia: Minas y Energía representa aproximadamente el 13,7 % de la inversión identificada para La Guajira.

Pero este porcentaje plantea una discusión que trasciende al presupuesto.

La Guajira no debería ser observada únicamente como territorio productor de energía para el resto del país. También debe preguntarse qué infraestructura queda en el territorio, qué empleos se generan, qué capacidades locales se desarrollan y cuáles son los beneficios sociales y económicos que reciben las comunidades donde se desarrollan los proyectos.

No se trata de cuestionar la inversión energética. Se trata de medir su dimensión territorial.

Agricultura y empleo: dos sectores que merecen una mirada especial

Hay otro dato que llama la atención.

Mientras Inclusión Social representa cerca de la mitad del regionalizado inicial, Agricultura y Desarrollo Rural representa aproximadamente el 1,7 % y Trabajo, el 5,4 %.

Estas cifras merecen ser analizadas a la luz de una pregunta estructural: ¿cómo se pasa de atender las consecuencias de la pobreza a generar las condiciones para reducirla de manera sostenible?

La agricultura, la economía rural, la formación para el trabajo, el emprendimiento y la generación de empleo pueden ser parte de esa respuesta.

Para un departamento con enormes capacidades territoriales y productivas, la discusión presupuestal no debería concentrarse exclusivamente en cuánto se transfiere a una familia vulnerable, sino también en qué se está haciendo para que esa familia pueda construir ingresos sostenibles.

El presupuesto no es la única fuente de recursos

Hay otro punto que debe quedar claro para evitar confusiones.

El PGN no es equivalente al Sistema General de Participaciones —SGP—, ni al Sistema General de Regalías —SGR—, ni a los Pactos Territoriales. Son instrumentos diferentes, con fuentes, reglas, competencias y mecanismos de ejecución distintos.

Esta diferencia no es un asunto meramente técnico.

Por ejemplo, el DNP reporta actualmente para el Pacto Territorial Cesar–La Guajira un valor indicativo cercano a $3,5 billones y una ejecución financiera reportada del 95 % a junio de 2026.

Ese dinero no puede simplemente sumarse al regionalizado del PGN y presentarse como si fuera una única bolsa presupuestal.

Para entender cuánto está invirtiendo realmente el Estado en La Guajira es necesario seguir cada fuente por separado y después construir una visión consolidada.

Solo así la ciudadanía puede saber qué se está financiando, con qué recursos y bajo qué responsabilidad institucional.

El segundo problema: ejecutar

Pero incluso después de identificar los recursos, queda una pregunta todavía más importante: ¿qué tan rápido se convierten en resultados?

El informe del DNP al Congreso mostró que en 2024 La Guajira tuvo una apropiación de inversión cercana a $2,4 billones. Para esa vigencia, los compromisos alcanzaron el 63 % y las obligaciones, el 34,1 %.

Estas cifras no significan que solamente el 34,1 % de las obras estuviera terminado, porque una obligación presupuestal no equivale automáticamente a ejecución física. Pero sí muestran que existe una distancia que merece seguimiento entre el dinero apropiado y su avance dentro del ciclo presupuestal.

Y esa distancia es precisamente donde muchas políticas públicas pierden velocidad.

Entre la apropiación y el resultado existen proyectos que deben estructurarse, estudios que deben completarse, contratos que deben celebrarse, obras que deben ejecutarse y servicios que deben comenzar a funcionar.

La ciudadanía tiene derecho a conocer cada uno de esos pasos.

Del presupuesto al resultado

Por eso, el debate del PGN 2027 debería superar la tradicional discusión sobre si una cifra es grande o pequeña.

Para La Guajira, el asunto es mucho más concreto.

¿Dónde está el proyecto? ¿Quién lo ejecuta? ¿En qué municipio o comunidad? ¿Cuánto cuesta? ¿Cuándo comienza? ¿Cuándo termina? ¿Cuál es la meta? ¿Quién verifica que se cumpla? Y, sobre todo, ¿qué cambia en la vida de la población cuando el proyecto termina?

El DNP identifica para 2027 más de $2,2 billones de inversión regionalizada para La Guajira. Esa cifra merece ser reconocida, pero también vigilada. No porque una cifra alta sea necesariamente suficiente o insuficiente, sino porque el presupuesto público solo adquiere verdadero significado cuando logra convertirse en bienes, servicios e infraestructura que resuelven problemas reales.

La Guajira no necesita únicamente aparecer en las tablas del Presupuesto General de la Nación.

Necesita que cada peso pueda seguirse desde la apropiación hasta el proyecto; del proyecto al contrato; del contrato a la obra o al servicio; y de allí al resultado que pueda comprobar una comunidad.

Porque para una familia guajira, el presupuesto no se mide en billones.

Se mide en si finalmente llega el agua, en si el niño recibe atención, en si puede estudiar, en si una carretera permite llegar al hospital, en si un joven encuentra trabajo y en si una familia puede construir un ingreso que le permita vivir con mayor autonomía.

Ese debería ser el verdadero examen del PGN 2027 para La Guajira: no cuánto aparece escrito para el departamento, sino cuánto de lo escrito logra convertirse en una solución visible, verificable y sostenible.

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