Edicion septiembre 14, 2026
¡Adiós, primo félix!

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Columnista - Amylkar David Acosta Medina
Columnista – Amylkar David Acosta Medina
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Me cuesta despedirme de mi primo Félix Francisco Fonseca Solano. Cuando alguien ha estado tan cerca desde la infancia, uno llega a sentir que siempre estará allí, que habrá tiempo para otra visita, otra conversación y otra de esas bromas que solo los dos entendíamos. Por eso duele tanto su partida: con él se va también un compañero entrañable de mis primeros años.

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Félix y yo éramos vástagos de la misma cepa. La sangre nos hizo primos y la vida nos fue haciendo hermanos. Él, riohachero raizal, nació y creció en la casa de la calle segunda con la calle del Comercio, junto a sus padres: Gregoria Solano, nuestra querida Goya, barranquera y mi tío Félix Fonseca, riohachero. Yo venía de Monguí, que por entonces era apenas una Inspección de Policía y terminé recalando en el internado del Colegio de la Divina Pastora, nuestro recordado CODIPAS. Allí también estudiaba Félix, aunque como alumno externo. Él tenía su casa en Riohacha. Yo tenía que esperar la salida del internado para encontrarme con los míos.

Los sábados por la tarde y los domingos, mis caminos tenían tres destinos familiares: la casa de mi tío Juan José Fonseca, padrino de confirmación y hermano de mi tío Félix; el Balcón Azul, en la calle Tercera con carrera Quinta, donde vivían las tías Aura y Josefita y vivía mi papá, Evaristo y, por supuesto, la casa del primo Félix. Eran los lugares donde me sentía en familia.

Compartimos cuadernos, juegos, pilatunas y las primeras inquietudes de la juventud. Entre las jornadas del colegio y aquellos fines de semana fue creciendo una amistad que nos acompañó toda la vida. Hoy vuelvo a esos recuerdos y encuentro a Félix allí, tan cercano como entonces.

Crecimos y cada uno escogió su camino. Él se decidió por la odontología y yo por la economía. Las ocupaciones y las distancias cambiaron nuestras rutinas, pero nunca debilitaron el cariño. Mientras estudiaba en Medellín, primero el bachillerato y después mi carrera, su casa siguió siendo un vínculo con la familia. A esa dirección enviaba cartas y telegramas, que eran los dos únicos medios con los que contaba en aquél entonces para comunicarme con mis padres. En aquellos años, cuando la Capital de la Montaña nos parecía tan lejana, saber que mis palabras llegarían a esa casa era una forma de sentirme cerca.

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Con el tiempo, visitar a Félix en su consultorio se volvió una costumbre querida. A veces iba por una verdadera urgencia odontológica, que él atendía con su acostumbrada solicitud. Otras, lo confieso, iba a tomarle el pelo. Fingía un “corrimiento”, un supuesto dolor de muela, y esperaba a que se acercara a examinarme para dejar al descubierto la picardía. Entonces soltaba la carcajada y terminábamos riéndonos los dos. Así éramos: nos bastaba cualquier pretexto para renovar aquella complicidad de muchachos.

¡Adiós, primo félix!

Esa risa es uno de los recuerdos que más quiero guardar de él. La risa del primo que me conocía desde niño, con quien podía bromear sin explicaciones y retomar la confianza de siempre, por mucho tiempo que hubiera pasado.

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Sabíamos de su apego al cigarrillo y nos preocupaba que no lo dejara. Pero uno nunca está preparado para perder a los suyos. Siempre espera otra oportunidad para insistirles en que se cuiden, para visitarlos, para decirles cuánto los quiere. Yo tampoco imaginé que tendría que despedirme de Félix tan pronto.

Hoy me sostengo en la fe y le pido a Dios que lo reciba en su santo reino. Me consuela imaginar su reencuentro con Goya y con mi tío Félix, en ese abrazo al que ahora confiamos nuestro dolor. Aquí nos quedan su recuerdo, el afecto de tantos años y la gratitud por haber compartido con él una parte tan grande de la vida.

Todavía me cuesta asimilarlo. Cuando fui a la Clínica Cedes, en Riohacha, a visitarlo nada me hizo presagiar ni presentir que aquél reencuentro habría de ser el último. Me despedí de él con la esperanza de volver a verlo, confiado en que habría una próxima ocasión para conversar y compartir, como tantas veces lo habíamos hecho. Pero, el destino dispuso otra cosa: pocos días después recibimos la infausta y dolorosa noticia de su deceso. Hoy al volver sobre aquel momento, me sobrecoge pensar que, sin saberlo y sin pensarlo, fue nuestra despedida. No hubo un adiós definitivo, porque ninguno de los dos podía imaginar que lo fuera. Quizás por eso ese último encuentro tuvo algo de especial y significativo: fue la oportunidad que nos deparó la vida, estando la de él en vilo, de vernos una vez más, de estar cerca de él y de acompañarlo entes de su partida.

Nydia, Camilo Ernesto, Juan David y yo abrazamos con todo nuestro cariño a su esposa Silvia Luz, Lupe, a sus hijos Silvana, Ángela Sofía y Jael Andrea, así como a sus hermanos Adela, Nando, Idalys, Nelly y Rafa. Nos unimos a su tristeza y a sus oraciones. Que sientan en estas palabras nuestra cercanía y el amor de una familia que también llora a Félix.

Adiós, primo querido. Gracias por abrirme las puertas de tu casa, por cuidarme en tu consultorio y por tantas risas compartidas. Me hará falta ir a buscarte y encontrarte allí. Me quedo con el muchacho del colegio, con el amigo de siempre y con esa carcajada tuya que todavía puedo escuchar al recordarte. Descansa en paz, primo Félix.

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