
Hace poco en el marco de la celebración del Festival Francisco El Hombre, 2026, en la entrada del centro comercial Suchiima, vi un vehículo Willis, que hacía parte de la exhibición de carros antiguos. Lo llamativo era su decoración: un museo vivo, con bacinica, radio transistor, lámpara de queroseno y demás utensilios cotidianos con que se ha escrito la historia de nuestro pasado.
Y es que en el pasado hay cierta comodidad, cierto reconocimiento del yo. Pero son los objetos los protagonistas, el espíritu que entrañan. Y uno, como en un viaje, está más pendiente del retrovisor que del espejo panorámico.
El pasado nos atrapa y los objetos nos condicionan. Ellos hablan de identidad, dicen quiénes somos; cómo nos conectamos con el mundo íntimo, propio, próximo; cómo evolucionamos; y cuentan los cambios de nuestro mundo, sociedad, comarca o aldea.
Los objetos constituyen la cultura material. Como el lenguaje, son parte de la vida cotidiana y allí su poder, su valor. Pero también los objetos se integran a una cultura afectiva.
Ellos son poseedores de historias y con ellos narramos parte de nuestra historia. Pero más allá de la importancia de uso y beneficio de los objetos está la intimidad nacida de la conexión y las relaciones tejidas por el hombre. Pero, sobre todo, esa necesidad que se desprende de conectarnos con nosotros mismos.
El cepillo de cabello que no puede ser otro, aunque esté desgastado por el uso. Y en él va quedando la forma de nuestras manos, restos de cabello que definen pertenencia. El sillón o la almohada con la forma de tus posaderas o tu cabeza, como si fuera un grabado en plastilina, es la que te permite descansar. La que tiene tu aroma, en la que reposa, de alguna manera tu identidad. No es la almohada o el sillón en sí de lo que se trata; es la comunión devenida del uso, de la compenetración, lo que da valía al objeto y por lo cual nos resistimos a tirarlo o reemplazarlo. Ese algo de ti que queda en él, que se integró a él hace la diferencia, porque vivir los objetos marca huella. Es el desgaste que va dejando en ellos tu cuerpo lo que valida la intimidad de nuestras costumbres, presencias y ausencias.
Los objetos, por sí mismos, nos hablan del hombre y su paso por la tierra. El que diseña, construye, produce cualquier artefacto, cualquier bien material, lo hace pensando en otros, en una necesidad, dando respuesta a un problema en específico. A una urgencia. Luego viene la vivencia, que implica el reconocimiento del que lo tuvo en sus manos y lo hizo suyo. Esto habla de registros: nombres, tiempos, relatos que, como fotografías, condensan olores, formas, nos permiten el recuerdo. Se convierten en legados, herencias. Una manera sentimental de llevarnos a los otros con nosotros. O de quedarnos en otros. De preservar memoria. De construir el álbum del tiempo.
Hay objetos que trascienden. En ellos queda, como un fantasma, el espíritu de sus dueños. Y es ahí donde dejamos de verlos como objetos y se convierten en esencia misma de ese ser, de su estancia. El caldero de la abuela es la abuela misma.
El sofá preferido de papá no es un simple sofá. Es retratar a papá sentado en la terraza, recibiendo el saludo cariñoso de sus amigos y vecinos al pasar. El cepillo de tu pequeña hija. El juguete preferido de tu nieto. Las cortinas de la casa, descolorida por el sol, que mamá se resistía a cambiar. Un juego de cubiertos se va transformando. Los libros de la tía conservan la inclinación de sus manos que los abrieron tantas veces. Su pensamiento está en las marginalias. El computador en cuyas teclas borrosas se siente la presencia de su dueño. De tal manera los objetos, depositarios de “nosotros”, adquieren biografía.
Así entendidos, los objetos son antorchas que iluminan el mundo del que nos sobreviene. Cómo entender las generaciones anteriores. Los objetos marcan épocas, describen comportamientos, establecen líneas del tiempo.

Hablar del radio en la costa Caribe colombiana, es recordar a “Martín Valiente”; memorar los inicios de Edgar Perea. Hablar de la radio es definir una generación. Es estacionarse en el tiempo para valorar la importancia de ese medio de comunicación e información. Es relievar el objeto más allá de su practicidad.
La máquina de coser Singer, la plancha de carbón, el pilón y el molino de mano; la batea, que fue la primera lavadora en tantísimos hogares…
Hablar de la crema S de Pons, de los productos Shullton, por ejemplo, es ubicarse en esos días en que dependíamos más de la televisión que del teléfono móvil. Donde la tevé congregaba a la familia y era centro de la vida hogareña. Mencionar el chifonier, el equipo de sonido de aguja, la grabadora de casetera; hablar de la marca Pioneer en la costa, por ejemplo, nos sitúa en una época particular. El tiempo corría lento y la vida se movía en un espacio temporal más alargado. Se le daba lugar a la foto para que se amarillara.
¡Oh, el cuarto de San Alejo! Cuántos secretos. Cuántas historias. Cuántas vidas. Cuántas voces guardadas.
¿Qué hemos ganado? ¿Qué hemos perdido?
El mundo líquido construye su memoria de otra manera. La vida cabe en el móvil. En la galería. El celular, como objeto, se ha constituido en centro de la vida personal y social. Poseedor de tantos registros fotográficos, no alcanzará nunca el valor emocional de aquella mesita repleta de fotografías en el centro de la sala, que atesoraba la genealogía. O de las fotos amarillentas que, con paciencia, nos esperaron en las hojas del álbum que canta su vejez.
El hombre y la mujer contemporáneos parecen conectarse más brevemente con muchos de los objetos cotidianos, esos que podrían ser el mejor ensayo de su estadía, de su permanencia e inmanencia con la vida. De alguna manera, lo efímero de las mercancías que se expenden, la corta vida útil de los objetos, asemeja cada día más lo volátil de la existencia, su intrascendencia. La impermanencia del ser nos hace más consciente de su levedad, como diría Kundera. Por eso no hay tiempo para prenderse de las cosas, para establecer vínculos con ellas. Ya las cosas no se reparan
se reemplazan. Acumular está mal visto, parece haberse convertido en una carga, y así como vaciamos la casa, los cajones del armario y tiramos lo que no usamos o pasó de moda, de igual manera, en este ejercicio de ordenar la vida, desocupamos la memoria. Esos archivos que constituyen los recuerdos se van diluyendo. Porque el apego comienza a parecer acumulación; la conservación, desorden; el recuerdo: carga. Y en nombre de una casa despejada, impecable, nuestra memoria pierde huellas y se va quedando vacía.
Al igual que desaparecen los objetos, arrumados en un rincón, desvencijados, olvidados en el cuarto de San Alejo, el sótano o el ático, como deshechos inservibles, carentes de utilidad y vida, ¿estamos condenados a desaparecer, verdaderamente, sin dejar rastro?
Ese Willis, a la entrada del centro comercial Suchiima, no era solamente un carro antiguo. Ese museo sobre ruedas era la casa de Alicia. Tal vez, una cápsula del tiempo. Allí habitaba el espíritu de los objetos, esa manera de vivir, que pudiendo no existir ahora, todavía reconocemos. Quizá por eso era tan llamativo. Era un cuarto de San Alejo con dignidad, con memoria.
¿Somos también objetos en tránsito, con el deseo de que algún día alguien encuentre en nosotros, como en un retrovisor, vestigios de lo que fuimos?
Es claro que los objetos conservan nuestra impronta, porque al habitarlos dejamos trazos de nuestra vida en ellos. Pero cada día atesoramos menos los recuerdos y nos vamos quedando sin palabras.






