
2. Y Jehová dijo a Moisés: “Di a Aarón, tu hermano, que no entre en todo tiempo en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el Arca, para que no muera, pues yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio”.
Levítico 16.
El pecador no podía acercarse al Santísimo. Su presencia se manifestaba en el propiciatorio que estaba sobre el arca del pacto. Ni Aarón, el sumo sacerdote, podía entrar cuando quisiera para expiar sus pecados y los del pueblo, sino solo una vez al año. Antes de hacerlo, tenía que lavar su cuerpo con agua, ponerse las santas vestiduras, y ofrecer un becerro para expiación de sus pecados y un carnero para holocausto. Todo este procedimiento debía ser hecho conforme al mandato de Dios; o de lo contrario, podía morir como Nadab y Abiú (Lv. 10:1-2).
Existían muchas limitaciones para acercarse a Dios, a pesar de los sacrificios veterotestamentarios. Sin embargo, esos límites hoy nosotros no los conocemos, gracias al camino de vida que Jesús habilitó para nosotros, al rasgar el velo en dos.
La paga del pecado es la muerte; es pues necesario que el pecado sea limpiado. Como Aarón era pecador, no podrá entrar al lugar santísimo a menos que pidiera perdón por los pecados suyos y los de su casa.

La congregación de Israel debía presentar dos machos cabríos como ofrenda por sus pecados y un carnero para holocausto. Para hacerlo, Aarón echaba suerte sobre los dos machos cabríos: uno por Jehová y otro por Azazel. Este último era enviado al desierto, para demostrar que el pecado se había apartado de Israel. El sumo sacerdote presentaba cada año un becerro y un macho cabrío en expiación por sus pecados, mas Jesús, nuestro perfecto sumo sacerdote, presentó su cuerpo como ofrenda sin defecto, redimiendo nuestros pecados de una vez y para siempre.
En la época del Antiguo Testamento, el pueblo realizaba un ritual todos los años para pedir perdón por todos sus pecados, y ese era el día de la expiación. No obstante, en aquel entonces, la ceremonia que presidía el sacerdote era un sacrificio imperfecto, ya que usaban un animal para conseguir la expiación. Por el contrario, Jesús, el Hijo de Dios, fue un sacrificio perfecto y sin defectos, que se entregó a sí mismo consiguiendo la redención absoluta y eterna de una vez por todas.
De este modo, el sacrificio temporal e imperfecto del Antiguo Testamento se completó con la cruz de Jesús y, gracias a él, ahora todos pueden presentarse ante Dios con confianza. Sin embargo, nadie puede ver al Señor sin santidad (Heb. 12:14). O sea que el fiel debe recordar la gracia de la redención y permanecer lejos del pecado.
Las normas para el sacrificio por el pecado que se entregaban cada año en el Nuevo Testamento se consumaron a través de Jesús, de una vez y para siempre.
Dios les guarde.






