Edicion agosto 24, 2026
Nosotros, los caminantes

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Columnista - Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
Columnista – Abel Antonio Medina Sierra – Investigador cultural
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Caminar para encontrarme

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Tengo una costumbre que, con los años, se ha convertido no solo en una rutina, sino también en un estilo de vida: me gusta caminar.  Camino mucho y, siempre que puedo, evito usar el transporte público. Quizás por eso, cuando fui cartero del correo de Avianca, aun siendo menor de edad, prefería hacer mi recorrido caminando Maicao de punta a punta y no en la bicicleta que me asignaron.  No lo hago por economía; como una vez me increpó un amigo, que llegó a decir, exageradamente, que conmigo un taxi, mototaxi o motocarro no se ganaba un peso. En realidad, pago transporte muchas veces a lo largo de la semana, pero camino porque necesito recorrer la ciudad a un ritmo que me permita verla. Por eso, siempre me ha gustado habitar en una ciudad en la que pueda ir de mi casa al centro caminando sin que sea una odisea maratónica para mi cuerpo.

Me gusta atravesar sus calles, reconocer sus esquinas, lo caótico del mercado, sortear las colmenas que abigarran el centro, saludar a alguien que encuentro en el camino, observar una casa de valor patrimonial que antes no había mirado con detenimiento, o detenerme ante cualquier escena aparentemente insignificante: una conversación entre indigentes, una pelea de perros, un gato menesteroso en la venta de comidas del mercado. Caminar me concede algo que el automóvil me quitaría, como es el tiempo para contemplar.

La legión de caminantes

Naturalmente, en mi pueblo no soy el único. Entre los que más recuerdo están el escritor y académico Alejandro Rutto, el fotógrafo, hoy impedido por haber perdido una pierna, Efraín “Yin” Schonowolf y el campeón de travesías que nos gana a todos: el docente universitario Eudes de Armas Pérez.

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Como ellos, me he resistido deliberadamente a comprar un vehículo e incluso a aprender a conducir. Para muchos puede resultar extraño. Somos una sociedad en la que el automóvil suele asociarse con independencia, progreso y comodidad, pero hemos renunciado a ese confort. Para nosotros, en cambio, caminar es una forma de conservar una libertad diferente; podemos detenernos a saludar, visitar, comprar, contemplar sin afanes. No huimos del sol, no nos avergüenza el sudor y hacemos de la brisa una alcahueta.

Cuando uno conduce, tiene que estar pendiente del semáforo, del tráfico, del motociclista intrépido que aparece de repente, del peatón que cruza, del regulador de tránsito que quiere “cuadrar caja” con tus descuidos. Una vida estresante que no envidio. Los conductores tienen la atención puesta en llegar y hacerlo lo más rápido posible. Yo, en cambio, aunque las mujeres con las que a veces transito se quejan de que camino muy rápido, muchas veces no quiero llegar tan pronto. Quiero disfrutar el trayecto antes de llegar al destino. Ya condensó dijo el poeta Cavafis en su poema “Ítaca” que el destino final es solo el motor del recorrido, pero el verdadero valor reside en el aprendizaje, las aventuras y la sabiduría acumulada durante el trayecto.

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Nosotros, los caminantes, no solo nos desplazamos, sino que también observamos la ciudad en sus diversas dimensiones. Las distancias se vuelven experiencias y no solo cuadras recorridas. La calle 13 o la 16 deja de ser una vía para convertirse en una sucesión de rostros, sonidos como los de los múltiples rumbeaderos, olores como los del sector de Las Mulas o de Los Plátanos; conversaciones, árboles, comercios, recuerdos y pequeñas historias. Es que, cuando caminamos, también leemos los múltiples códigos de la ciudad.

Camino, luego pienso

También tengo otra particularidad que no siempre comprenden todos los que me conocen. Es que necesito caminar cuando hablo por teléfono o cuando mantengo una conversación que requiere mucha atención. En los Medina es “mal de familia” y hasta mi hija Solangel lo heredó. Puedo estar conversando durante un largo rato y, casi sin darme cuenta, comenzar a recorrer el patio, el cuarto, el corredor o cualquier espacio disponible. El cuerpo parece necesitar acompañar las palabras. Y no ocurre solo durante las conversaciones. Cuando tengo que pensar seriamente, resolver un problema, organizar una idea o tomar una decisión, también siento la necesidad de caminar. Cierta vez, una docente me reclamó en público que, cuando iba a mi oficina de la rectoría del Colegio San José, me levantaba del escritorio y comenzaba a caminar por la oficina. Contrario a lo que me reclamaba la profesora, era para prestarle mayor atención a lo que me decía.

La psicología ofrece algunas explicaciones interesantes sobre la relación entre el movimiento y el pensamiento. Caminar puede favorecer determinados procesos cognitivos porque el movimiento corporal no está separado de la actividad mental. La locomoción modifica el nivel de activación, puede disminuir la tensión y facilita que la atención se mantenga en una tarea sin que se sienta completamente inmóvil. Por eso, muchas personas descubren que una idea les aparece mientras caminan; precisamente, la mayoría de las ideas que me surgen para escribir me aparecen cuando estoy caminando.

En mi caso, sospecho que caminar también funciona como un regulador interno. Cuando pienso demasiado sentado, siento que las ideas se acumulan. Cuando comienzo a caminar, esas mismas ideas parecen ordenarse. Es como si el movimiento exterior ayudara a producir un movimiento interior.

Los peripatos

Fue mi compadre, colega académico y paisano, Emmanuel Pichón Mora, quien una vez me hizo ver que soy una especie de peripatético. En la antigua Grecia existió una escuela vinculada a Aristóteles cuyos miembros fueron conocidos como los peripatéticos. La tradición sostiene que Aristóteles acostumbraba a enseñar mientras caminaba junto a sus discípulos por los espacios del Liceo. De allí proviene el término peripatético, relacionado con caminar o pasear.

Me gusta imaginar aquella escena: maestro y discípulos caminando mientras conversan sobre la naturaleza, la política, la ética, el conocimiento y la vida. No estaban necesariamente encerrados frente a una pizarra, intentando separar el pensamiento del movimiento. Pensaban andando. Si de algo se quejan mis estudiantes, es que poco me siento y siempre estoy circulando en el aula: “Profe, usted sí que da vueltas”. Y aunque sería pretencioso compararme con aquellos filósofos, encuentro una pequeña afinidad en esa necesidad de poner el cuerpo en movimiento para que las ideas también comiencen a caminar. Hay pensamientos que no me llegan cuando uno los persigue sentado frente a una mesa. Aparecen cuando uno se levanta, cruza una habitación, sale al patio o emprende una caminata sin una ruta demasiado definida.

El fluir de la memoria

Vivimos en una época obsesionada con ahorrar tiempo. Queremos llegar antes, responder antes, producir antes, terminar antes. Pero algunas de las cosas más valiosas de la vida ocurren precisamente cuando dejamos de correr hacia ellas. Caminar me hace ver más.  Cuando camino por mi pequeña ciudad, no siento que simplemente me esté desplazando de un lugar a otro, sino que también la habito. La recorro con los pies, pero también con los recuerdos: “aquí quedaba Provisiones Chichi”, “Por acá, Provisiones Gustavo”, “Allá estaba la librería Cultural”, “Una vez ahí existió el bar Tania”.  Caminar termina siendo una forma de reconocimiento, un ejercicio de inventario de referentes urbanos, pero también de reconocerme a mí mismo en mi espacio urbano local.

Quizá por eso, cuando necesito pensar, camino. Cuando necesito hablar, camino. Cuando necesito contemplar, camino. Y cuando no tengo ninguna razón especial para hacerlo, también camino. Puede que haya encontrado, sin proponérmelo, mi propia versión contemporánea del peripato, como dijo mi compadre. Caminar es mi manera de no perderme las pequeñas cosas. No pierdo tiempo cuando no tomo el transporte público; más bien, lo recupero. “Ahí va el profe caminante”, seguirán diciendo.

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