
Ser hijo único tiene sus particularidades. Lo sé pues lo viví con mis padres. Recibí de ellos todo su amor, dedicación, tiempo, cuidados y pechiches. Sentí ser el centro de sus vidas y sus mayores esfuerzos cotidianos se concentraron en mi educación tanto académica como en valores humanos, al tiempo que procuraron para mí, viajes y recreación constante incluso fuera de Riohacha. Sin embargo, también crecí en medio de visitas, reuniones, celebraciones, cenas formales, correrías políticas, encuentros de compañeros de oficina, eventos protocolarios, fiestas y demás.
Tanto mi mamá Ena Luz Aguilar Arismendy (Q.E.P.D.) como mi papá Cicerón Cabarcas Puello (Q.E.P.D.), tenían sus propios espacios, dinámicas y agenda social. Y con ellos estaba siempre yo, a su lado, aguardando con obediencia más que con paciencia, sentada en alguna silla, tomando un jugo, quizás viendo algún programa que pasaran en una televisión ajena, o jugando a ser ejecutiva en sus respectivas oficinas. Confieso que me gustaba verlos en sus roles, conquistando sus espacios con su amabilidad y la enorme vocación de servicio que los caracterizó a los dos. A mi mamá la acompañé muchas veces a EMPOJIRA (donde actualmente queda el INSTRAMD), mientras que a mi papá solía visitarlo en DESALUD (donde actualmente queda la Secretaría de Salud) o en su consultorio odontológico en el edificio Mareiwa.

Al llegar algún festivo, durábamos días enteros visitando a los familiares y amigos de mi papá en Barranquilla y en Cartagena, mientras que, en Riohacha los fines de semana en las tardes, recorríamos las casas de amigos, compadres y familiares de mi mamá en nuestra ciudad y en Maicao. Como dicen los mayores, mi madre fue una mujer “cumplidora” pues siempre acompañaba a sus seres queridos en las alegrías y en las tristezas con el mismo sentido de compromiso fraterno y afecto por los suyos.
En medio de esas visitas aprendí a guardar silencio mientras otros conversaban. A escuchar sin hacer alguna pregunta o comentario pues nada de eso estaba permitido. A recibir con gratitud lo que a bien tenían brindarnos, y a tomar jugos de fruta que no me gustaban, pues desde pequeña los evité en casa. Como acompañante de esos espacios sociales debía tomarlos con gusto porque así lo habían decidido los mayores. También aprendí a esperar con paciencia que la visita terminara sin quejarme por la duración de esta.

Hoy agradezco haber vivido todo eso pues en gran medida quien soy hoy, es el resultado de esas vivencias y de haber escuchado las conversaciones o de haber visto en ellos, ese inquebrantable sentido de la amistad y la familiaridad que son tan esenciales para el buen vivir.
Crecer entre momentos y espacios con adultos tiene lo suyo y eso es lo que hoy vivo con mi hijo Manuel Antonio de Jesús. Recientemente en nuestro viaje a Aruba, se robó el corazón de nuestros compañeros de travesía Hiadees De Kom, y su sobrino Anthon De Kom, y Fredy González Zubiría no solo por su buen comportamiento, si no también, por ser tan observador, por su capacidad de análisis, el respeto con que se dirige a los demás, y el disfrute de los distintos escenarios vivenciados en esa bella isla que es para nosotros, otro hogar.

Sentado a mi lado, aguardaba paciente mientras nos atendía el Primer Ministro Mike Eman. En este viaje habíamos compartido tanto momentos de esparcimiento como de la agenda que nos convocó a ese paraíso caribeño por invitación de Stichting Rancho. Manuel Antonio de Jesús escuchaba tranquilo los detalles de aquel agradable encuentro realizado en su oficina, alrededor de una mesa en la que, exponíamos los detalles de nuestra misión en la isla, la intención de realizar una visita gubernamental pronto, la invitación al Festival Internacional del Bolero, los logros que entre Rancho e InspirARTE Aain como organizaciones aliadas habíamos alcanzado, y el anhelo de integración entre la península y la isla que movilizaba nuestras acciones de forma permanente.

Al final le pedí que me permitiera una foto con mi hijo y conmigo. No solo aceptó complacido, si no que, lo llamó antes de la foto y, procedió a retirarse su pin de la bandera de Aruba para obsequiárselo y ponérselo en la camiseta de la selección Colombia, que orgulloso y sonriente lucía mi hijo aquel viernes en el que nuestro equipo se enfrentaría a Ghana.
Masha danki Prome Minister Mike Eman, por tan significativo gesto para Manuel Antonio de Jesús. Gracias por su amabilidad y hospitalidad en aquel encuentro, por la tarea encomendada dada su visita hace más de 10 años a esta tierra y por reconocer y valorar nuestra gestión cultural conjunta que tanto nos apasiona, nos inspira y motiva a seguir adelante en este propósito de hermanamiento permanente de nuestros pueblos y sus gentes.







