
Hay despedidas que paralizan el tiempo. Ninguna comunidad está preparada para ver partir a uno de sus niños, a uno de sus jóvenes, a uno de esos estudiantes que todavía tenían el cuaderno abierto, los sueños intactos y toda una vida por escribir.
Esta semana, la Institución Educativa Técnica Remedios Solano, en Barrancas, Guajira, vivió uno de esos momentos que dejan una cicatriz imborrable. La muerte del estudiante Jorge David Solano Gómez, joven perteneciente al pueblo Wayuu, no solo enlutó a una familia; también estremeció a compañeros de clase, docentes, directivos y a una comunidad que vio apagarse demasiado pronto una vida llena de promesas.
En tiempos donde con frecuencia los titulares resaltan la violencia, la intolerancia o el fracaso de los jóvenes, vale la pena detenerse a recordar historias distintas. Jorge David, no será recordado por un récord deportivo en el Club Real de Barrancas, ni por haber ocupado una portada nacional. Su mayor reconocimiento fue mucho más valioso: la calidad de su corazón.
Quienes compartieron con él durante cuatro años lo describen como un muchacho sencillo, respetuoso, noble, responsable con sus estudios, con el deporte Barranquero, humilde y prudente. Era de esos estudiantes que saludan con una sonrisa, que saben escuchar y que entienden que el respeto comienza por las pequeñas acciones de la vida cotidiana.
Hoy, cuando su pupitre queda vacío, su ausencia recuerda una verdad que muchas veces olvidamos: las instituciones educativas no solo forman profesionales; igualmente forman seres humanos.
En las aulas se enseñan matemáticas, comercio, ciencias o literatura, pero también se aprende a convivir, a tender la mano, a respetar la diferencia y a construir comunidad. Jorge David, parecía haber comprendido esa lección mucho antes que muchos adultos.
Su condición de joven wayuu también merece ser resaltada. En una tierra donde los pueblos indígenas representan la memoria viva del Caribe colombiano, cada estudiante que llega a un salón de clases lleva consigo una riqueza cultural que enriquece a toda la comunidad educativa. Su partida deja un vacío no solo afectivo, sino también cultural y humano.
Frente a una pérdida como esta, las palabras nunca son suficientes. Ningún discurso logra aliviar el dolor de su madre Karen Gómez y quien despide a un hijo, de unos hermanos que pierden un compañero de vida o de unos amigos que ya no volverán a compartir una conversación durante el recreo.

Cabe resaltar que la comunidad educativa de la Institución Educativa Técnica Remedios Solano, le rindió un homenaje póstumo a su alumno, Jorge David. Allí, el sacerdote José Luis Redondo celebró la santa misa de cuerpo presente. El religioso, en la homilía, decía que la fe ofrece una perspectiva distinta del sufrimiento. El Evangelio de San Juan, relata que incluso Jesús lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Aquel episodio nos recuerda que el dolor no es incompatible con la esperanza. Se puede llorar y creer al mismo tiempo. Se puede sentir el vacío y, aun así, confiar en que la muerte no tiene la última palabra.
Por eso adquieren un significado especial aquellas palabras pronunciadas por Cristo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.” Más que una promesa para el futuro, son un consuelo para quienes hoy enfrentan la ausencia.
La primera lectura del libro de la Sabiduría también deja una enseñanza que trasciende cualquier credo: la verdadera grandeza de una persona no se mide por la cantidad de años vividos, sino por la rectitud de su corazón. Hay existencias largas que pasan inadvertidas y vidas breves que iluminan para siempre la memoria de quienes tuvieron el privilegio de conocerlas.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que deja Jorge David Solano Gómez. No importa cuánto dure una vida, sino cuánto amor, respeto y bondad se siembren durante ella.
Hoy, mientras la comunidad educativa de la Institución Educativa Técnica Remedios Solano, acompaña a su familia y al pueblo Wayuu en este momento de inmenso dolor, queda también un compromiso: hacer que el ejemplo de Jorge David no termine con su despedida.
Porque hay estudiantes que, incluso después de partir, siguen enseñando. Y hay maestros que descubren que una de las lecciones más profundas no proviene de los libros, sino del testimonio silencioso de un joven que hizo del respeto, la humildad y la solidaridad su forma de vivir.
Jorge David ya no ocupará su puesto en el salón de clases, pero permanecerá en el lugar donde solo llegan quienes dejan una huella verdadera: la memoria agradecida de una comunidad que jamás olvidará su sonrisa ni la nobleza de su corazón.






