
Gerente Mesa Más La Guajira
Mientras Colombia redujo la pobreza monetaria del 41 % al 28 % durante los últimos trece años, Riohacha recorrió el camino contrario. Pasó del 40 % al 45 % en ese mismo período. En 2012 ambas cifras eran prácticamente iguales; hoy la diferencia supera los diecisiete puntos porcentuales. No se trata únicamente de un indicador social, esto funciona como el claro reflejo de una economía que no está generando suficientes oportunidades para que las personas mejoren sus ingresos y construyan proyectos de vida razonables.
Los datos son contundentes, pues uno de cada cuatro riohacheros no logra cubrir la canasta básica de alimentos y el ingreso per cápita de la ciudad continúa entre los más bajos del país. Mientras otras capitales avanzan en productividad y generación de empleo formal, Riohacha mantiene niveles de informalidad cercanos al 95 %, una cifra que evidencia una economía donde miles de personas trabajan todos los días, pero sin estabilidad, protección social ni posibilidades reales de crecimiento.
Aquí afirmamos una vez más que, la pobreza no es la causa del problema, es la consecuencia. Detrás de estos indicadores existe una realidad estructural: Riohacha aún no ofrece las condiciones necesarias para atraer inversión privada, consolidar empresas competitivas y generar empleo formal de manera sostenida.
La competitividad de una ciudad depende de la confianza que inspire a quienes deciden invertir. Esa confianza se construye con instituciones sólidas, seguridad jurídica, servicios públicos confiables, infraestructura eficiente, proveeduría formalizada y, sobre todo, con reglas claras. Son precisamente esos factores los que hoy representan los principales desafíos del distrito.
Las finanzas públicas reflejan esa fragilidad institucional. La alta dependencia del Sistema General de Participaciones, el rezago en la actualización catastral, el pasivo pensional acumulado y las limitaciones fiscales reducen significativamente la capacidad de inversión propia. Cuando una administración carece de recursos suficientes, también disminuye su capacidad para mantener infraestructura, mejorar el espacio público y ofrecer condiciones favorables para el desarrollo empresarial.
La infraestructura básica tampoco acompaña las aspiraciones de crecimiento, especialmente hablando de la prestación del servicio de energía que continúa presentando interrupciones y fluctuaciones que incrementan los costos operativos de las empresas y afectan su competitividad. El abastecimiento de agua sigue siendo intermitente y las pérdidas del sistema, asociadas entre otros factores a conexiones ilegales, limitan un recurso indispensable para cualquier actividad económica.

A ello se suma un entorno de seguridad que continúa siendo uno de los mayores desafíos para el comercio formal. La extorsión no solo afecta el patrimonio de los empresarios; también desestimula nuevas inversiones, limita el crecimiento empresarial y deteriora la confianza para desarrollar iniciativas productivas de mayor escala.
En el sector rural el panorama tampoco resulta alentador, muchos productores enfrentan dificultades para acceder a crédito, asistencia técnica, infraestructura vial y procesos de transformación que les permitan agregar valor a sus productos. Como consecuencia, buena parte de la producción primaria se comercializa con bajos márgenes de rentabilidad, desaprovechando el enorme potencial agropecuario del territorio.
Sin embargo, reducir el debate únicamente a las dificultades sería desconocer las oportunidades que tiene Riohacha. Pocas ciudades cuentan con ventajas comparativas tan importantes: ubicación estratégica sobre el Caribe, riqueza ambiental y cultural, enorme potencial turístico, oportunidades para el desarrollo agroindustrial, capacidad para integrarse a las cadenas logísticas del sector minero-energético y un escenario privilegiado para impulsar proyectos asociados a la transición energética y las energías renovables.
El reto consiste en transformar esas ventajas comparativas en ventajas competitivas y para lograrlo será necesario fortalecer la capacidad institucional del distrito, actualizar instrumentos fiscales como el catastro, simplificar trámites para la inversión, mejorar la articulación entre la administración, el sector empresarial y la academia, impulsar la formalización empresarial, aprovechar con mayor eficiencia los recursos de regalías e implementar incentivos que promuevan sectores estratégicos como el turismo, la agroindustria, la logística y las energías limpias.
La condición de distrito especial brinda herramientas jurídicas importantes para avanzar en esa dirección. El desafío ya no es normativo; es de gestión, liderazgo y visión de largo plazo. Riohacha no necesita resignarse a administrar sus dificultade, necesita construir un modelo de desarrollo que fortalezca su productividad, diversifique su economía y genere confianza para quienes deciden invertir, emprender y crear empleo.
En los próximos meses comenzará un nuevo debate electoral. Sería deseable que la discusión trascienda las promesas tradicionales y se concentre en una pregunta mucho más relevante: ¿Cómo lograremos que Riohacha sea una ciudad más competitiva, más productiva y con mayores oportunidades para todos?
El desarrollo no llegará únicamente con mayores recursos públicos, eso tan anhelado llegará cuando exista una visión compartida entre Estado, sector privado, academia y ciudadanía para convertir el enorme potencial del territorio en bienestar, inversión y empleo de calidad.
Y aprovecho para reiterar que Riohacha no carece de oportunidades, lo que necesita es la decisión colectiva de convertirlas en desarrollo.






