
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, tantas dificultades para sentirnos acompañados. En un mundo donde millones de personas conversan a diario con sistemas de inteligencia artificial en busca de orientación emocional, las cifras de salud mental continúan en ascenso. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 280 millones de personas viven con depresión en el planeta. La tecnología avanza con rapidez; el malestar emocional también parece hacerlo.
Según la Encuesta nacional sobre percepción de la salud mental en Colombia (2023), la situación resulta aún más preocupante. El 44,7 % de niños y jóvenes presenta indicios de afectaciones en su bienestar mental, mientras que el 66,3 % de la población ha enfrentado alguna dificultad psicológica a lo largo de su vida. Estos datos evidencian la dimensión del desafío que atraviesa el país en materia de equilibrio emocional, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
Asimismo, distintas investigaciones advierten que el entorno digital influye en estas problemáticas. Estudios recientes indican que la exposición intensiva a redes sociales, la comparación permanente con otros usuarios y las experiencias de ciberacoso están asociadas con niveles más altos de ansiedad, tristeza persistente y malestar emocional. Un trabajo publicado en la revista científica Heliyon, titulado “College students and cyberbullying: how social media use affects social anxiety and social comparison” (2022), concluye que estas dinámicas virtuales pueden incrementar la ansiedad social y modificar la forma en que los jóvenes construyen la percepción de sí mismos.
Ante este escenario, la inteligencia artificial surge como una opción inmediata y accesible. Contesta en segundos, organiza pensamientos, propone estrategias y proyecta comprensión. Para muchos usuarios representa un primer espacio de desahogo sin temor al juicio. Sin embargo, la inquietud persiste: ¿Se trata de un respaldo complementario o de un intento por reemplazar la relación humana en los procesos de acompañamiento emocional?

Desde la mirada humanista-existencial, la terapia no se reduce a un diálogo estructurado. Se trata de un encuentro genuino entre dos subjetividades. El profesional no sólo escucha: también se involucra, interpreta y resignifica junto al consultante. En ese intercambio se construye sentido y se produce transformación. La experiencia compartida es, precisamente, el núcleo del cambio psicológico profundo.
Aunque los sistemas automatizados pueden reproducir frases empáticas y sugerir técnicas para afrontar el duelo o regular la ansiedad, carecen de vivencia propia. No experimentan pérdida, angustia ni amor; tampoco sienten el peso de una decisión compleja. Su capacidad consiste en analizar datos y generar respuestas probables. Simulan cercanía, pero no participan emocionalmente del proceso. Esa diferencia marca un límite fundamental en el acompañamiento.
“La inteligencia artificial puede guiarnos paso a paso desde la teoría y convertirse en una terapeuta de escucha disponible 24/7, sin emitir juicios. Puede apoyar la gestión emocional y ayudar a mejorar reacciones cotidianas. No obstante, carece de conexión genuina. No reemplazará la terapia, pero el profesional que aprenda a integrar estratégicamente marcará la diferencia en el futuro de la psicología” , afirma Andrés Salcedo Bruzón, docente del programa de Ingeniería de Sistemas de Uniguajira.
En la misma línea, Luis Fernando Miranda Aguilar, docente del programa de Psicología de la Alma Máter, subraya que la inteligencia artificial debe entenderse como una herramienta que optimiza el acompañamiento, pero nunca como sustituto del vínculo intersubjetivo. A su juicio, el cambio terapéutico nace del encuentro auténtico entre personas. La empatía no es procesamiento de información, sino resonancia sensible y presencia plena. El lazo humano no se programa: se construye en el aquí y el ahora.
En medio de una crisis que afecta de manera significativa a niños, jóvenes y mujeres en el país, el debate no gira en torno a la existencia de estas tecnologías, sino a su lugar en el cuidado emocional. Las plataformas digitales pueden complementar procesos y ampliar el acceso a orientación básica. Sin embargo, el bienestar psicológico profundo continúa dependiendo de relaciones capaces de sostener, validar y transformar la experiencia humana.






