
La Guajira no puede votar con amnesia.
Colombia no puede mirar hacia otro lado.
Estamos en tiempo electoral, sí. Pero, sobre todo, estamos en tiempo de memoria. Este 8 de marzo, cuando cada guajiro y cada colombiano tenga en sus manos el tarjetón para elegir senadores y representantes a la Cámara, no estaremos marcando solo un número: estaremos decidiendo si seguimos condenados a la sed, al hambre y al olvido, o si por fin elegimos la dignidad.
La Guajira lleva décadas siendo administrada por los mismos apellidos, las mismas familias, los mismos clanes políticos que aprendieron a gobernar desde la comodidad del poder y no desde el dolor del territorio. Han utilizado la necesidad, han manipulado la ignorancia inducida, han negociado la dignidad del pueblo indígena wayuu con la complicidad de líderes locales que, a cambio de migajas, entregaron votos, conciencias y futuro.
No podemos olvidar porque olvidar también es una forma de traición aquella época oscura en la que, tras decisiones políticas nacionales como la firma que permitió que las regalías dejaran de sostener a la Alta Guajira, el hambre y la sed se volvieron paisaje cotidiano.
¿Dónde estaban entonces los representantes de La Guajira?
¿Dónde estaban los senadores que hoy vuelven a tocar las puertas de las rancherías?

No estaban.
Y cuando estaban, no les importó.
Lo que sí les importó fue el manejo de la riqueza: el carbón, el gas, el viento, el mar, el presupuesto, los contratos. Así se montaron gobernadores, alcaldes y congresistas: dejando afiches en las rancherías, promesas vacías en los discursos y hambre real en los platos.
Pero algo cambió.
El pueblo guajiro despertó.
Y ese despertar tiene nombre propio: Martha Peralta Epieyú.
La mujer de la manta bien puesta.
Hoy, quienes guardaron silencio durante años de muerte por desnutrición, levantan la voz para atacar. Les duele Martha Peralta porque los reemplaza. Les duele porque desmonta la mentira histórica de que el indígena solo sirve para votar y callar.
Martha Peralta no llegó desde los apellidos de siempre ni desde los pactos oscuros. Llegó desde el territorio, desde la palabra indígena, desde la presencia constante. Llegó gracias a una oportunidad histórica que el Gobierno Nacional le dio a La Guajira, y La Guajira entendió que no podía desaprovecharla.

Mientras otros solo “calentaron silla” en el Congreso, Martha Peralta ha estado aquí. En gestión permanente. Defendiendo reformas que dignifican al pueblo: la reforma laboral, la reforma pensional. Acompañando procesos que hoy son vida concreta, como el hospital campamento improvisado de Nazaret hoy esperanza real o las lanchas ambulancia que salvan vidas en el extremo norte, aunque las critiquen quienes jamás pensaron en soluciones porque no fueron idea suya.
Hablan de investigaciones, de supuestos delitos, de tráfico de influencias, como si sus propias hojas de vida no estuvieran manchadas por condenas, procesos y escándalos.
Pero el pueblo ya no calla.
Esta no es una columna más.
Es una crónica de hambre, de sed y de dignidad.
Es la voz de un pueblo que dice basta.
Este 8 de marzo no se vota solo por una persona.
Se vota por romper años de manipulación política.
Se vota por no volver atrás.
Se vota por la esperanza con raíces.
Maíz 201.
Martha Peralta Epieyú.
Por ella, por todos y por la Guajira que merecemos.






