Edicion octubre 10, 2026

RAFAEL AUGUSTO DAZA AMAYA, MI HERMANO DE TODA LA VIDA

RAFAEL AUGUSTO DAZA AMAYA, MI HERMANO DE TODA LA VIDA

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Columnista - Hernán Baquero Bracho
Columnista – Hernán Baquero Bracho
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Hay hermanos que nacen de la misma sangre y hay otros que, sin compartirla, terminan siendo sangre del alma. Rafael Augusto Daza Amaya, mi querido Duto, pertenece a esa segunda estirpe, la de los hermanos que la vida nos regala como un milagro. Por eso hoy quiero rendirle este homenaje en vida, porque los afectos verdaderos no deben esperar al silencio de una despedida para convertirse en palabras.

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Nuestra historia comenzó cuando éramos apenas unos niños, estudiando en el Colegio Santo Tomás de Villanueva, institución que llevaba el sello intelectual y pedagógico de su abuelo, el maestro Rafael Antonio Amaya. Recuerdo aquellos años del tercero de primaria como quien contempla una fotografía amarillenta guardada en el corazón. Allí comenzó una amistad que con los años habría de transformarse en una hermandad indestructible.

Fue Duto quien me llevó hasta su casa, y aquella puerta que se abrió una tarde terminó convirtiéndose para mí en una de las puertas más importantes de mi existencia. Allí conocí a sus padres, Juan Félix Daza Martínez y doña Eloísa Amaya de Daza, y a sus hermanos, quienes dejaron de ser simplemente los hermanos de mi amigo para convertirse en mis propios hermanos y en mi segunda familia.

La casa de los Daza Amaya fue para mí una especie de universidad de la vida. Allí aprendí que la familia no siempre se construye con apellidos compartidos, sino con abrazos, lealtades, afectos y silencios que dicen más que mil palabras. Sus padres fueron mis segundos padres y sus hijos, mis hermanos de toda una vida. Por eso la partida reciente de doña Eloísa me dolió como si hubiera perdido a una madre.

Doña Eloísa fue una santa en el sentido más hermoso de la palabra. Su santidad no necesitaba altares ni vitrales: estaba en su bondad, en su manera de recibir, en su capacidad de querer y en esa ternura maternal que hacía sentir a quienes llegábamos a su casa que también pertenecíamos a ella. Su ausencia dejó una silla vacía, pero jamás podrá dejar vacío el corazón de quienes tuvimos el privilegio de conocerla.

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Y en medio de ese dolor miro a Duto y encuentro en él muchas de las virtudes que heredó de sus padres. Porque hay hombres que llevan a sus padres en el rostro y otros que los llevan en la conducta. Rafael Augusto lleva a Juan Félix y a Eloísa en cada gesto de nobleza, en cada acto de solidaridad y en esa manera suya de entender la vida como un compromiso permanente con los demás.

Duto es un ser humano excepcional. Su nombre ha recorrido los caminos de Villanueva, del Cesar y de La Guajira acompañado siempre por una palabra que parece perseguirlo desde niño: nobleza. Es noble hasta en la manera de disentir, noble en la amistad, noble en la política y noble en la familia. Su señorío no proviene de títulos ni cargos; nace de su condición humana.

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Su hoja de vida profesional es extensa y digna. Se formó como médico en la Universidad del Norte de Barranquilla y llevó después sus conocimientos hasta Brasil, donde realizó su especialización en radiología. La medicina ha sido para él mucho más que una profesión: ha sido una manera de servir, de aliviar, de acompañar y de mirar al ser humano más allá de una enfermedad.Actualmente es médico especialista en Codazzi en una clínica privada y en el hospital de ese municipio del Cesar.

Pero Rafael Augusto no se quedó solamente en los consultorios y hospitales. Su espíritu de servicio lo llevó también por los caminos de la dirigencia pública y política. Fue concejal de su tierra natal, Villanueva, director de la ESE Hospital Santo Tomás de Villanueva y diputado del departamento del Cesar. En cada escenario ha dejado la huella de un hombre que entendió el liderazgo como servicio y no como privilegio.

Su vocación política, además, nació de una inquietud juvenil por transformar la sociedad. En 1979, en Barranquilla, fue fundador del movimiento cívico Vanguardia Juvenil por la Paz Guajira, una expresión que desde su propio nombre revelaba el sueño de una generación que quería construir caminos diferentes para su tierra. Duto entendió desde temprano que la juventud debía ser protagonista de las grandes transformaciones.

También estuvo ligado al alma cultural de Villanueva como presidente del Festival Cuna de Acordeones, una de las instituciones folclóricas más queridas de nuestro pueblo. Allí pudo conjugar dos de sus grandes pasiones: el servicio a su comunidad y el amor por la música vallenata. Porque quien conoce a Duto sabe que en su corazón también habita el acordeón, ese pequeño instrumento que en nuestra tierra parece tener la capacidad de convertir la nostalgia en alegría.

Villanueva lo quiere porque Villanueva reconoce a los hombres que han caminado sus calles sin olvidar jamás de dónde vienen. Duto puede haber estudiado medicina, haberse especializado en Brasil y haber recorrido diferentes escenarios de la vida pública, pero nunca dejó de ser aquel muchacho de nuestro pueblo. La grandeza nunca le hizo perder la raíz.

También el pueblo vallenato lo ha querido y respetado. En él reconoce a un hombre de palabra, de familia y de principios. En una época en la que la política suele ser asociada con intereses personales, Rafael Augusto representa para muchos la vieja escuela de la palabra empeñada, del apretón de manos y de la amistad que no se negocia.

Para mí, sin embargo, todos esos cargos son secundarios frente al título que más orgullo me produce: mi hermano. Porque puedo mencionar al médico, al dirigente político, al concejal, al diputado, al director hospitalario o al presidente de un festival, pero ninguna de esas dignidades supera la que le otorgó la vida cuando decidió convertir nuestra amistad de infancia en una hermandad para siempre.

Duto es además mi compadre y padrino de mi hijo mayor, Juan Camilo. Esa condición tiene para mí un significado profundo. Un padrino no es solamente quien acompaña un momento de la vida; es quien acepta caminar cerca de ella. Y yo no pude escoger mejor persona para ocupar ese lugar, porque sabía que Juan Camilo tendría en Duto a un hombre de principios, a un consejero y a un ser humano al que podría mirar siempre con respeto.

Como padre, Rafael Augusto ha sido igualmente ejemplar. Sus hijos tienen en él no solamente al hombre que los guía, sino al espejo donde pueden mirar los valores de la familia. Porque el verdadero patrimonio que un padre deja no está en los bienes materiales, sino en las enseñanzas, en la dignidad, en el buen nombre y en la capacidad de amar.

Y como hijo fue indescriptible. Quizás por eso la partida de doña Eloísa le haya abierto una herida tan profunda. Perder a una madre es como perder una estrella que durante toda la vida nos ayudó a encontrar el camino. Pero estoy seguro de que  doña Eloísa no se fue completamente: se quedó viviendo en sus hijos, en sus nietos, en sus recuerdos y en cada una de las virtudes que sembró en aquella familia.

Hoy, cuando miro hacia atrás, comprendo que aquel niño que entró a la casa de los Daza Amaya en los años del colegio no sabía que estaba entrando a una de las historias más hermosas de su vida. Yo no sabía entonces que encontraría allí una segunda familia, unos padres adoptivos del corazón y unos hermanos con quienes compartiría alegrías, tristezas, triunfos, pérdidas y los innumerables capítulos de nuestra existencia.

La vida ha pasado como pasan los ríos de nuestra tierra: dejando atrás paisajes, cambiando sus orillas y llevando consigo incontables recuerdos. Pero hay afectos que permanecen como montañas. Nuestra hermandad es una de esas montañas. Han pasado décadas y seguimos unidos por aquella amistad nacida en la infancia y fortalecida por la vida.

Por eso este homenaje no es una despedida, sino una celebración. Quiero decirle a Duto, mientras podemos abrazarnos y conversar, que me siento profundamente orgulloso de llamarlo hermano. Que agradezco a Dios y a la vida haberlo puesto en mi camino. Que su familia es también mi familia y que la memoria de don Juan Félix y de doña Eloísa seguirá siendo una lámpara encendida en nuestros corazones.

Rafael Augusto Daza Amaya es, para mí, sinónimo de hermandad, nobleza y señorío. Es de esos hombres que no necesitan levantar la voz para hacerse respetar, porque su conducta habla por ellos. Es un fuera de serie en los actos de su vida, un hombre que ha sabido ejercer la medicina, la política, la cultura y la amistad con la misma brújula: servir y querer.

Y quiero terminar diciéndole algo que quizás nunca le he dicho con todas las palabras que merece: Duto, hermano querido, gracias por haberme abierto las puertas de tu casa cuando éramos niños y por haberme abierto desde entonces las puertas de tu amistad. Gracias por hacerme parte de tu familia, por ser mi compadre, por ser padrino de Juan Camilo y, sobre todo, por ser ese hermano que la vida me regaló sin compartir conmigo la misma sangre, pero sí una sangre mucho más poderosa: la del amor fraterno.

Que este homenaje quede como una fotografía escrita de nuestra historia. Que cuando pasen los años y la memoria empiece a borrar algunos detalles, permanezca intacta esta certeza: Rafael Augusto Daza Amaya,  Duto, ha sido y seguirá siendo mi hermano de toda la vida. Y mientras exista un recuerdo de aquellos días en el Colegio Santo Tomás, mientras Villanueva conserve sus calles, mientras suene un acordeón y mientras haya alguien que pronuncie con cariño el apellido Daza Amaya, allí estará también una parte de nuestra historia. Porque hay hermanos que el tiempo no separa: los convierte en eternos.

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