

Cuando era niña uno de los mejores destinos para visitar de la mano de mi cumplidora madre era la casa de la calle ancha donde vivía una de sus queridas hermanas, la cual quedaba muy cerca de la casa de mi abuela Toña, y a quien probablemente la unía la más entrañable, leal y cómplice amistad. Zoyla Beatriz, a quien mi mamá llamaba afectuosamente “La Ñata”, fue siempre su consejera, escucha permanente y quizás, incluso su celestina. Mi mamá me decía que mi primer nombre me lo había puesto ella: “María José”. Sin embargo, la decisión final la había tomado mi papá pues unió el primer nombre de su mamá quien se llamaba “María Mercedes” y el de su hermana fallecida tempranamente “Isabel”, al tiempo que (y este fue quizás el argumento convincente de mi padre), invertían también, el nombre de la hermana mayor de mi mamá, “Isabel María” a quien todos llamaban “Chave” o “Tía Chave” y quien partió de este plano hace 13 años.
La casa de tía Zoyla estuvo llena desde siempre de la presencia de otras sobrinas, de la laboriosidad y las atenciones de su hermana Bertha, de la presencia de su adorada madre, la señora Meme y de un corrillo de dinámicas mujeres sobrellevando con simpatía el cotidiano ambiente de aquel reino complaciente y movido de lo femenino, en donde ella ha sido siempre su alma y nervio. Constantemente la visitaba en las que fueron las distintas sedes de Promigas en Riohacha. Allí llevaba conmigo, el anhelo incansable de sentir su abrazo cálido, su voz sabia, serena y respetuosa, cuyo consejo ha guiado mi vida desde que tengo uso de razón. De su mano dialogué con mi mamá en los años más álgidos de juventud impetuosa y comprendí mejor sus naturales temores maternos frente a mi sensación de libertad, al anhelo de autonomía y la búsqueda de un proyecto de vida único y a la medida de mis sueños. Tía se constituyó por años, en un puente de entendimiento entre nosotras dos y nuestros caracteres, un instrumento divino de diálogo terreno entre madre e hija, y sin duda alguna, en una segunda mamá para mí; un pacífico refugio de sabiduría a donde he acudido siempre en busca de consuelo, orientación y un insustituible impulso personal a mi valentía y empoderamiento femenino natural.

Quienes hemos tenido el privilegio de tenerla cerca, la vimos trabajar ardua y amorosamente como la gran ejecutiva que se destacó incansablemente durante décadas por su especial manera de tratar a todos, por la impecable responsabilidad con que asumió cada día de su vida laboral y por su destacado desempeño como secretaria en la empresa donde descubrieron tempranamente sus dones y el gran tesoro que su presencia suponía y no la dejaron irse jamás, valorando su notable aporte personal.
Tía Zoyla con su vida y su incomparable manera de vivirla, con amplitud y generosidad desmedidas, nos ha impregnado a una gran multitud, con sello inconfundible, de lo mejor de sí misma: su esencia única; la hija extraordinaria, hermana de sus hermanos, la tía consentidora y cercana de todos sus muchos sobrinos sin distinción alguna, la incondicional amiga de sus innumerables amigas y amigos y la hoy abuela de las hijas e hijos de sus sobrinas y sobrinos (entre ellos mi hijo Manuel Antonio de Jesús), pues aunque no tuvo hijos biológicos crio generosamente a muchos, brindando suficiente amor, a todos los que llegaron por distintas circunstancias a su cálido y amplio hogar en busca de cobijo, cuidado y educación hallando además un enorme acervo de valores humanos. Su mismo ejemplo ha sido, tal vez, la mejor palabra orientadora para ese círculo privilegiado y cercano de quienes ella con tanta dedicación, ha criado.
Recientemente celebramos en una noche esplendorosa, colmada de alegría, camaradería y riohacheridad sus 80 años. Además de la buena música, quienes asistimos a aquella velada inigualable, disfrutamos verla sonreír, recibir tanto afecto junto y gozar al lado de sus familiares y amigas, la gratitud por llegar a esa edad añorada. Gracias Tía Zoyla por enseñarnos con tu ejemplo del significado palpable de la generosidad con tus nobles actos. Gracias por ser bendición para tantos y por tu inconmensurable amor materno, por ser la mejor anfitriona en esa casa de puertas abiertas desde lo más profundo de tu bello corazón y por abrir los brazos en esa noche septembrina para ser depositaria de tanto afecto, felicidad y admiración en la celebración de tu preciosa vida. Somos muchos los que te amamos, y te deseamos lo más bello, ayer, hoy y siempre.






