Edicion abril 9, 2026

Semana Santa en La Guajira: entre la fe y la cultura

Semana Santa en La Guajira: entre la fe y la cultura
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Columnista - Byron Miguel Barros Mejía
Columnista – Byron Miguel Barros Mejía

Hablar de Semana Santa en La Guajira es hablar de encuentro, de diversidad y de formas distintas de vivir lo sagrado. En este territorio confluyen la tradición católica, las creencias indígena y la presencia de comunidades árabes, especialmente en Maicao que también marcan su propio calendario religioso, como el Ramadán.

Esa riqueza cultural hace que estos días no se limiten únicamente al recogimiento espiritual. En La Guajira, la Semana Santa también es tradición, descanso, movilidad y reencuentro.

Municipios como Riohacha, Barrancas, Fonseca, San Juan del Cesar, Villanueva, Uribia, Urimita entre otros, viven estos días con dinámicas propias que combinan lo religioso con lo cultural. En toda La Guajira, las instituciones educativas entran en receso y se genera una pausa colectiva que transforma el ritmo cotidiano del departamento.

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Ese momento coincide con una dinámica muy propia del territorio. Después de la temporada de carnavales y del inicio de la Cuaresma, muchos guajiros que estudian o trabajan fuera regresan a sus lugares de origen. Es un ciclo que se repite cada año, se va la gente tras el miércoles de ceniza y vuelve en este receso, que termina sintiéndose como unas pequeñas vacaciones. Con ese regreso, las calles vuelven a llenarse, el comercio se activa y municipios como Riohacha recuperan ese movimiento característico en sectores como la Primera, el mercado, la circunvalar y distintos puntos de encuentro.

Al mismo tiempo, en la parte baja del departamento se convierte en un corredor turístico natural. Lugares como Dibulla, Palomino y otros sectores costeros reciben a visitantes y locales que encuentran en el mar, el río y el paisaje un espacio de descanso y conexión. Sitios como Maziruma también hacen parte de estos recorridos que combinan naturaleza y tradición.

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Mientras tanto, en el sur, el ambiente se transforma al ritmo del acordeón. La música, los dulces tradicionales y las reuniones familiares se convierten en parte esencial de la experiencia. Es una Semana Santa que no abandona la tradición, pero que la adapta a las dinámicas culturales del territorio.

La fe católica continúa siendo un eje importante, expresada en procesiones, viacrucis y celebraciones litúrgicas. Sin embargo, convive con otras formas de vivir estos días: el turismo local se dinamiza, la economía se activa y la gastronomía adquiere un papel protagónico. Ante la tradición de no consumir carne roja, el mar ocupa un lugar central en la mesa con platos a base de pescado y mariscos, acompañados de frutas propias de la región como el mango biche y la ciruela con sal.

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En medio de este panorama general, también se tejen historias personales que le dan sentido a la experiencia colectiva.

En corregimientos como Camarones, la Semana Santa adquiere un significado particular. El Jueves y Viernes Santo se viven como jornadas casi rituales, donde desde tempranas horas las familias se trasladan hacia la playa. Allí confluyen generaciones enteras en un mismo espacio: abuelos, padres, hijos y amigos que encuentran en el mar un lugar de encuentro.

El tiempo parece transcurrir de otra manera. Se comparte lo que ofrece el territorio, se conversa sin prisa y se revive la memoria colectiva. Pero también es un escenario donde surgen nuevas historias. Para muchos, esos días están asociados a recuerdos de juventud, a los primeros afectos, a los vínculos que nacen entre caminatas, miradas y encuentros espontáneos frente al mar.

Hay una sensación de libertad que atraviesa toda la experiencia. Los jóvenes recorren la playa, el calor del sol se mezcla con la brisa y el mar se convierte en el centro de la jornada. El día se extiende hasta el atardecer, cuando el horizonte marca el cierre de una jornada que se vive con intensidad.

Así transcurre la Semana Santa en La Guajira, entre lo espiritual y lo cotidiano, entre la tradición y la transformación, entre el silencio y la música. No es una sola forma de vivirla, sino múltiples experiencias que conviven en un mismo territorio.

Pero en todas ellas hay un elemento común, el regreso, el encuentro y la reafirmación de la identidad.

Porque en estos días, más que nunca, La Guajira no solo se visita.

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