
48. y les dijo: “Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera que me reciba a mí, recibe al que me envió, porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande”.
Lucas 9.
Llamamos a alguien por su nombre cuando le conocemos en persona. Jesús ha permanecido con sus discípulos, se ha dado a conocer a ellos, y les ha enviado a predicar el evangelio y a expulsar a los demonios. Sin embargo, discuten quien de ellos sería el mayor, como si no conocieran al Señor.
Siendo el más perfecto y grande, Jesús vino como el más pequeño y humilde a este mundo. Si en verdad ellos hubieran conocido a Jesús, hubieran recibido hasta a los niños en el nombre del Señor. Mientras que los que estaban con el Señor actuaban indignamente, los que no habían tenido la oportunidad para permanecer junto al Maestro, están expulsando a los demonios. No importa a qué grupo pertenecemos, sino dónde hemos puesto nuestra mirada.
El camino de vida es hacia arriba (Pr. 15:24). Cerca de su ascensión, Jesús se propone ir a Jerusalén. Los que ascienden hacia el reino de los cielos soportan con gozo la aflicción; pero los que no conocen el camino de la vida eterna, persisten en el camino terrenal. Los samaritanos no reciben a Jesús ni a sus discípulos por su origen judío.

Entonces, los discípulos sugieren destruirlos con fuego. Pero Jesús, reprendiéndoles, toma otra dirección, aunque tenga que caminar más, porque tiene puestos sus ojos en el reino de los cielos y no en esta tierra. Los que están muertos en su espíritu, se detienen en este camino terrenal o se vuelven atrás. Sin embargo, sabemos que el camino de vida es hacia arriba, y no hacia abajo ni hacia atrás.
Quienes se creen espiritualmente superiores o privilegiados no son dignos del reino de Dios, en cambio, aquel que es humilde y acepta a un niño para servirlo, si lo es. Jesús nos dio ejemplo lavándole los pies a sus discípulos antes de Su muerte.
La cruz de Jesús fue el acto de servicio más grande que pudo tener Dios hacia los pecadores de este mundo. Si comprendemos bien su significado, nuestros dones o vivencias especiales no se convertirán en soberbia. Además, nos volveremos humildes como Jesús y anhelaremos al mayor del cielo, como discípulos que sirven.
El verdadero discípulo es aquel que siempre le da prioridad al reino de Dios y sirve al más pequeño de todos con humildad. Dios les guarde.






