De la nostalgia de una ciudad donde se caminaba sin miedo a la urgencia de una unión cívico-policial para recuperar la tranquilidad arrebatada en la puerta de nuestros hogares.

En lo que va de 2026, los homicidios en Riohacha han alcanzado una cifra espeluznante. Hace veintiocho años, cuando llegué a esta ciudad en 1997, se podía caminar por sus calles a cualquier hora de la noche sin asomo de peligro. En aquel entonces, un solo homicidio provocaba un escándalo monumental; la violencia no era nuestra costumbre. Tal era la tranquilidad que uno podía visitar el “Chumbulúm” —otrora sector “peligroso” y epicentro de las verbenas precarnavalescas— y regresar a casa de madrugada sin contratiempos.
Una ciudad bajo llave
Pero Riohacha cambió. Hoy reina la inseguridad y el miedo nos ha confiscado la noche; ni siquiera en la terraza de nuestros hogares podemos sentarnos en paz. En mi propia vivienda, hace tres años, mi familia fue víctima de un atraco cometido por un motociclista que fingió buscar una dirección para despojarlos de sus pertenencias. Desde ese día, vivo preso tras las rejas de mi propia casa.
“El balín está bajito” en Riohacha. Los homicidios dejaron de ser hechos aislados: se registran casi a diario y, en ocasiones, ocurren varios en una misma jornada. En las tres primeras semanas de 2026 se han contabilizado 33 homicidios en La Guajira, 13 de ellos en nuestra capital. Ante este panorama, la ciudadanía se pregunta: ¿cuándo y por qué se jodió la seguridad en nuestra ciudad?
Las causas de este diagnóstico son harto conocidas: un fenómeno migratorio desbordado, desempleo estructural y un crecimiento demográfico sin control. A ello se suma la presencia de bandas criminales y una preocupante laxitud jurídica que, entre beneficios y vacíos legales, parece favorecer al delincuente por encima de la justicia. Hoy, el boleteo y la extorsión disparan los delitos, alimentando una espiral de inseguridad que no parece tener techo. Si bien la criminalidad cero es una utopía, es imperativo reducirla a su mínima expresión. ¿Cuál es la fórmula?

Más que uniformes en las oficinas
La comunidad, indignada, señala directamente a la primera autoridad municipal: el alcalde. Es él quien debe preservar el orden público y garantizar la tranquilidad. El pasado 21 de enero, tras una racha de cuatro homicidios, el burgomaestre recurrió a la receta de siempre: convocar un consejo de seguridad y anunciar el aumento del pie de fuerza.
Sin embargo, cabe preguntarse si traer más policías es una medida de choque efectiva o un simple anuncio para salir del paso. ¿Vienen a patrullar las calles o a ocupar un escritorio en el comando y los CAI? El ciudadano no necesita más uniformes sentados en oficinas; urge seguridad real donde el control se ha perdido: en la calle y en el umbral de su puerta.
La fórmula del compromiso
Es imposible poner un policía detrás de cada ciudadano; por ello, se impone la necesidad de una auténtica unión cívico-policial que empodere a la comunidad bajo tutela institucional. La clave está en organizar frentes de seguridad barriales robustos, apoyados en tecnología —cámaras funcionales, no simples adornos— y sistemas de comunicación interconectados con patrullajes constantes. El alcalde debe liderar esta sinergia, integrando a las empresas de vigilancia privada y aprovechando la experiencia estratégica de las reservas de la Fuerza Pública.
La estrategia debe ser integral: refuerzo de los cuadrantes, mayor inteligencia, presencia policial ininterrumpida y controles estrictos al parrillero en motocicletas. Asimismo, resulta necesario permitir que el ciudadano de bien porte un arma legalizada. Es una paradoja indignante que, mientras el delincuente transita armado y a sus anchas, el ciudadano honesto permanezca indefenso, privado del derecho elemental de proteger su propia vida.

Un pacto por Riohacha: resultados, no promesas
Para que este engranaje funcione, la ciudadanía debe dar un paso al frente. No existe seguridad sin sentido de pertenencia. La comunidad debe ubicarse del lado de la ley: denunciando al delincuente en lugar de encubrirlo. Por su parte, la institución policial debe honrar esa confianza con prevención táctica y efectividad contundente en las capturas, para que el esfuerzo no se diluya en las puertas de los juzgados.
No bastan los consejos de seguridad para la foto; exigimos metas claras y reducción de cifras a corto plazo. La unión cívico-policial es la única fuerza capaz de devolvernos la tranquilidad de antes, cuando disfrutábamos de las verbenas y sentíamos la brisa del nordeste en nuestras terrazas sin prevención alguna.
Sin un trabajo articulado, cualquier intento está condenado al fracaso. Que el miedo no nos domine: juntos, comunidad y autoridad, somos el único camino hacia una Riohacha segura.






