
La Pluma Dorada se plasma la hoja en blanco con la tinta fina de su pensamiento, inspirada en una fecha especial, el festival de la cultura wayuu, así mismo en honor a uno de sus hijos ilustres , No escribe: agradece. No narra: reconoce. No describe: honra. Porque hay seres que no solo caminan por la tierra, sino que la despiertan.
Y uno de esos seres es Isaac Francisco Segundo Gámez Medero, nacido en Uribia, capital indígena de Colombia, hijo de un linaje de músicos y de una tradición que vibra desde sus ancestros como un tambor antiguo que nunca deja de sonar.
Pasi como lo nombra su gente es de esos hombres que nacen con el viento de Ichitki en la sangre: fuerte, eterno, indetenible. Desde muy joven entendió que la cultura no se explica: se vive, se baila, se defiende, se entrega, se siembra.

Durante 25 años, su andar ha sido una danza que atraviesa pueblos, festivales, escenarios y corazones. Fundó el Grupo Folclórico Toumáin, “mi tierra”, desde donde tejió historias con los pies, con el cuerpo y con el espíritu. Lo vimos encender de alegría los festivales de Uribia, Cotopríx, Manaure, Papayal, Distracción y Dibulla.
Lo vimos pararse en el Teatro Colón de Bogotá como si llevara en la piel a toda la Alta Guajira.
Lo vimos representar la esencia wayuu hasta en Girardot, donde el turismo se arrodilló ante la grandeza de su cultura.

Pero su grandeza no se mide en aplausos.
Se mide en huellas.
Las huellas de las niñas, adolescentes y mujeres que caminamos alguna vez bajo su guía. Las que fuimos majaya, esas semillas que él cuidó, orientó y moldeó con la paciencia del maestro que sabe que la belleza no está solo en el rostro, sino en la conciencia.
A través de su ejemplo aprendimos que ser indígena no es un límite: es un poder.
Que la mujer wayuu es cuerpo, sí, pero también es pensamiento, liderazgo, dignidad, autonomía, arte e inteligencia.
Pasi fue sembrando feminismo sin pronunciar la palabra, porque lo encarnó desde la práctica:
desde la forma amorosa y firme en que nos enseñó a reconocernos valiosas, a levantar la mirada, a no pedir permiso para brillar.

Él, que creó y sostuvo el Festival de la Iguaraya durante siete versiones, elevando el talento de su pueblo aun cuando las instituciones guardaban silencio y las puertas se cerraban.
Él, que ha sido Presidente del Carnaval de Uribia desde 1997, uniendo comparsas, barrios y sueños, regando alegría como quien riega maíz para que nazca cosecha.
Él, que dirige el Comité de Belleza Municipal, no para exaltar coronas, sino para enaltecer historias, raíces y mujeres que representan la diversidad y fuerza de esta tierra.

Pasi no necesita decir que ama a Uribia: Uribia lo sabe.
La siente en cada paso que él ha dado por sus calles, en cada escenario que ha levantado con sus manos, en cada majaya que ha acompañado hacia un futuro más digno.
Hoy, La Pluma Dorada escribe, pero el viento de Ichitki es quien dicta:Gracias, Pasi.
Por mostrarnos que la cultura no es un adorno; es un alimento.
Por enseñarnos que el arte no es un espectáculo; es identidad.
Por recordarnos que la mujer wayuu es un universo entero.
Por entregarle a tu pueblo no lo que te sobra, sino lo mejor de ti.
Este homenaje es apenas una gota en el mar inmenso de lo que tu vida significa para nosotros.
Pero aun así, que estas palabras viajen con el viento hasta ti,
y que en ellas encuentres lo que sembraste en tantas:
respeto, gratitud y amor por nuestra tierra.
La Pluma Dorada de La Guajira
quien también fue majayu bajo tu luz—
hoy escribe con orgullo tu nombre.






