Edicion febrero 18, 2026

Marta Peralta Epieyú,  casi setenta días sembrando esperanza en el desierto

Marta Peralta Epieyú,  casi setenta  días sembrando esperanza en el desierto
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Columnista - Delia Rosa Bolaño Ipuana (La pluma dorada)
Columnista – Delia Rosa Bolaño Ipuana (La pluma dorada)

Durante casi setenta días, La Guajira no ha visto una campaña, ha sentido un latido.

No ha sido la política del sobre cerrado ni la del líder intermediario que llega cada cuatro años a comprar el silencio con unos cuantos billetes. Ha sido otra cosa. Ha sido una mujer caminando el polvo, escuchando la sed, abrazando la historia herida de su pueblo.

Desde Nazaret hasta Puerto Estrella.
Desde Siapana hasta Castilletes.
Desde Punta Gallinas hasta Tawaira.
Desde Waletpa’a hasta Wimpeshi.
Desde Bahía Honda hasta las rancherías dispersas que el mapa apenas nombra.

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Allá, en la Alta Guajira profunda, donde el viento arrastra promesas incumplidas y la esperanza suele esfumarse como humo en la montaña, llegó Marta sin intermediarios. Hablando en su lengua. Mirando a los ojos. Recordando que ella también fue niña de sed.

El agua.
Siempre el agua.

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No como discurso técnico, sino como memoria. Porque también en su comunidad se sufrió la ausencia del líquido que es vida. Porque la sed no es estadística: es infancia, es dignidad, es dolor en la garganta.

Por primera vez en la historia reciente, una senadora wayúu no necesitó traductor político. No necesitó operador electoral. No necesitó comprar conciencias. Se comunicó desde la raíz. Desde el clan. Desde la historia. Desde la herida compartida.

Esta no ha sido una campaña de maquinaria.
Ha sido una campaña de resistencia.

Resistencia al machismo que intenta reducir a la mujer a silencio.
Resistencia al racismo que cuestiona la capacidad indígena.
Resistencia al clasismo que mira a La Guajira como periferia útil para votos, pero invisible para derechos.

“Detrás de mí tienen que venir otras”, ha dicho.

Porque durante décadas, la riqueza del carbón, del gas, de la sal, del viento, del mar, fue administrada por los mismos apellidos. Gobernadores rotando entre clanes políticos. Presupuestos evaporados. Comunidades esperando. Niños desnutridos. Mujeres cargando agua en baldes bajo el sol inclemente.

Mientras tanto, cada elección repetía el ritual: el sobre, la promesa, el abandono.

En estos casi setenta días, Marta Peralta ha intentado romper ese ciclo.

Ha caminado rancherías donde nunca llegó un senador.
Ha escuchado madres que piden salud antes que discursos.
Ha abrazado jóvenes que quieren estudiar sin tener que irse para siempre.
Ha mirado a los mayores, guardianes de la palabra, pidiendo respeto y autonomía.

Y sí, ha sido atacada.
Calumniada.
Cuestionada.

Porque quien rompe esquemas incomoda.
Quien desarma pactos históricos desata resistencias.
Quien no pertenece a las familias tradicionales del poder altera el tablero.

Cuando llega, la calle suena.
Las danzas aparecen.
La “mancha roja” se siente como un tejido que avanza.
La civilización del maíz camina con ella.

No es solo política. Es identidad.

Es una mujer que ha dejado horas de hogar, momentos con sus hijos, silencios con su esposo, para ofrecerle tiempo y vida a su territorio. Una mujer que quiere medirse en votos, sí, pero también en amor.

La Guajira no necesita salvadores. Necesita dignidad.
No necesita intermediarios eternos. Necesita voz propia.
No necesita sobres. Necesita agua, salud, educación y respeto.

En casi setenta días de recorrido, Marta Peralta ha sembrado algo más fuerte que una candidatura: ha sembrado la posibilidad de que una niña wayúu mire el horizonte y no vea límite, sino camino.

Casi setenta días no hacen una revolución.
Pero pueden encenderla.

Y en La Guajira, cuando el viento cambia, el desierto lo sabe primero.

Martha petalta Epieyu es la máxima representacion de la manta bien puesta.

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