Edicion febrero 25, 2026
Legitimidad Democrática
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Columnista - Henry Peñalver Herrera
Columnista – Henry Peñalver Herrera

La democracia no es simplemente un mecanismo de relojería electoral que se activa cada cierto tiempo para legitimar ambiciones personales; es, ante todo, un contrato de confianza entre el ciudadano y sus representantes. Cuando ese contrato se rompe por conveniencias tácticas o cálculos de financiación, lo que queda no es “astucia política”, sino una erosión profunda de las instituciones. La reciente posibilidad de Iván Cepeda de participar en una nueva consulta este 8 de marzo de 2026, ignorando los resultados del proceso realizado apenas meses atrás, el 26 de octubre de 2025, es un síntoma alarmante de esta crisis de legitimidad.

El error de Cepeda no es solamente infantil; es conceptual, normativo y jurisprudencial. Al presentarse a una nueva contienda después de que el electorado ya se manifestó en las urnas en octubre, el senador envía un mensaje devastador, la voluntad popular es válida solo cuando coincide con sus intereses o cuando los números cuadran en su balance de campaña. Desconocer el veredicto de octubre de 2025 es, en la práctica, anular el esfuerzo de miles de ciudadanos que acudieron a las urnas bajo la premisa de que su voto tendría consecuencias vinculantes y definitivas para que él fuese el heredero de Petro en la presidencia, pero lamentablemente está pateando la lonchera.

Este comportamiento denota una preocupante falta de carácter. En su afán por proyectarse como un candidato “impoluto”, especialmente en lo que respecta a la financiación de su campaña, Cepeda parece haber caído en una contradicción irracional. Pretender que una nueva consulta le otorgará una suerte de “limpieza” financiera o un nuevo aire de transparencia es inmensamente desalentador. La verdadera transparencia no nace de repetir elecciones hasta obtener el resultado deseado o el flujo de caja esperado, sino de respetar las reglas de juego preestablecidas. Intentar resetear el reloj electoral para acomodar las finanzas de su aspiración es un acto que sacrifica la coherencia en el altar del pragmatismo más cínico.

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La política, ciertamente, exige flexibilidad, pero no a costa de la democracia. Nicolás Maquiavelo, en su agudo análisis sobre el poder, advertía una realidad que hoy parece cobrar vigencia en la figura de Cepeda: “Un príncipe, y especialmente un príncipe nuevo, no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son considerados buenos, pues a menudo se ve obligado, para conservar el Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión”. En este contexto, la obsesión de Cepeda por parecer “bueno” y éticamente superior (su búsqueda de la imagen del candidato impoluto) choca de frente con la realidad. Maquiavelo nos recordaba que un gobernante no puede ser bueno permanentemente si desea sobrevivir en la arena política, pero Cepeda comete el error de creer que puede disfrazar de bondad moral lo que es una flagrante desobediencia al mandato popular del pueblo Colombiano que le otorgó el en octubre pasado.

¿Qué legitimidad puede reclamar un líder que somete al sistema electoral a un estrés innecesario y costoso solo para recalibrar sus apoyos? La democracia se debilita cuando se convierte en un bucle infinito de consultas destinadas a satisfacer el ego o el bolsillo de los candidatos. Al participar este 8 de marzo, Cepeda no está fortaleciendo su base; está admitiendo que la palabra empeñada en la consulta anterior no tiene valor. Está diciendo que el ciudadano es un peón en su tablero de ajedrez financiero.

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La legitimidad democrática no se construye con eslóganes de pureza, sino con el respeto sagrado a la palabra dada y al respeto sagrado al voto depositado por el ciudadano. Si Iván Cepeda persiste en este camino que lo conduce al abismo, habrá demostrado que su compromiso no es con la voluntad del elector, sino con la supervivencia de una imagen que, de tanto querer ser impoluta, terminó por desdibujarse en la ambigüedad. La política es el arte de lo posible, pero cuando lo “posible” implica pisotear el respeto al votante, se convierte en el arte de la traición democrática. Ojalá y recapacite para que yo pueda seguir pensando en votar por él como presidente de los Colombianos.

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