
Un viaje a la infancia, que todavía vive en nosotros
Porque hay cosas que no necesitan tener un precio para convertirse en tesoros.
Todavía existe.
Allí está, en el viejo almacén de tía Rosa, como si el tiempo se hubiera detenido para conservar uno de los recuerdos más hermosos de nuestra infancia.
Es una vitrina vetusta, de esas que hoy parecen pertenecer a otra época. Pero para mí, mis hermanos, primos y los niños de aquel pueblo, tenía algo de mágico. No era un mueble cualquiera. Era una especie de ventana por donde se asomaban nuestros sueños.
El almacén de tía Rosa era muchas cosas a la vez. Según la temporada, parecía granero, miscelánea, boutique, papelería o piñatería. Allí se encontraba un poco de todo, pero había algo que lo hacía especial:
aquella vitrina que, sin pronunciar una sola palabra, nos anunciaba que se acercaba una época bonita del año.
Cuando llegaba la Navidad, la vitrina se transformaba.
No recuerdo exactamente en qué mes comenzaban a exhibir los juguetes. Quizás desde octubre, pero yo era demasiado pequeño para entender de calendarios y fechas.
A esa edad, el tiempo no se medía en meses ni en días; se medía en esperanzas, en alegrías y en las cosas bonitas que estaban por llegar.
Yo solo sabía que se aproximaba la llegada del niño Dios, porque en aquella vitrina comenzaban a aparecer los juguetes, en esa época a los niños humildes, solo se nos daban juguetes en navidad.

¡Qué espectáculo tan maravilloso para nuestros ojos de niños!
Había carritos metálicos y de plástico, muñecas, pequeños juegos de cocina para las niñas, muebles diminutos para las alcobas y las salas de las casitas de juguete, pistolas plásticas, avioncitos, helicopteros y aquellos carritos lecheros que parecían hechos para recorrer todos los caminos de nuestra imaginación.
Cada juguete tenía algo especial. Cada uno parecía llamarnos por nuestro nombre, invitándonos a llevárnoslo a casa, a convertirlo en compañero de juegos y a hacerlo protagonista de nuestras aventuras infantiles.
Entonces sucedía algo extraordinario.
Los niños del pueblo, muchos de ellos de familias humildes, nos quedábamos durante largos ratos frente a aquella vitrina. Allí estábamos mis hermanos pequeños, primos, otros niños del barrio y yo, con los ojos abiertos de par en par, contemplando aquellos juguetes que parecían tan cerca de nuestras manos, pero que muchas veces estaban tan lejos de nuestras posibilidades.
Hoy, recuerdo con tristeza, a muchos
de esos niños y primos que ya no están con nosotros; que se han ido a la eternidad.
En esa vieja vitrina, mirábamos, señalábamos, imaginábamos, suspirábamos y soñábamos.
En nuestra inocencia, comenzábamos a pedirle al Niño Dios que nos trajera alguno de aquellos juguetes. No pedíamos grandes cosas. No soñábamos con riquezas ni con regalos costosos. Nos bastaba un carrito, una muñeca, una pistola de plástico o cualquier juguete que nos permitiera sentir que la Navidad también había llegado a nuestra casa.
Queríamos tener algo bonito para jugar, pero también para presumirlo entre los niños del barrio.
Porque así era nuestra infancia. Cuando llegaba la mañana del 25 de diciembre, los niños se levantaban temprano, emocionados por descubrir lo que el Niño Dios les había dejado.

Después salían a la calle a mostrar sus regalos, orgullosos de aquel pequeño tesoro que habían recibido.
¡Qué felicidad tan grande cabía en un juguete tan pequeño!
Y qué difícil era, a veces, esperar aquella mañana sin saber si nuestros deseos se harían realidad.
Yo en particular, soñaba con un carro metálico tipo camioneta, que nunca llegó, porque mis padres nunca me lo pudieron comprar y cuando yo tuve el dinero para comprarlo, ya no los fabricaban.
Hoy lo escribo sin reproches, con la ternura que los años ponen sobre los recuerdos y con la comprensión que entonces, siendo niño, no podía tener. Mis padres trabajaban y se esforzaban por sostener el hogar, que estaba conformado por muchas personas.
Había necesidades que atender y responsabilidades que estaban muy por encima de los deseos de un niño.
Pero éramos niños. Y los niños tienen una capacidad maravillosa para seguir soñando, incluso cuando la realidad les enseña, demasiado pronto, que no todos los deseos pueden cumplirse.
Así transcurría nuestra Navidad: entre las luces, los villancicos, la esperanza y aquella vitrina que parecía alimentar nuestras ilusiones mucho antes de que llegara diciembre.
Sin embargo, la magia no terminaba con la Navidad.
Cuando pasaban las fiestas y comenzábamos a despedirnos de los juguetes, aquella vitrina volvía a cambiar. Poco a poco, los carritos, las muñecas y los juegos de cocina daban paso a otros artículos.

Era la señal de que se aproximaba el regreso a la escuela.
Ahora aparecían los cuadernos, los lápices de colores, las reglas, los sacapuntas y aquellas botellas plásticas que llevábamos para guardar agua o jugo, porque en aquellos tiempos no teníamos las loncheras de ahora.
Y nuevamente volvíamos a quedarnos frente a la vitrina.
Esta vez no soñábamos con juguetes, sino con útiles escolares.
Nos imaginábamos llegando a nuestra escuelita rural con los cuadernos más bonitos, los lápices de colores intactos y todos aquellos elementos que nos hacían sentir preparados para comenzar un nuevo año escolar.
También allí había ilusiones.
Porque, aunque no siempre tuviéramos los útiles que deseábamos, mirarlos nos permitía imaginar que algún día podríamos tenerlos.
La vitrina de tía Rosa tenía esa particularidad: cambiaba sus productos, pero nunca dejaba de ofrecernos motivos para soñar.
Y todavía había otra época del año en la que aquella vieja vitrina parecía hablar directamente al corazón.
Era el Día de la Madre.
Entonces se vestía de regalos para ellas. Aparecían los polvos para el cuerpo, los pocillos, las vajillas de vidrio y plástico, las prendas de vestir para damas y las tarjetas de felicitación. Algunos regalos estaban envueltos en papel celofán, que les daba un brillo especial y los hacía parecer todavía más hermosos.
Nosotros los mirábamos y pensábamos en nuestras madres.
¡Cuánto hubiéramos querido llevarles uno de aquellos regalos!
Imaginábamos la sonrisa de mamá al recibir un detalle de nuestras manos, su sorpresa al desenvolverlo y la felicidad que sentiría al saber que habíamos pensado en ella.
Pero la realidad era distinta.
Éramos niños de familias humildes. Nuestros padres trabajaban y se esforzaban para sostener el hogar, y muchas veces sus ingresos apenas alcanzaban para cubrir las necesidades de la familia.

No había dinero para comprar aquellos regalos.
Y entonces aparecía una tristeza silenciosa, de esas que los niños no saben explicar, pero que sienten profundamente.
Queríamos hacer felices a nuestras madres, pero no teníamos cómo hacerlo.
No entendíamos de dificultades económicas, de cuentas por pagar ni de las preocupaciones de nuestros padres. Solo entendíamos que mamá merecía un regalo bonito y que nosotros queríamos dárselo.
¡Qué impotencia tan grande sentir que el amor era inmenso, pero nuestros bolsillos estaban vacíos!
Sin embargo, nuestras madres tenían una manera especial de hacernos sentir que no necesitábamos comprarles nada para demostrarles cuánto las amábamos. Quizás no siempre recibían aquellos regalos que nosotros soñábamos entregarles, pero tenían algo que ninguna vitrina podía vender: el amor sincero de sus hijos.
Hoy, cuando regreso con la memoria a aquellos años, comprendo muchas cosas que entonces no entendía.
Comprendo el esfuerzo de nuestros padres, las limitaciones de nuestros hogares y el valor de aquellas pequeñas alegrías que, vistas desde el presente, parecen insignificantes, pero que para nosotros lo eran todo.
También comprendo que aquella vitrina no vendía solamente juguetes, cuadernos, regalos o artículos de temporada.
Aquella vitrina vendía esperanzas, anunciaba ilusiones y nos enseñaba a soñar incluso cuando no teníamos dinero para comprar nuestros sueños.
Era nuestro calendario sin fechas, nuestro anuncio sin palabras, nuestra pequeña ventana a un mundo de posibilidades.
Cuando llegaba la Navidad, nos hablaba del Niño Dios.
Cuando se acercaba el regreso a clases, nos hablaba de la escuela y de los sueños que comenzaban en un cuaderno nuevo.
Cuando llegaba el Día de la Madre, nos recordaba cuánto queríamos a nuestras mamás y cuánto deseábamos hacerlas felices.
Y así, de temporada en temporada, aquella vitrina acompañaba nuestras vidas sin que nosotros fuéramos conscientes de ello.
Quizás para los adultos era simplemente el escaparate de un negocio. Un lugar donde se exhibían mercancías para atraer compradores.
Pero para nosotros era otra cosa.
Era el sitio donde aprendimos a desear lo que no teníamos, a esperar lo que anhelábamos y a encontrar felicidad en la posibilidad de que algún día nuestros sueños se hicieran realidad.
Por eso, cada vez que la veo, produce en mi, una emoción difícil de explicar.
Imagino que sus cristales aún guardan algo de aquellas miradas infantiles. Que en algún rincón permanecen las risas de mis hermanos, las emociones de mis primos que ya no están, las conversaciones de los niños del barrio y los suspiros de quienes nos quedábamos allí, contemplando juguetes que parecían tener un mundo entero escondido en su interior.
Quizás la gente pasa hoy frente a ella sin imaginar todo lo que representa.
Quizás algunos ni siquiera reparan en su existencia.
Pero yo no puedo verla como un simple objeto viejo.
Para mí, esa vitrina es una parte de mi infancia que se resiste a desaparecer. Es un pedacito de aquel pueblo, de sus calles, de su gente y de aquellos años en los que teníamos poco, pero encontrábamos motivos para ser felices.
Es el recuerdo de una época en la que un carrito de plástico, aunque no fuese el más costoso, podía convertirse en el regalo más importante del mundo; un cuaderno nuevo podía hacernos sentir que comenzábamos una gran aventura, y un regalo para mamá podía ocupar nuestros pensamientos durante días enteros.
Hoy tenemos otras preocupaciones, otras responsabilidades y otras maneras de entender la vida.
Hemos crecido, y muchos de aquellos niños seguramente ya somos adultos con nuestras propias familias, nuestros trabajos y nuestras nostalgias.
Pero hay algo que no ha cambiado.
Todavía llevamos dentro a aquellos niños que se detenían frente a una vitrina para imaginar una vida llena de pequeñas alegrías.
Y tal vez por eso, cuando recordamos nuestra infancia, no siempre regresan primero las grandes fiestas, los acontecimientos importantes o las cosas que tuvimos.
A veces regresan los detalles más sencillos.
Una calle de tierra. Una escuelita rural. La voz de mamá. El esfuerzo silencioso de papá. Los juegos con los amigos del barrio, las travesuras con los primos y una vieja vitrina.
Una vitrina que sigue allí, desafiando el paso de los años, como si se negara a dejar morir los sueños de aquellos niños que alguna vez se pararon frente a ella.
La vitrina de los sueños no era grande, pero en ella cabía todo nuestro mundo.
Y aunque el tiempo haya pasado, aunque la infancia se haya quedado atrás y aunque muchos de aquellos juguetes ya no existan, hay algo que permanece intacto en mi memoria:
la felicidad de contemplarlos, la ilusión de tenerlos y la inocencia de creer que el Niño Dios podía convertir nuestros deseos en realidad.
Cada vez que paso por el frente del almacén de mi tía Rosa y encuentro aquella vieja vitrina, me detengo a mirarla;
No para comprar nada.
Me detengo para saludar al niño que fui, para abrazar desde la memoria a mis hermanos y a mis primos, los amigos de aquella infancia, y para agradecerle a la vida por haberme permitido conocer una felicidad tan sencilla y tan grande.
Porque hay cosas que no necesitan tener un precio para convertirse en tesoros.
Y hay lugares que, sin saberlo, terminan guardando para siempre los recuerdos más valiosos de nuestra existencia.
Aquella vitrina exhibía mercancías para vender, pero terminó regalándonos algo que ni el dinero ni el tiempo han podido arrebatarnos: la capacidad de soñar.
Y mientras siga en pie la vitrina del almacén de mi tía Rosa, una parte de nuestra infancia seguirá viva.
Y con ella, aquellos niños humildes que alguna vez se quedaron horas frente a sus cristales, soñando con un juguete, un cuaderno nuevo o un regalo para mamá.
Niños que quizás no tuvieron todo lo que deseaban, pero que aprendieron a encontrar la felicidad en las cosas más pequeñas.
Niños que crecieron, que siguieron sus caminos y que hoy comprenden que la riqueza de aquellos años no estaba en lo que podían comprar, sino en todo lo que eran capaces de soñar.
Porque aquella nunca fue una vitrina cualquiera.
Era, y seguirá siendo, la vitrina de nuestros sueños.
Hay recuerdos que merecen ser contados porque no pertenecen únicamente a quien los vivió.
También pertenecen a toda una generación que creció con limitaciones económicas, pero con una enorme capacidad de imaginar y de encontrar felicidad en las cosas sencillas.
Porque hay deseos que no se cumplen, pero jamás se olvidan. Hay ausencias que terminan convirtiéndose en recuerdos entrañables y hay sueños de infancia que, aunque nunca se materialicen, nos acompañan como una parte inseparable de quienes somos.
Y quizás, en algún lugar de la memoria de quienes lean estas páginas, también exista una vitrina parecida. Una que les devuelva el rostro de un niño, la voz de sus padres, las calles de su pueblo y aquel juguete que alguna vez desearon con toda el alma.
Tal vez, como yo, descubran que no siempre necesitamos haber tenido algo para llevarlo con nosotros toda la vida.
A veces basta con haberlo soñado.






